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Cierra Casa Luis, la última tienda-bar de Mestas, en Cangas de Onís: "Me da mucha pena, es la casa de todos"

"Lo que más voy a echar de menos es el trato con la gente", comenta Pilar Con Fernández, que pondrá fin en unos días a un negocio familiar abierto hace 90 años y convertido durante décadas en punto de encuentro vecinal

María Terente Nicieza

Cangas de Onís

Las campanillas de la puerta siguen sonando a lo largo de la mañana en la tienda-bar Casa Luis, en Mestas de Con, pero estos días su tintineo tiene algo de despedida. Pilar Con Fernández, "Maripi", actual propietaria y tercera generación al frente del negocio, se jubilará a finales de este mes y con ella cerrará uno de los establecimientos más emblemáticos de la localidad. Lleva 90 años atendiendo al público.

El goteo de visitantes es constante: vecinos que llegan a comprar el pan o algún producto básico, repartidores que descargan la última mercancía y parroquianos que se sientan a tomar algo en la mesita redonda, colocada estratégicamente junto al mostrador de madera que preside el local. Maripi saluda a todos por su nombre. Sabe lo que van a comprar, lo que suelen beber y, muchas veces, hasta el ánimo con el que entran por la puerta.

Todos hablan estos días del cierre y del vacío que dejará en el pueblo. Una vecina que acaba de acercarse a por el pan confiesa: "Me da mucha pena ver cerrar esto, Maripi y yo nos criamos juntas". Valentín, uno de los repartidores habituales, se despide por tercera vez: "Nos veremos por la acera". Y otra vecina que llegó hace poco a vivir a Mestas resume lo que muchos piensan: "Es una relaciones públicas fuera de serie".

Un negocio nacido de la emigración

La historia de Casa Luis se remonta a 1936. El abuelo de Pilar regresó entonces de México, donde había emigrado y regentado una tienda de abarrotes, esos establecimientos en los que se puede encontrar casi de todo. Pensó que un negocio así podría funcionar en Mestas de Con y no lo dudó.

Maripi Con Fernándesz en el mostrador de Casa Luis.

Maripi Con Fernández en el mostrador de Casa Luis. / M.T.N

La fórmula era sencilla: vivienda en la planta de arriba y comercio en el bajo. Junto a su mujer y la mayor de sus cinco hijos empezó a abastecer a los vecinos de la localidad y de los pueblos cercanos, convirtiendo el lugar en tienda, bar y punto de reunión en una época en la que los desplazamientos eran mucho más complicados que hoy.

"Cuando empezó mi abuelo, vendía de todo, tenía aperos agrícolas, que los ponía en la acera, cencerros, calzado, telas, piensos, muebles", recuerda Maripi, enumerando una lista interminable de artículos. Una vecina interviene con nostalgia: "A mí no había cosa que me gustara más, que venir y ver tanta cosa colgada".

El establecimiento pronto se convirtió también en lugar de paso. "Mi abuelo abría muy temprano, porque a las seis y media de la mañana ya venía gente a tomar la copa, y los que trabajaban en telefónica esperaban aquí hasta que pasaba el camión que los recogía", cuenta la dueña.

Tres generaciones tras el mostrador

En 1976 tomaron el relevo los padres de Pilar. "Yo tengo recuerdos de esto desde que soy pequeña", dice. Sin embargo, su vida no estuvo siempre ligada al negocio. De joven se marchó a estudiar a Oviedo, se casó y tuvo un hijo. Fue su separación lo que marcó el regreso definitivo a Mestas de Con.

Desde 2008 está sola al frente de la tienda, tras el fallecimiento de su padre. En este tiempo ha visto cómo el pueblo cambiaba y cómo el comercio seguía siendo un punto de referencia para quienes viven allí todo el año. "En las tiendas notas mucho la cantidad de gente que va faltando", comenta.

También guarda anécdotas ligadas al turismo que llega en verano. Recuerda a unos visitantes que entraron a última hora, "empezaron a coger cosas sin preguntar el precio” y con los que acabó conversando durante horas, incluso después de cerrar la tienda.

La última tienda-bar del pueblo

Hoy Casa Luis es la única tienda-bar de estas características que queda en Mestas de Con, y una de las pocas de la comarca. Hubo un tiempo, sin embargo, en el que el pueblo tenía varias. Durante la posguerra llegó a haber cuatro establecimientos similares y, como recuerda Maripi, "se distribuían las cartillas de racionamiento que había por tiendas, y mi madre repartía las que no venían a recoger, por las casas".

La mejora de las comunicaciones y la aparición de los supermercados cambiaron el panorama, pero el negocio supo encontrar su lugar. Gran parte de la población que permanece en invierno es gente mayor que sigue teniendo aquí su punto de abastecimiento y de encuentro.

La clave para sobrevivir ha sido la flexibilidad. "El horario mío es muy flexible", explica. Abre a las 7:30 de la mañana y cierra a las 20:30, aunque en verano la jornada se alarga. "Pero en verano, si a las 22:00 había gente, a las 22:00", añade.

El hecho de vivir encima del negocio facilitó siempre esa disponibilidad. "Querían que pusiéramos un timbre, pero mi padre pensó: si ponemos un timbre nos vuelven locos", recuerda entre risas.

"Fuimos adaptándonos a los tiempos"

Durante 90 años el establecimiento se ha ido adaptando a los cambios. "Los pueblos que estaban alrededor, venían todos aquí. Luego empezó a haber carreteras y fuimos adaptándonos a los tiempos y las mercancías", explica Maripi. Con el paso del tiempo dejó de vender madreñas o zapatos, aunque mantuvo las alpargatas y las tradicionales zapatillas de cuadros.

Más allá de los productos, el negocio ejerce de red que hace comunidad: recoger paquetes cuando el mensajero no encuentra a nadie en casa o guardar medicamentos que alguien encarga en la farmacia.

Por eso, cuando piensa en el final de esta etapa, tiene claro lo que más echará de menos. "Lo que más voy a echar de menos es el trato con la gente", asegura. Tantos años tras el mostrador le han enseñado a conocer a las personas y asegura que "estar cara al público compensa".

En estos días previos al cierre está recibiendo mensajes y visitas de muchos vecinos y también mensajes de quienes veranean en el pueblo. "¿Dónde vamos a ir a comprar el queso ahora?, me escriben", comenta.

Maripi asegura que su negocio es algo más que un bar o una tienda. "Es la casa de todos", afirma. Y quizá por eso, cada vez que alguien empuja la puerta y hace sonar las campanillas, el pequeño local de Mestas de Con parece abrir también la puerta a un recuerdo: el de aquellas tiendas de pueblo que muchos conocieron en la infancia y que aún sobreviven en la memoria colectiva.

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