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Cangues d’Onís, la Guernica que Asturias dejó morir en el olvido

La reciente visita del presidente alemán reabre la herida del recuerdo selectivo: mientras Euskadi ha sabido convertir su tragedia en memoria compartida, Asturias guarda silencio sobre los devastadores bombardeos de la Legión Cóndor

Cangues d’Onís,  tras los bombardeos de la Legión Condor durante la Guerra Civil.

Cangues d’Onís, tras los bombardeos de la Legión Condor durante la Guerra Civil.

El presidente alemán, Frank-Walter Steinmeier, hizo la ofrenda de una corona de flores en el cementerio de Guernica. Le acompañaba el rey Felipe VI. Sonaron las campanas de la iglesia de San Juan de Ibarra, destruida por las bombas de la Legión Cóndor hace ochenta y ocho años. Dos supervivientes nonagenarias, Crucita Etxabe y Mari Carmen Aguirre, recibieron el reconocimiento de un Estado que ni siquiera existía cuando los Heinkel descargaron cuarenta toneladas de muerte en un día de mercado.

Alemania asumió su "responsabilidad histórica". Las cámaras de medio mundo retransmitieron el momento. Las redes repetirán la imagen del mandatario germano inclinando la cabeza. Es un gesto noble, necesario, civilizado. Y, sin embargo, no puedo evitar una pregunta que me duele en el alma: ¿Por qué nadie deposita flores en Cangues d’Onís? ¿Quién va a pedir perdón por los más de 500 asturianos bombardeados por la misma Legión Cóndor?

Entre el 9 y el 12 de octubre de 1937, la aviación nazi lanzó cuatrocientas bombas sobre Cangues d’Onís. Doscientas eran incendiarias. El Ministerio de Defensa republicano emitió un comunicado premonitorio: este bombardeo "solo es comparable con el que destruyó la villa vizcaína de Guernica". Comparable. Esa fue la palabra oficial. Comparable.

Cuando las tropas de Franco entraron en la capital primigenia del Reino de Asturias, desfilaron entre escombros. La destrucción fue del ochenta por ciento. Tanto, que el régimen franquista incluyó a la ciudad en su programa de "Pueblos Adoptados por el Caudillo", categoría reservada exclusivamente a las localidades arrasadas. También, en un anticipo de lo que hoy llamamos "hechos alternativos" trataron de endosar a los republicanos en retirada la destrucción que provocó el bombardeo encargado a los nazis.

La Capilla de Santa Cruz, construida en el año 737 sobre un dolmen prehistórico quedó reducida a escombros. El Palaciu Pintu, joya del siglo XVII, se desplomó. El Ayuntamiento y el Archivo Municipal ardieron completamente. No existen cifras de víctimas porque la memoria documental fue devorada por las llamas que lanzaron los aviones de Hitler.

Los datos, en su frialdad, son elocuentes:

En Guernica el bombardeo duró tres horas interminables. En Asturias los bombardeos se extendieron a lo largo de un año.

Guernica perdió el 85% de sus edificios. Cangues el mismo porcentaje.

Las víctimas civiles en el País Vasco se cifran entre 150 y 2.000 según fuentes que discrepan. En Asturias hubo más de 500 documentadas.

Los edificios destruidos en Guernica fueron 271. En Asturias superaron los 2.000.

Un soldado nacional posa junto a algunas de las bombas lanzadas por los alemanes que no llegaron a explotar.

Un soldado nacional posa junto a algunas de las bombas lanzadas por los alemanes que no llegaron a explotar. / LNE

En Euskadi hubo un bombardeo. En Asturias se registraron 122.

Dos presidentes alemanes visitaron Guernica. Ninguno vino a Asturias.

El Parlamento vasco hizo una petición oficial de perdón. En el asturiano, ni saben que hubo bombardeos nazis ni se atreverían a solicitar el perdón.

El primer ataque de la Legión Cóndor fue sobre Trubia, cuatro meses antes de Guernica.

Antes Trubia que Guernica. Pero ¿quién lo recuerda? La distancia entre la tragedia y el olvido se llama relato. Guernica tuvo a George Steer, el corresponsal que publicó la crónica del horror en The Times y The New York Times dos días después del ataque. Guernica tuvo a Pablo Picasso, que transformó el espanto en el lienzo más célebre del siglo XX para el Pabellón de España en la Exposición Universal de París. Guernica tuvo a Roman Herzog, que en 1997 envió una carta de desagravio. Y ahora tiene a Steinmeier, que ha cruzado Europa para arrodillarse simbólicamente ante las víctimas.

Los bombardeos alcanzaron a Xixón (con 54 muertos y 80 heridos en solo uno de los ataques) a Infiestu, Avilés, Colunga, El Mazucu, Tarna y San Cloyo entre otras poblaciones. Franco los pidió. Hitler los ejecutó. Y nosotros dejamos que se olviden. Asturias no tuvo corresponsales extranjeros. No tuvo pintores universales. No tuvo presidentes alemanes. Solo tiene el silencio de los corderos.

