Bernabé Aguirre, guardia civil retirado, Premio Fayuela 2026: "La montaña te da todos los días una lección de humildad, de trabajo, de rectitud en lo que haces, de empatía hacia las personas"
"Haber sido el primer 'picoleto' de la historia que recibe la medalla de los guías de montaña es un orgullo", subraya este vecino de Cofiño (Parres), profesor diplomado de la Escuela Española de Esquí, profesor de los Carabineris, profesor de los Gendarmes, profesor de escalada

Bernabé Aguirre / M.T.N
María Terente Nicieza
Bernabé Aguirre habla de Cofiño (Parres) antes de que dé tiempo a preguntarle por él. Su pueblo aparece en cada recuerdo, en cada cima, en cada viaje. Lo de este guardia civil retirado y guía de montaña desde hace casi medio siglo es un vínculo inseparable, una forma de entender la vida. Por eso el Premio Fayuela 2026, concedido por la asociación Amigos de Parres, tiene un significado especial para quien ha recorrido los cinco continentes y ha pisado los dos polos sin dejar nunca atrás sus raíces.
“El premio Fayuela es el premio de casa, del pueblo”, resume. No es el único reconocimiento que ha recibido. En noviembre de 2025 fue distinguido por la Asociación Española de Guías de Montaña. "Haber sido el primer 'picoleto' de la historia que recibe la medalla de los guías de montaña para mí es un orgullo", afirma. Pero el Fayuela es otra cosa. “Del premio Fayuela me enteré por un mensaje de Wasap, porque estaba en Andorra esquiando y había quitado los datos del teléfono. Cuando llegué al hotel me había llamado varias veces el presidente” de Amigos de Parres, Titu Manzano, recuerda.
Infancia y vocación
Creció libre, subiendo y bajando por los montes del Sueve, escuchando el silencio de la montaña hasta que los balidos de las ovejas de las que se encargaba, antes y después de la escuela, le devolvían el sonido a sus paseos. “No recuerdo ningún sonido. Hasta que no llegabas, y oías alguna cabra o algún perro, ni un sonido. Paz, total”.
Aquellos años, subiendo y bajando montañas antes y después de la escuela, sembraron una vocación que el tiempo no haría más que confirmar.
Un contraste brutal
Con 15 años marchó a Madrid para ingresar en el colegio de guardias jóvenes. El contraste fue brutal. “Me encontré encajonado, entre cuatro paredes. Era estudiar y poco más, así que en noviembre estaba harto”, confiesa.
El destino apareció en forma de curso en Candanchú. “Ahí empecé a esquiar, a escalar por Gredos, Galayos y ya me enganché todos los veranos y los inviernos en Pirineos”.

Por la izquieorda, Titu Manzano, Bernabé Aguirre y Emilio García Longo. / R. J. M. C.
Desde entonces, no ha dejado la montaña. “En la montaña desde 1976”, resume. Vivió la profesionalización del rescate y la creación de las unidades especializadas en el 81. “Hacíamos cursos con la gendarmería francesa, con los guardias de Finanza italianos, cogíamos lo que nos interesaba y lo traíamos aquí. Así fuimos evolucionando”.
Para él, el factor humano es la base de todo. “Lo más importante de las unidades son las personas. Hay que ir con mentalidad montañera y de socorro. Eso es lo más importante”. Y advierte: si no existe vocación, “no aguantas”.
Montaña, escuela de vida
En su memoria se acumulan intervenciones y aprendizajes. “Los rescates que más marcan son los de personas vivas, a los que ves pasarlo mal durante el trayecto”, explica. Las condiciones han cambiado para mejor. “Lo que ahora son 15 o 20 minutos, antes eran 12 o 14 horas en camilla”.
La montaña, insiste, es una escuela de vida. “Te da una lección todos los días, de humildad, de trabajo, de rectitud en lo que haces, de empatía hacia las personas, te da todas esas cosas. El trabajo en la montaña y de cara a los demás es espectacular, pero también en autoconocimiento”.
También como instructor aprendió a dejar crecer a los demás. “Cuando llegas a un punto en el que dices, lo voy a hacer yo porque este se va a caer, tienes que dejarlo”.
Récord en el Urriellu
A día de hoy, son casi 800 las veces que ha coronado la cumbre del Urriellu. Nadie ha hollado la cima tantas veces. En 1979 ascendió por primera vez, junto a Luis Somoano, “uno de los grandes escaladores asturianos” que abrió la ruta más difícil de la cara Este en los 70. Al alcanzar la cima, lo que recuerda es “la alegría de llegar arriba y ver mi pueblo”. Con el tiempo entendió que la cima se saborea después. “La mayor satisfacción que tengo cuando llego a la cumbre con gente es cuando afloran los sentimientos de esas personas”.

Equipo de esquí de la Guardia Civil, con Bernabé Aguirre –tercero por la izquierda–. / Cedida a LNE
También ha observado los cambios en el montañismo. Valora la suerte que tienen las personas no expertas, de poder contar con guías que los suben a los lugares que él conoce tan bien y que de otra manera no podrían disfrutar.“Hace años eso no existía. Que un guía pudiese dedicarse todo el verano a subir gente al pico era prácticamente imposible”, señala. Y advierte sobre la prisa actual: “La montaña no es para correr, es para disfrutar del día”, en referencia a la verdadera esencia del montañismo y contra la prisa que parece manejar nuestros días.
Pionero de las carreras de montaña
Competidor internacional y pionero de carreras de montaña, impulsó la subida al Picu Pienzu, la primera prueba de este tipo en Asturias, con un objetivo claro: que pasara por su pueblo.
Su carrera profesional le abrió puertas impensables. “Soy profesor diplomado de la Escuela Española de Esquí, profesor de los "Carabineri", profesor de los Gendarmes, profesor de escalada, guía de montaña… eso lo he hecho gracias al trabajo”.
Y si tuviera que elegir de nuevo, no cambiaría nada: “Con lo bueno y con lo malo, firmaba otra vez”.
Un sueño por cumplir
Ahora viaja sin prisa. “Ahora soy un profesional del tiempo libre”, bromea. Pero sigue implicado en nuevos proyectos, como los Premios Naranjo de Bulnes, que fundó para reconocer y apoyar la montaña y con el objetivo de valorar a jóvenes promesas.
Su gran sueño, sin embargo, aún está por cumplir. Crear el Museo de la montaña cerca de casa, un espacio que preserve la memoria de aquello que le ha dado tantas satisfacciones.
“Me gustaría que fuera que en Cabrales, pero si no, en algún sitio cerca de Picos”, afirma. Es el deseo de quien ha pasado la vida ascendiendo y regresando, siempre con su tierra en el horizonte. Porque, vaya donde vaya, Bernabé Aguirre sigue llevando su pueblo consigo.
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