Los vecinos de la localidad llanisca de Bricia disfrutaron ayer de su día “grande” de las fiestas en honor a la Virgen de la Paz, una celebración que cada año abarca tres jornadas: la tala y plantación de la hoguera, que tuvo lugar el pasado 14 de enero, la procesión y subasta del ramo celebradas ayer, y la misa en honor a los difuntos del pueblo, que será el próximo martes 24 de enero.

“Parece que escogimos el día”, decía el llanisco Unai Ruenes mirando al cielo totalmente despejado tras una semana de intensas lluvias, fuerte viento y bajas temperaturas. Una suerte que también pareció sonreírles el día de "La Joguera", cuya cita se libró asimismo de la tormenta invernal. El sol brilló con fuerza en la mañana de ayer dando tregua a los sucesivos actos que coparían la jornada. Los vecinos de Bricia se preparaban en sus casas, vistiéndose con los trajes regionales para después reunirse junto a la Casa Concejo del pueblo, donde aguardarían al mediodía el sonido de los “voladores”, pistoletazo de salida del ramo.

 Previamente, la banda de gaitas L’Alloru, de Balmori, iniciaba el tradicional desfile recorriendo las calles de la localidad. Al pasar por la carretera, despertaban la curiosidad de aquellos que circulaban con sus coches. Al adentrarse en los caminos empedrados, la gente se asomaba a saludar desde las ventanas. El pasacalles, cuya música de gaita y tambor iba atrayendo gente como si del flautista de Hamelín  se tratase, iba encabezado por cuatro de los vecinos más madrugadores del día: Unai Ruenes , Alba Calleja, Luis Manuel Rodríguez y José Miguel Valero, quienes sentían orgullo e ilusión al recuperar una fiesta que, en sus 30 años de historia, solo estuvo parada en 2021 y 2022. Dos años de pandemia que pusieron en valor, aún más si cabe, la necesidad de mantener las tradiciones locales para evitar su desaparición: “Es una fiesta muy importante para nosotros y es importante seguir celebrándola. Si no tiramos nosotros por ello, ¿qué queda para los demás?”, explicaba José Miguel Valero, quien a sus 46 años, nunca ha querido perdérsela. 

Y es que en Bricia parece que, en efecto, las tradiciones se mantienen y su continuidad se intenta inculcar a los más pequeños: “Es una fiesta para pasarlo bien y pedir para que haya paz en todas partes”, indicó el joven Luis Manuel Rodríguez, de diez años. “Se podría decir que tradición es lo que define a esta fiesta, recuperarla de nuevo significa mucho para todos nosotros”, corroboraba Isabel García, una de las más de cincuenta llaniscas que acompañaron la procesión del ramo. 

En total fueron tres las ofrendas de pan que los porruanos y aldeanas le llevaron a la Virgen de "Nuestra Señora de La Paz" en el día de ayer: dos de ellos dulces, con roscón de reyes incluido, y otro salado. Todos coronados con ramilletes de mimosas, la flor distintiva de esta festividad que también ornamentó las solapas de todos los presentes. “Igual que en otras fiestas y procesiones se lleva el clavel o el nardo, nosotros siempre hemos llevado la flor de la mimosa”, aclaró la llanisca.

Si para muchos de los vecinos, como explicaban durante la fiesta, esta era una jornada tradicional que llevan muchos años celebrando, para otros representaba una nueva experiencia. Es el caso del pequeño Iván Canto Villa que, a sus diez meses, ya vestía de porruano y miraba con ojos interesados a todo lo que acontecía al rededor: los coloridos trajes de llaniscos, los niños observando con deseo las rosquillas del ramo, el sonido folclórico de la música en vivo, y decenas de personas sacando fotografías, llamaban la atención del bebé que, en brazos de su madre, vivía por primera vez el "día grande" de La Paz de Bricia.

El desfile de los ramos comenzó su recorrido encabezado por las gaitas y los tambores. Once llaniscos se encargaron de aupar sobre sus hombros los tres ramos de roscos de pan: cuatro hombres o niños para cada uno de ellos, salvo el primero. La ofrenda dulce de los más pequeños la cargaban Pelayo Puertas, César Muñiz, Alejandro Fernández y Carla Valero, la única fémina de la comitiva a cargo de esta tarea. Tras los ramos, medio centenar de aldeanas veneraban a la Virgen con sus cánticos y el repique de las panderetas.

Una vez alcanzaron la capilla de La Paz, el ambiente folclórico se envolvió de un aire de solemnidad para dar paso a la celebración de la misa oficial. Tras la ceremonia, siguió la procesión de la Virgen por las calles de la localidad llanisca, la tradicional subasta del ramo en su honor y una serie de bailes regionales muy participativa. Por la tarde, ya con la lluvia amenazando el temporal, continuaría la fiesta con más música y baile, y una verbena que podría el broche de oro a la jornada festiva.