Y ese silencio no cayó del cielo como las bombas. Fue construido, ladrillo a ladrillo, por generaciones de asturianos que aprendieron a agachar la cabeza, a no molestar, a considerar que lo nuestro siempre es menor, que nuestra historia no merece mayúsculas, que reclamar memoria es una excentricidad de aldeanos.

Los vascos no son mejores que nosotros. No son más listos, ni más trabajadores, ni más dignos. Simplemente, entienden lo que nuestra clase dirigente sigue sin comprender: que la memoria es identidad, que la identidad es marca, y que la marca ayuda al progreso económico y a la autoafirmación como sociedad.

El lehendakari Imanol Pradales recibió a dos jefes de Estado en Ajuria Enea para hablar de su historia. El presidente del PNV, Aitor Esteban, exigió que el Rey de España pida perdón a Guernica. Exigido. Públicamente. Ante las cámaras. Sin complejos.

¿Cuándo fue la última vez que un presidente del Principado reclamó algo con esa firmeza? ¿Cuándo un empresario asturiano, un rector, un político, levantó la voz para decir: aquí también bombardearon, aquí también murieron inocentes, aquí también merecemos que alguien pronuncie sus nombres? El contraste es más hiriente si recordamos que el exigente PNV apoyó el alzamiento en Alava y Navarra, desde donde despegaron los aviones alemanes.

El establishment asturiano piensa que la historia es cosa de nostálgicos. Que la identidad es folclore simpático para el turismo, pero no un activo estratégico. Que hablar de los bombardeos nazis es remover el pasado. Que mejor no molestar.

Mientras tanto, Guernica tiene un Museo de la Paz que visitó el presidente de Alemania. Mientras tanto, el cuadro de Picasso atrae millones de visitantes al Reina Sofía. Mientras tanto, el mundo entero sabe qué significa y dónde está Guernica.

Y Cangues d’Onís sigue siendo, para todo el mundo, un sitio donde hay un puente romano. Que encima no es romano.

No se trata de competir en sufrimiento. Pero sí de constatar una evidencia: los vascos saben contar su historia y nosotros no. Cuando la Legión Cóndor bombardeó Cangues, no destruyó únicamente edificios. Destruyó el corazón simbólico del Reino de Asturias. La Capilla de Santa Cruz, levantada por el rey Favila, representaba la continuidad de cuatro mil años de presencia humana en este rincón de Europa. Era el símbolo perfecto de lo que somos: un pueblo que supo cristianizar lo pagano sin destruirlo, que construyó sobre lo antiguo respetándolo, que entendió que la identidad no se improvisa, sino que se construye y se transmite.

El dolmen de Santa Cruz es anterior a las pirámides de Giza. La capilla era más antigua que casi todas las iglesias de Europa. Era nuestro árbol de Guernica. Y hoy, cuando el presidente de Alemania pide perdón en Guernica, nadie desde Asturias tiene el coraje de recordar que también nosotros fuimos víctimas de la barbarie nazi en el corazón de nuestra historia.

Hay en Asturias un miedo atávico a la identidad. Un terror irracional a que nos llamen separatistas si reivindicamos lo nuestro. Un complejo de inferioridad que nos impide hablar de lo propio. Este miedo tiene raíces históricas. Lo explica muy bien David Guardado cuando habla de la renuncia como forma asturiana de estar en el mundo. Pero también tiene responsables contemporáneos: la élite de pacotilla que sufrimos en Asturias, incapaz de defender ni la identidad, ni la memoria, ni los intereses de los asturianos.

Los vascos entendieron que la tragedia de Guernica podía convertirse en un activo. No porque sean cínicos, sino porque son pragmáticos: un pueblo que conoce su historia es un pueblo que sabe negociar su futuro. Una sociedad que tiene relato tiene poder.

Nosotros, en cambio, seguimos creyendo que la memoria es un capricho de excéntricos. Que lo único importante son las autovías, el polígono industrial y la hostelería para los turistas climáticos. Y así nos va: despoblados, envejecidos, olvidados. Despreciados.

Hoy, mientras Alemania cierra un capítulo de su historia en Guernica, los fantasmas de Cangues siguen perdidos entre las ruinas del olvido porque nadie quiso contarlo. La culpa no es de los vascos, que hicieron lo que debían hacer. La culpa es nuestra, que ni sabemos, ni queremos hacer lo mismo.

Si quisiéramos, estamos a tiempo. Nada de esto es imposible. Restaurar la autoestima es barato comparado con lo que gastamos en chorradas sin recorrido. Lo único que hace falta es voluntad. Algún día, quizá, un presidente asturiano tendrá el coraje de levantar la voz. Algún día, quizá, un empresario asturiano financiará un museo de la memoria. Algún día, quizá, dejaremos de tener vergüenza de ser quienes somos.

Hasta entonces, seguiremos siendo el Guernica que nadie pintó.

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