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La Peruyal, 77 años de comunidad: cuando un barrio decidió celebrar sin pedir permiso

Cinco amigos de Arriondas fundaron en 1949 una entidad festiva y social que hoy suma más de 2.200 socios y goza de buena salud

María Terente Nicieza

Arriondas (Parres)

En 2024 Arriondas volvió a mirarse al espejo de su propia historia. La Asociación La Peruyal, una de las entidades festivas y sociales más singulares de Asturias, celebró su 75.º aniversario reafirmando aquello que la vio nacer: la fuerza de la comunidad, la igualdad entre vecinos y la convicción de que la fiesta puede ser también un acto social, identitario y profundamente humano.

Lo que comenzó en 1949 como la intuición de cinco amigos del barrio de La Peruyal, es hoy una asociación con más de 2.200 socios en una localidad de poco más de 3.000 habitantes. Una cifra que explica, mejor que cualquier eslogan, el peso simbólico y emocional que La Peruyal tiene en Arriondas y mucho más allá.

El origen: una idea adelantada a su tiempo

Corría el año 1949 cuando Linón, Tomás, Ichaso, Manuel y Celso, cinco vecinos del barrio de La Peruyal, decidieron crear algo que no existía. Querían una fiesta que no dependiera ni de la Iglesia —como era habitual en la época— ni del Estado. Una celebración nacida desde abajo, organizada por los propios vecinos, donde todos fueran iguales y participaran por igual.

No se trataba solo de organizar una verbena. En un contexto social difícil, aquellos cinco amigos buscaban construir un espacio común, un lugar de encuentro y evasión, pero también de unión. Una asociación de la comunidad para la comunidad.

De esa visión nació la Asociación La Peruyal, con sus primeros socios y estatutos. La primera fiesta se celebró en el prao del Ronderu. Unieron varios carros del país, llevaron una pequeña orquesta con violín y regaron el encuentro con sidra. Aquella celebración modesta fue un éxito. Y, sin saberlo, acababan de plantar una semilla que no dejaría de crecer.

Un patrón casi testimonial y una fiesta sin religión

Para poder registrar oficialmente la festividad, las autoridades de la época impusieron una condición: debía existir un patrón. Aunque la vinculación religiosa era puramente formal, la Iglesia tenía que figurar. Aprovechando que los dos primeros años la fiesta se celebró a finales de agosto, la asociación nombró patrón a San Bernardo de Claraval, cuya festividad se celebra el 20 de agosto.

Nunca quedó claro si la elección fue por coincidencia de fechas o por tratarse de un santo no especialmente bien visto por la jerarquía eclesiástica. Lo que sí quedó claro es que la intención de La Peruyal nunca fue religiosa. Así se registraron oficialmente las fiestas del Bollu, con un carácter social, cultural y festivo, algo poco habitual entonces y todavía hoy singular en el panorama festivo asturiano.

Una de las tradiciones que se mantienen desde aquellos primeros años es el volador que se lanza cada día a las nueve de la noche durante los nueve días previos a la fiesta. Sustituía simbólicamente a las novenas religiosas que se rezaban en otros pueblos. Ese estruendo nocturno sigue siendo una de las señas de identidad más reconocibles de El Bollu.

Ingenio, identidad y sentido de pertenencia

Los fundadores no solo tenían visión social; también intuición para crear identidad. Una de sus decisiones más llamativas fue numerar los primeros carnés de socio comenzando por las centenas —101, 102…— y no desde el número uno. El objetivo era generar la sensación de pertenecer a algo grande, consolidado. La estrategia funcionó. En pocos años ya contaban con unos 200 socios.

La creatividad también se trasladó a la promoción. Colocaban carteles cuando había cine en Cangas, rifaban xatas, elaboraban pancartas de bienvenida al paso de la Vuelta Ciclista a España con mensajes como “La Peruyal os saluda”. “Eran muy corporativistas, buscaban que La Peruyal estuviera presente en todo, como una fuerza viva”, relata Sergio Suárez, miembro actual de la directiva y responsable de comunicación y participación.

Llegaron incluso a tener un grupo de teatro propio, con los socios como actores, y desde 1953 publican una revista que recoge la historia de la asociación, de la fiesta y de quienes la hacen posible. "Probablemente sea la revista festiva en activo más antigua de Asturias" asegura Sergio.

