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Ana Rodríguez, pionera del piragüismo femenino español: "No me sacrifiqué nunca; hice lo que más me gustaba"

La deportista de Cangas de Onís logró en 1979 el primer metal internacional para una deportista en esta disciplina, que abandonó un año después tras no poder competir en los Juegos Olímpicos de Moscú

María Terente Nicieza

Cangas de Onís

Hay historias deportivas que nacen casi por casualidad, y otras que parecen escritas por el lugar en el que se crece. En el caso de Ana Rodríguez, vecina de Cangas de Onís, todo comenzó al lado del río. "Lo único cercano que tenía era el río y unas ganas enormes de derrochar toda la adrenalina, la energía y la fuerza que tenía, ya incluso cuando era una niña", recuerda. Ella fue la primera mujer española en lograr un metal en una competición internacional: fue en 1979, con 19 años, en los VIII Juegos del Mediterráneo.

En aquellos estrenados años 70 del pasado siglo, el piragüismo empezaba a vivir un auge en Asturias. Ana veía remar a los jóvenes y se fijaba en ellos, fascinada por la belleza del deporte en un entorno que sentía propio: "Con esas ganas que tenía, la fuerza que me daba el río, habiendo nacido al lado de él, pensé: yo tengo que probar esto". Con apenas 12 años, su padre la acompañó a hablar con los responsables del club La Llongar: "Oye, que la rapaza quiere empezar a remar", recuerda sonriendo, sobre aquel momento que marcaría el inicio de su carrera.

Las instalaciones poco tenían que ver con las actuales. "Había un gallinero donde Ramón nos dejaba meter las palas, y las piraguas estaban en el ‘prao’; ahí las teníamos apiladas una con otra", rememora. Pero aquel entorno familiar y seguro, fue el escenario perfecto para que empezara a formarse una campeona.

Talento innato

Las ganas, la cercanía del río, un grupo de jóvenes de su edad y un talento natural para el deporte hicieron el resto. Mientras otras compañeras concentraban sus entrenamientos en la primavera y el verano, Ana hizo del piragüismo una fidelidad diaria, sostenida cada tarde a lo largo de las cuatro estaciones.

"Yo no me sacrifiqué nunca, yo iba todas las tardes a hacer lo que más me gustaba", afirma. Aquellas jornadas se repetían día tras día. "Recuerdo todas las tardes de mi vida ir directamente a la tablada de La Llongar y ser muy feliz allí. Coger mi barco y oír las indicaciones de Tino sobre el entrenamiento", apunta. El entrenador dejó una huella profunda en su carrera. "Tino para mí fue uno de los mejores entrenadores, y seguirá siendo".

Su talento innato favoreció una progresión fulgurante. "En el momento que me subí a la piragua, como a los dos o tres días ya me estaba manteniendo, y estaba todo el mundo como alucinado", relata.

En 1976 empezó a competir y apenas un año después ya ganaba campeonatos. Su talento no pasó desapercibido. Uno de los primeros en fijarse en ella fue el olímpico Herminio Menéndez, que llamó la atención del seleccionador nacional, Eduardo Herrero: "Eduardo, ¿quién es esa chica?, porque tiene un talento extraordinario".

Del Sella a la selección española

Con 15 años llegó la llamada de la selección española y se trasladó a Madrid para competir en todas las pruebas posibles. Aunque dominaba distintos terrenos, pronto descubrió cuál era su especialidad. "Lo mío eran los pantanos, la velocidad, la inmediatez", explica.

Sin embargo, su talento también brillaba en el río. En 1978 firmó uno de los hitos de su trayectoria al imponerse en el Descenso Internacional del Sella en K1: "Cuando gano el descenso del Sella en el 78, me doy cuenta de que puedo hacer lo que quiera, en río o en velocidad". Aquella temporada lo ganó prácticamente todo a nivel nacional.

El gran momento de su carrera llegó un año después. En 1979, con solo 19 años, participó en los VIII Juegos del Mediterráneo celebrados en Split. Allí logró la histórica medalla de bronce, un hito para el deporte femenino. Apenas hora y media después volvió al agua, para disputar el K4 junto a Llanos Marín, Luisa Álvarez y Mar, con las que logró el diploma por el cuarto puesto. Hoy recuerda aquella etapa con nostalgia: "Me encantaría volver atrás y verme, con aquella ilusión con la que me levantaba y me subía en la piragua".

El sueño olímpico que nunca llegó

Tras el éxito en Split, el propósito de competir en los Juegos Olímpicos de Moscú 1980 era firme. Pero la ilusión se truncó antes de tiempo. La Federación Española comunicó que el equipo no acudiría por falta de recursos económicos. El entrenador Eduardo Herrero, lo resumía con crudeza: "Llegó al equipo en una época muy mala, en la que no había ni un duro, fue una pena".

Para una deportista que había alcanzado la élite con apenas 19 años, la noticia supuso un golpe difícil de encajar. Esa noticia en el momento vital de rebeldía en el que se encontraba, hizo que ese mismo año abandonara el piragüismo. Hoy lo recuerda con cierta autocrítica: "Cuando más progresión podía haber tenido, y cuando realmente tendría que haber entrenado más, no quise saber nada más de la piragua. Me equivoqué, por ser muy joven".

Después llegó otra etapa. Descubrió una vida distinta, más allá del piragüismo. Comenzó a trabajar, y eso, también la alejó físicamente del río que había marcado su juventud. "Yo creo que si me hubiera quedado aquí en la zona de Cangas o de Arriondas, hubiera sido uno de mis entretenimientos", reflexiona. La distancia física y la revelación de una vida llena de nuevas posibilidades, explica que nunca haya vuelto a subirse a una piragua. Aunque la idea sigue rondándole la cabeza.

Lo que deja el deporte

Mirando atrás, Ana afirma que el piragüismo dejó en ella una impronta, que va mucho más allá de las victorias. "Me ha dado la fuerza para seguir remando en la vida y además hacerlo en la buena dirección, en conseguir lo mejor para mí, sin dejar a nadie atrás", reflexiona.

También observa con atención la evolución del deporte que marcó su juventud. Aunque reconoce avances, considera que el piragüismo sigue teniendo retos pendientes. "Sigue siendo un deporte muy minoritario" y asegura que quienes empiezan ahora "deben destacar mucho para salir adelante". Además, explica que el aspecto económico es un obstáculo, que se vuelve más evidente en los equipos femeninos: "Sigue recayendo mucha responsabilidad económica en los clubs y en los propios palistas y siguen entrenando mucho más, y dándoles más valor a los equipos masculinos", señala.

El consejo de una pionera

Cuando piensa en quienes empiezan, habla desde la experiencia de quien ha tenido tiempo a reposar lo efímero: "Que todo lo que hagan, lo hagan con muchísimas ganas, con una ilusión terrible. Lo que se aprende en el terreno deportivo son cosas que sirven para toda la vida y que peleen un poco más, que no tiren la toalla tan rápido". Son palabras de alguien que, siendo apenas una adolescente, abrió el camino para el piragüismo femenino español.

Décadas después, el río sigue formando parte de su vida, aunque ya no se suba a la piragua: "Me despierto muchos días con el propósito de volver a remar, pero todavía no lo he cumplido", admite.

El Sella fue el escenario de algunos de sus mayores éxitos y también el lugar donde empezó todo. Quizá por eso su historia encaja de manera natural con la del propio Descenso, una de esas trayectorias que algún día bien podrían volver al río para ser contadas desde sus propias orillas.

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