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Lobos a la puerta de casa en Piloña: "Estamos completamente desamparados, dan ganas de abandonar, de llorar, de chillar y de darte puñetazos con todos"

La proximidad de los ataques a zonas habitadas de Piloña supone una "presión insostenible" sobre el sector ganadero, que a la pérdida de ganado suma la frustración que provocan la demora en las ayudas y la burocracia

Por la izquierda, Lidia Arias, Ana Belén Longo con su hija Lara, María de los Ángeles Ávila y Alba Latorre, ayer, en la finca de La Roza (Piloña) en la que se registró el último ataque del lobo a ganado doméstico.

Por la izquierda, Lidia Arias, Ana Belén Longo con su hija Lara, María de los Ángeles Ávila y Alba Latorre, ayer, en la finca de La Roza (Piloña) en la que se registró el último ataque del lobo a ganado doméstico. / Ramón Díaz

Ramón Díaz

Ramón Díaz

La Roza (Piloña)

El lobo ataca ya a la puerta de las casas en zonas del concejo de Piloña en las que nunca antes había ocurrido. Los últimos ataques se registraron en La Roza y en Cerecea, al lado mismo de casas habitadas, lo que ha provocado honda preocupación entre los afectados y sus vecinos. Reclaman medidas urgentes y aseguran que están "totalmente desamparados".

Los lobos han matado ovejas, cabras y cachorros de mastín, y han herido a un potro, un fenómeno que no tiene precedentes en estas cotas. Entre la impotencia y el hartazgo, cuatro ganaderas y un ganadero reclamaron este miércoles una gestión que evite esta "presión insostenible".

Dos cachorros de mastín desaparecidos

El paisaje verde y modelado por siglos de pastoreo que envuelve a Piloña es el escenario de un conflicto que se recrudece. En la parroquia de Los Montes, en Sevares, las explotaciones de ganado están viendo cómo la línea que separa lo silvestre de lo doméstico se está difuminando.

La gijonesa Alba Latorre, ganadera en Villarcazu, resume la nueva realidad con crudeza: "El año pasado hubo ataques en abril; este año, en febrero". En su caso, los lobos no solo mataron animales "delante de casa", sino que dos cachorros de mastín de seis meses, que estaban siendo "troquelados" para crear vínculo con el rebaño, desaparecieron junto a varios corderos durante un ataque.

Por la izquierda, Lidia Arias, Ana Belén Longo con su hija Lara, María de los Ángeles Ávila y Alba Latorre, ayer, en la finca de La Roza (Piloña) en la que se registró el último ataque del lobo a ganado doméstico.

Eloy Diego, este miércoles, con varias de sus ovejas en El Condao (Laviana). / Cedida a LNE

Lidia Arias, de La Cabiella, relataba el último ataque sufrido el 4 de enero, en el que perdió una oveja a punto de parir. Ana Belén Longo, de Cardes, ve cómo su cabaña se ha reducido a solo dos ovejas tras los envites del lobo. A María de los Ángeles Ávila le quedan solo un carnero y cinco ovejas. El coro de voces, reunido en La Roza, incide en un hecho que consideran determinante: "En el monte siempre hubo lobos, es verdad, pero aquí, nunca", sentencia Lidia Arias.

Cambio de hábitos del lobo

Esta alteración del comportamiento tradicional del lobo abre interrogantes entre las ganaderas, que barajan varias hipótesis. Una de ellas apunta a un cambio de hábitos inducido por la normativa sanitaria. "Antes comían carroña, pero al obligarnos a recoger los cadáveres empezaron los ataques en las zonas bajas", argumenta Arias, sugiriendo que la retirada de animales muertos del campo ha privado al lobo de una fuente de alimento, empujándolo a buscar presas junto a los pueblos.

Más allá de la casuística, emerge un sentimiento unánime de abandono. "Las armas que tenemos contra el lobo son... ninguna, no podemos hacer nada. Estamos totalmente desamparados", lamenta Alba Latorre. Además, las medidas preventivas, afirma, han demostrado ser insuficientes.

Descontento con las indemnizaciones

"Si los ganaderos somos los que estamos tomando medidas preventivas, como tener mastines, guardar el ganado de noche... y aún así matan, entonces significa que la solución no es esa", afirma Latorre, que dirige su crítica a la administración autonómica. "La solución es que (los políticos) hagan lo que tienen que hacer". Critica asimismo que los "cupos" de extracción que estableció el Principado –anulados hace unas semanas por el Tribunal Supremo– incluyeran tanto zonas loberas como áreas declaradas libres de lobos. En su opinión, los cupos deben aplicarse solo en zonas loberas; en el resto del territorio, simplemente, no debe haberlos.

El descontento con las indemnizaciones es otro de los pilares de su denuncia. No solo por la demora en los pagos, sino por la propia naturaleza de la compensación. "Yo no quiero que me paguen, quiero a mis animales vivos", subraya Latorre.

Cinco años esperando un pago por daños

La valoración económica de las reses es otro punto de fricción: tasar un animal únicamente por su edad, sin considerar, por ejemplo, si es una madre reproductora o un semental, minusvalora la pérdida real. A esto se suma la dificultad de cobrar los daños cuando el animal desaparece, ya que la indemnización solo se abonan si con los restos hallados hay un crotal. "De las pérdidas que tuve el año pasado cobraría el 30%", calcula Latorre. Casos como el de una de las afectadas, que lleva cinco años esperando el cobro por una potra porque "se extraviaron los papeles", alimentan la sensación de ineficacia burocrática.

Por la izquierda, Ana Belén Longo con su hija Lara, Alba Latorre, Lidia Arias y María de los Ángeles Ávila, en La Roza (Piloña).

Por la izquierda, Ana Belén Longo con su hija Lara, Alba Latorre, Lidia Arias y María de los Ángeles Ávila, en La Roza (Piloña). / Ramón Díaz

El impacto trasciende lo económico. La escena de un animal desollado o, como en el caso de Lidia Arias, a punto de parir, deja una huella profunda. "Es muy desagradable. Nadie valora que tenemos que ver escenas así a diario y eso nos afecta moralmente", explica una de las ganaderas.

"Si sigo es por mi nieto"

Todas han pensado abandonar en algún momento. "Si sigo es por mi nieto, porque le encantan los animales", confiesa Lidia Arias. "Dan ganas de abandonar, de llorar, de chillar y de darte puñetazos con todos", clama Ana Belén Longo. "Asturias es verde porque es un paisaje antropológico que manejaron siempre los pastores", sentencia Latorre.

Eloy Diego vio hace unos días como el lobo mataba tres ovejas a quince metros de su casa, en Sorribes, donde nunca se habían visto ejemplares. Se ha llevado a las ovejas que le quedan a El Condao, en Laviana, donde vive su padre. "Aquí, de momento, no hay lobos", comenta Diego, que solo pide una cosa: "Que los quiten de ahí", en referencia a los pueblos situados en aquellas zonas declaradas por el Gobierno del Principado "libres de lobos".

Ninguno de los afectados aspira a exterminar al lobo. "Tiene que haber de todo, pero regulado. No puede ser que los lobos entren en la finca de mi casa y en la huerta de los vecinos. Digo yo que mis ovejas también tendrán derecho a estar libres por las noches", señala Diego. No vive de las ovejas y las tiene por afición, pero destaca que otras muchas personas sí viven del ganado, "y lo mismo tardan un año en cobrar los daños".

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