Ese afán de estar presentes en todos los ámbitos se refleja en una anécdota reveladora: los primeros estatutos recogían la obligación de que, si fallecía un socio o socia, el presidente o algún miembro de la directiva acudiera a dar el pésame a la familia. Los estatutos han ido cambiando con el tiempo, adaptándose a nuevas realidades, pero el espíritu de cercanía permanece intacto.

Ser de La Peruyal antes que nada

Hoy la asociación cuenta con unos 2.200 socios, una cifra extraordinaria para una localidad del tamaño de Arriondas. Entre ellos hay muchas personas que emigraron y para las que La Peruyal sigue siendo el vínculo que los conecta con su origen.

Hay familias que continúan pagando el número de socio de familiares fallecidos, como símbolo de que siguen presentes el día de la fiesta. Y hay tradiciones que se transmiten casi como un legado. “Más que ser de Arriondas, se es de La Peruyal”, afirma Sergio Suárez.

Durante años, era habitual que un miembro de cada familia —padres, tíos— se encargara de pagar la cuota de todos. Así se garantizaba la continuidad. Hoy esa costumbre sigue viva: prácticamente desde que un niño nace, forma parte de la asociación. “Cuando alguien nace, muchas veces tiene antes el carné de la Peruyal que el DNI”, explica Sergio.

Esa fidelidad explica la estabilidad de la entidad. “En estos 77 años de vida, podemos hablar de épocas de más bonanza, pero nunca ha habido momentos de crisis, siempre ha sido muy estable”, subraya Sergio.

El Bollu, la fiesta de las fiestas

El corazón de todo es El Bollu, que se celebra el último domingo de julio en el parque de la Concordia. Ha cambiado de ubicación a lo largo del tiempo, pero siempre se ha mantenido una premisa innegociable: celebrarlo en un espacio donde todos estén al mismo nivel.

Con los años, los carros dieron paso a carrozas cada vez más elaboradas, que desfilan hasta el lugar de la fiesta. Se empezaron a organizar grupos por barrios y se sumaron pueblos vecinos como Collía, Coviella o Prunales. “En los 70 se hacían carrozas muy potentes, verdaderas obras de arte, aprovechando que había mucha industria del mueble en la zona”, recuerda Sergio.

Hoy, la fiesta comienza bien temprano, al son de las gaitas, y se ha convertido en una de las citas más importantes del calendario festivo del Oriente de Asturias.

Un calendario que creció con la gente

Un solo día se quedó corto. En los años 60 se incorporó la Kermesse, celebrada el sábado previo a El Bollu. Nació como una verbena exclusiva para socios, un baile de gala en el parque de la Llera, con las mejores orquestas y ropa de estreno. Hoy está dedicada a los socios más veteranos.

El lunes siguiente se celebra El Bollín, una fiesta más recogida. Surgió como una comida informal de los organizadores para comentar anécdotas del día anterior. Creció tanto que hubo que oficializarla. “Es una celebración más para los del barrio”, explica Sergio, donde se comparte en la calle lo que sobró de la merienda del Bollu.

A estas citas se suman la Noche Joven, con DJ, una cata de sidra el miércoles previo y, más recientemente, La Pitanza, una comida para socios cuyo éxito fue inmediato. “El primer año tardamos un mes en vender los tickets; al siguiente se agotaron en dos horas. La cola daba la vuelta al barrio entero”, recuerda.

Renovarse sin perder la esencia

El año 2020 marcó un punto de inflexión. La pandemia reforzó el sentimiento de comunidad y coincidió con un relevo en la directiva tras el fallecimiento del presidente que había liderado la asociación durante años. Entró gente joven, con la misma filosofía, pero nuevas herramientas.

Digitalizaron bases de datos, domiciliaron cuotas, crearon una web, modernizaron los carnés con códigos QR y reforzaron la presencia en redes sociales. También impulsaron charlas en colegios y concursos de relatos para implicar a los más jóvenes.

En una sociedad cada vez más individualista, formar parte de La Peruyal se convierte casi en un acto de rebeldía colectiva.

Mirar al futuro sin olvidar el origen

El próximo 31 de enero, la asociación celebrará una asamblea extraordinaria para elegir nueva directiva. Parte del equipo actual dará un paso al lado. Ser directivo implica trabajo, dedicación y compromiso con la comunidad.

El reto es el mismo que en 1949: seguir cuidando la semilla que plantaron cinco amigos del barrio de La Peruyal y mantener vivo un modelo de fiesta que es, ante todo, una forma de estar juntos.

Mientras tanto, en Arriondas, sigue resonando el grito que resume 75 años de historia compartida: ¡Viva El Bollu, viva La Peruyal!

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