Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

El imaginario territorio de Burfaray creado por el escritor llanisco F. Valle Poo: una república muy independiente para su "Crónica de la fatalidad"

El fotógrafo y escritor llanisco firma su primer libro de ficción, con la satisfacción de haber vuelto a publicar después de 15 años: "Los escritores son muy felices, logras una gran felicidad con lo que haces"

Francisco Valle Poo, con un ejemplar de su primera novela "Crónica de la fatalidad"

Francisco Valle Poo, con un ejemplar de su primera novela "Crónica de la fatalidad" / E.L.

Eduardo Lagar

Eduardo Lagar

Francisco Valle Poo (Ardisana, Llanes, 1960) firma “Crónica de la fatalidad” (editorial Impronta). Es la primera novela de este escritor y fotógrafo llanisco autor de una larga obra con publicaciones de carácter divulgativo sobre la historia, la cultura y la naturaleza asturiana.

-Hacía casi 15 años que no publicaba.

-Llevo casi quince años fuera de órbita por motivos personales y familiares.

-Su primera novela.

-Es la primera novela publicada. Antes escribía libros divulgativos, eran encargos institucionales o de empresas. Pero nuevas circunstancias vitales le obligaban, digamos, a estar encerrado, así que ¿qué hacer más que escribir? Acabó siendo una novela. En realidad, resultaron ser varias novelas, lo que llamo “La trilogía de Burfaray”, que es la capital de una pequeña república europea imaginaria llamada Cantiana. Esta novela es un grano, digamos, que le salió a la primera que escribí, brotó y se convirtió en una novela propia.

-¿Qué se va a encontrar el lector?

-“Crónica de la fatalidad” es una novela que se circunscribe a una república ficticia en la Europa de los años 40, en plena II Guerra Mundial; una república neutral donde hay amenazas o incidentes como la llegada de un avión alemán de la Luftwaffe que desencadena unos acontecimientos un poco raros, tampoco es una historia muy compleja. Es una historia donde yo procuro hacer retratos de personajes, que es lo que me gusta. Desarrollar cada personaje bien. Algunos muy extensos; otros, con pocas frases. Para mí fue casi una terapia y resultó que aún en el drama personal salió una comedia.

-¿Por qué se fue a contar hasta los años de la II Guerra Mundial?

-Es una cosa que me pregunto muchas veces. En la novela que escribí anteriormente, “Últimos días en Burfaray”, que se desarrolla en la actualidad, hay personajes que rememoran los años 40 y de ahí salió esta novela. Es una época que conozco bien, que estudié muy bien durante muchos años, ya desde la juventud. Cuando estaba en el instituto ya leía temas de relativos a la II Guerra Mundial. Hoy me doy cuenta de que la juventud no tiene idea ya de lo que pasó en esos años y, por ejemplo, cuando se cita al Duce quizá tendría que haber puesto una llamada explicando quién era Benito Mussolini. La gente joven no lo conoce y eso que parece que estamos transitando por los mismos caminos. Cien años después repetimos cosas parecidas, estamos con el input de la extrema derecha por ahí funcionando, lo que da mucho miedo.

-Sin embargo, la novela es una comedia, tiene cierto aire a Eduardo Mendoza…

- Alguien me comentó algo de que se parecía a Eduardo Mendoza. Tal vez, es uno de mis escritores de referencia con Robert Graves o Murakami. Algo queda forzosamente.

-Una novela de personajes impregnada de humor. ¿Y la alusión a la fatalidad?

-La fatalidad, como dice la cita de Voltaire que abre el libro, no es una fatalidad como catástrofe sino como el “invencible” encadenamiento de los acontecimientos.

-La novela tiene lugar en un territorio completamente inventado, acaso con alguna alusión a su Llanes natal.

-Eso me dicen algunos que la han leído, pero no. Necesitaba un sitio donde poder hacer lo que me diera la gana, por eso cree esta república imaginaria. Necesitaba, como decía mi madre: pintar un lienzo como querer.

-Otra singularidad de la novela es que los habitantes de Cantiana hablan un lenguaje propio, parece una extraña mezcla de asturiano, asturiano e italiano.

-Lo creé porque venía bien para que dos personajes no se entendieran. Lo inventé sobre la marcha, con el “cosí” detrás de todas las frases. Tampoco lo tengo muy desarrollado, no soy filólogo (risas).

-¿Qué ha encontrado en esta nueva faceta de la escritura de ficción?

-Para mí fue un esfuerzo importante cambiar el estilo. Básicamente, mis libros anteriores eran de divulgación. Pero me vino muy bien escribir. Desde el bachillerato escribo, soy escritor, entre comillas. Ya entonces hacíamos pequeños periódicos, el gusanillo estaba ahí. Cuando me quedé dos o tres años en stand by, digamos, la solución fue empezar a escribir, a darme cuenta de que todavía tenía recursos, posibilidades de salir del ostracismo que te lleva a estar en una zona muy apartada de la geografía.

-Escribir sirve entonces para volver a la vida.

-Sí, básicamente. Es que yo creo que los escritores son muy felices, logras una gran felicidad riéndote con lo que acabas de escribir, o incluso llorando. Luego, cuando consigues publicar, te eso te refuerza bastante, te das cuenta de que puedes seguir creando, es un reconocimiento al esfuerzo.

Tracking Pixel Contents