Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Posada la Vieya se echa a la calle por San José: "En esto está implicado el pueblo entero"

Música, voladores y cantos marcaron un recorrido seguido con entusiasmo por aldeanos, porruanos y visitantes

María Terente Nicieza

Posada (Llanes)

La fiesta de San José volvió a desplegar este sábado en Posada la Vieya una de sus estampas más reconocibles, con el pueblo en la calle, las gaitas al frente de la comitiva y el patrón arropado por vecinos y visitantes en una mañana de sol radiante. La celebración, recuperada en 1968 y mantenida desde entonces, reafirmó desde primeras horas su condición de cita señalada para la localidad y su entorno.

Sobre el papel, el programa oficial situaba el pasacalles a las 11.00 y la procesión a las 12.00. La salida se demoró algo más de lo previsto, pero lejos de enfriar el ambiente, la espera fue sumando público a lo largo del recorrido y terminó por reforzar la sensación de día grande. “Hoy vamos a disfrutarlo bien”, aseguraba Daniel Benito, miembro de la comisión de fiestas.

Música en camino

La Banda Gaites Llacín, formada por más de medio centenar de integrantes, emprendió la marcha pasadas las once y media en dirección a la capilla de San José, bajo el cielo azul y con un sol que acompañó toda la mañana. A ambos lados del camino se fue congregando una notable afluencia de vecinos y visitantes, pendientes del avance del desfile y de ese primer latido de la fiesta que cada año vuelve a poner en marcha la jornada grande de San José.

La música fue marcando el ritmo del trayecto y actuó, una vez más, como llamada colectiva. No era solo el sonido de la gaita: era también la forma en la que el pueblo se iba reuniendo, reconociéndose y ocupando su sitio en una celebración que mezcla devoción, costumbre y sentimiento de pertenencia.

Los ramos

A la llegada a la capilla, la comitiva hizo la ya habitual foto de familia antes de recoger los tres ramos que iban a protagonizar buena parte de la mañana: uno de pan, otro de pan dulce y un tercero de rosquillas pensado para los más pequeños. Esa imagen, la de los ramos preparados para echar a andar, condensó de golpe una parte esencial de la fiesta: su capacidad para conservar símbolos muy antiguos y seguir haciéndolos cercanos para varias generaciones.

Con los ramos ya incorporados al cortejo, el grupo puso rumbo a la parroquia de Posada para recoger la imagen del santo. El trayecto estuvo acompañado por los cantos, las panderetas y los voladores, en una suma de sonidos que dio aún más cuerpo festivo a la procesión y reforzó el tono popular de una mañana seguida con atención por mucho público.

Hacia la iglesia

La comitiva llegó a la iglesia en torno a las 12.45, con las campanas repicando y las calles de Posada convertidas en un pasillo de espectadores. Numeroso público llenaba las aceras para ver pasar el desfile, en una escena muy reconocible de estas celebraciones: la del pueblo volcado con su fiesta, pendiente del paso de los ramos y de la imagen de San José.

En ese recorrido por las calles de Posada se vio con claridad el tirón que conserva la cita. No solo por la respuesta del público, también por la forma en que la procesión sigue siendo un momento de encuentro y de orgullo local, con vecinos que la viven desde siempre y otros que se suman cada año como quien vuelve a un rito conocido.

La puya

Desde la iglesia, el cortejo se encaminó a la plaza, donde tras la tradicional misa, comenzó la puya por los ramos que habían acompañado al santo durante la procesión. Ahí la solemnidad dejó paso a otro registro igual de propio de la fiesta: el de la participación abierta, el comentario entre conocidos, la expectación por cada lance y ese pulso colectivo que convierte la subasta del ramu en uno de los momentos más esperados del día.

La escena dejó además nombres propios. Luis Noriega se llevó los dos roscones tras pagar 150 euros por uno y 105 por otro, en una de las referencias más comentadas de la puya y en una muestra del tirón que sigue teniendo este tramo de la celebración entre los asistentes.

La escena volvió a mostrar que la fiesta se sostiene sobre una implicación compartida. “En esto está implicado el pueblo entero, es el día nuestro”, resumía Rubén Benito Cantero, de la comisión de fiestas, que subrayó además el esfuerzo que exige mantener viva la celebración: “Implica mucho trabajo, pero hay que tirar por ello”. En esas palabras se condensa buena parte del sentido de la mañana: una tradición que no se mantiene sola, detrás hay vecinos dispuestos a empujar para que siga ocupando su lugar en el calendario y en la identidad del pueblo.

Tracking Pixel Contents