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La Corralada, el encanto de un bar tienda como los de antes en una zona rural: "Yo decía, ¿quién va a venir aquí?"

El boca a boca y las redes sociales han amplificado la fama del negocio que abrieron hace veinte años Cristina Corteguera y Valentín González en Alea (Ribadesella), un refugio con excelente cocina y ambiente familiar

Cristina Corteguera y Valentín González en La Corralada.

Cristina Corteguera y Valentín González en La Corralada. / M.T.N.

María Terente Nicieza

Alea (Ribadesella)

En el pequeño núcleo de Alea, en el concejo de Ribadesella, resiste uno de esos negocios que están casi desaparecidos: un bar tienda que es, a la vez, restaurante, y lugar de reunión de los parroquianos. La Corralada abrió hace veinte años, cuando Cristina Corteguera Coro y Valentín González Ramos decidieron dar un giro a su vida y regresar al pueblo. Rehabilitaron la cuadra del abuelo de Valentín y la transformaron en un local "como los de antes", con barra, pequeña tienda y tertulia diaria.

"Yo era de aquí de toda la vida y abrimos un bar como los de antes, para la tertulia. No contábamos tampoco con dar comidas, yo decía, ¿quién va a venir aquí? En principio no cuentas con ello", recuerda Cristina. A su alrededor, la familia y los amigos les advertían de que "estaban locos", pero la pareja tenía claro que quería llevar "una vida más tranquila".

Por entonces había otros dos bares en la zona. "Uno en el palacio y otro más abajo". Hoy solo queda La Corralada. "El bar que quedaba cerró cuando nosotros abrimos", apunta Cristina. En un entorno con menos población que hace dos décadas y cada vez más envejecida, La Corralada se ha convertido en un refugio.

Trabajadores, maderistas, obreros...

Lo que empezó como un bar tienda se convirtió con el tiempo en un restaurante de referencia al calor de los fogones de Cristina. El cambio fue gradual, casi silencioso. "Empezaba gente de aquí a encargarte comida, a hacer comidas familiares", cuenta. Primero llegaron los trabajadores de la zona, maderistas, obreros, con un menú apalabrado que se corría de boca en boca. Luego, los visitantes que se desviaban del mirador del Fitu y encontraban, casi por casualidad, aquel bar tienda.

Cristina Corteguera y Valentín González en La Corralada.

Cristina Corteguera y Valentín González en La Corralada. / M.T.N.

"Venía algún madrileño y al volver a Madrid contaba, ‘pues en tal pueblo, si pasáis por ahí se come muy bien’", explica Cristina. Y añade una anécdota que ilustra hasta dónde llega ese boca-oreja: "Tenemos clientes que estaban en Madrid tomando algo en un bar y escucharon a otra gente hablando del bar de Alea".

Comida casera y raciones generosas

Hoy las redes sociales amplifican ese eco y atraen a nuevos visitantes a un lugar al que hay que desviarse para llegar. "Gente pasa casi todos los días, porque el Fitu está a tiro piedra", señala Cristina, aunque reconoce que es la temporada alta la que les permite "subsistir" en invierno. "Desde Semana Santa hasta octubre, es un no parar", comenta.

La cocina de La Corralada es hoy sinónimo de comida casera y raciones generosas. Cristina asegura que fue probando hasta encontrar su propio repertorio. Salvo la receta del cabritu, heredada de su madre, todo lo demás lo fue levantando a base de ensayo y error. "Lo demás, fui probando y viendo si gustaba. Es lo que tiene la inconsciencia de la juventud", rememora entre risas.

Cabritu y verdinas con marisco

Los platos estrella son el cabritu y las verdinas con marisco: "Si los quito creo que me matan", comenta con gracia. Aunque ahora trabajan con carta, por encargo salen de la cocina cabritu, pote de berzas, fabada, arroz con pitu… No quieren abarcar más de lo que pueden hacer bien, porque está ella sola en la cocina y el objetivo es que todo el mundo se vaya satisfecho. Aun así, en La Corralada ya han celebrado comuniones y hasta una boda, oficiada recientemente en la capilla del pueblo. "Para competir con Arriondas, Ribadesella... hay que ofrecer algo que haga a la gente venir hasta aquí", argumenta Cristina, convencida de que la calidad y las raciones abundantes son parte esencial de esa diferencia.

La Corralada no es solo un restaurante y un bar tienda; es, sobre todo, el centro de reunión diario de los vecinos de Alea. En un núcleo de apenas cuarenta habitantes, la barra y las mesas de Cristina y Valentín son el lugar donde se toma el vermú, se comentan los aconteceres cotidianos y se mantiene vivo el tejido social del pueblo. "Aquí se junta gente que si no, no se vería", asegura Cristina. Para ellos, siempre hay un par de mesas reservadas en el interior del local, porque son muy conscientes de la función social que cumplen los bares en el medio rural.

Los más "jóvenes" del pueblo rondan los 75 años y el bar tienda se convierte también en red de apoyo. "A veces hay que llevarlos al médico, porque no tienen a nadie más a mano, y tiran de los más jóvenes para coger el coche", explica Valentín.

La dureza del invierno

Durante la pandemia de 2020 Valentín se encargaba de hacer la compra para todos. El invierno es duro y el negocio, sacrificado. También los impuestos pesan. "Uno que tenga que estar de alquiler no vive. Porque en proporción estás pagando lo mismo aquí, que paga el Reconquista", resume Valentín sobre la necesidad de que las administraciones tengan en cuenta el contexto de estos negocios.

A pesar de esto Cristina asegura: "Al cabo de veinte años hiciste muchas amistades y vienen de todos lados. Eso es que te llena y te da fuerza para seguir". Cierran quince días en octubre por vacaciones, aunque "enseguida nos aburrimos". Saben que los parroquianos esperan su regreso con ganas, porque muchos solo coinciden en la barra.

El boca a boca

Dos décadas después de aquella vuelta al pueblo, Cristina y Valentín sienten que mereció la pena. Defienden la tranquilidad del entorno, el valor de un ritmo más lento y la importancia de tener un lugar donde la gente pueda encontrarse. El boca a boca y las redes sociales han descubierto La Corralada a nuevos públicos y ayudan a dar visibilidad a un rincón que no queda de paso y al que hay que desviarse, pero que recompensa el viaje.

Ellos animan a todo el mundo a acercarse, por varias razones. "El sitio espectacular en el que estamos", dice Cristina. "Por la cocina de Cristina", añade Valentín. Y también por la calma que envuelve el valle, la posibilidad de apartarse del ruido y sentarse a la mesa sin prisa.

Hace veinte años cambiaron la ciudad por la aldea persiguiendo una vida serena. Hoy esa elección se sirve en cada plato y se escucha en cada tertulia. Comer sin prisa, compartir mesa y charla, dejar que la sobremesa se alargue. En La Corralada no solo se alimenta el cuerpo: se recupera el tiempo.

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