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Porrúa rescata la mirada social de Fervienza: "Lo importante es darlo a conocer y documentarlo"

Una selección de retratos muestra cómo la cámara del maestro alcanzó desde las élites hasta el mundo campesino de la época

María Terente Nicieza

Llanes

A veces la historia no aparece en un archivo público, ni en una vitrina, sino en una casa que se vacía. En el caso de Daniel Álvarez Fervienza, fotógrafo y maestro, una parte esencial de su legado reapareció en unas maletas guardadas entre los enseres de sus descendientes, y de ese gesto casi doméstico nace ahora una nueva exposición en el Museo del Oriente de Asturias, en Porrúa, donde del 2 de abril al 22 de agosto podrá verse “Retrato y sociedad”, una selección de 42 fotografías y un autorretrato fechados entre 1885 y 1892.

Detrás de esa recuperación está Antonio Diego Llaca, bisnieto del fotógrafo y comisario de la muestra, que resume con una frase el sentido de todo este trabajo: “Yo recuperé estos documentos, pero además de recuperarlos, lo importante es darlo a conocer y documentarlo”. La exposición no nace, por tanto, solo de un vínculo familiar, sino de una voluntad de poner en circulación un material valioso para entender cómo se miraba y cómo se representaba una sociedad entera a finales del siglo XIX.

Maestro, pedagogo, fotógrafo

Fervienza nació en Somiedo en 1857 y desarrolló una sólida formación pedagógica antes de abrirse camino en la fotografía; estudió Magisterio, se especializó en enseñanza para sordomudos y ciegos y obtuvo certificación en el sistema Fröbel, una base que ayuda a entender el rigor y la curiosidad con que observó después el mundo. Su ocupación principal fue la de maestro, y precisamente llegó a Llanes para ocupar una plaza docente, en un tiempo en el que no resultaba extraño compaginar la escuela con otro oficio.

Diego recuerda que su bisabuelo “vino a Llanes como maestro” y que, como otros profesionales del momento, encontró en la fotografía una actividad complementaria que terminó convirtiéndose en una obra de enorme interés. Abrió galería, pasó de amateur a la profesionalización y desarrolló un lenguaje propio, atento a la técnica, a la composición y a la expresión humana.

Llanes, un territorio privilegiado

Llanes vivía entonces un momento muy singular, en parte por el empuje económico y social de los indianos, que contribuyeron a popularizar la fotografía en la zona y a convertir el retrato en un objeto de circulación, prestigio y memoria familiar.

El indianismo funcionó con fuerza en el concejo, y no solo por las fotografías tomadas aquí, “sino también por las imágenes que llegaban de México y Cuba, muchas de ellas de gran calidad, que elevaron la exigencia de los fotógrafos locales”. En ese contexto, entre 1884 y 1900 hubo más de 12 fotógrafos profesionales en Llanes, una cifra que convierte a la villa en un caso excepcional dentro de Asturias. Gracias a autores como Fervienza, hoy puede reconstruirse con una nitidez poco común, cómo se vestía, cómo posaba y cómo se representaba una comunidad entera en ese periodo.

Una sociedad delante de la cámara

La gran virtud de Fervienza, sostiene el comisario, fue que no retrató solo a una minoría. “Fervienza estuvo 15 años aquí y popularizó los precios para poder llegar a todos los estratos sociales”, explica Diego. Esa decisión cambió el alcance de su trabajo: “No solo a aristócratas y burgueses, también a los campesinos”; “esa popularización de precios le permitió retratar la sociedad por completo”.

Ahí está una de las claves de “Retrato y sociedad”. Quien entre en la sala no encontrará solo retratos antiguos, sino una especie de mapa humano de la época, donde la diferencia entre clases, oficios y formas de vida se adivina en la ropa, en la pose, en la manera de presentarse ante el objetivo. “Quien venga a ver la exposición va a descubrir las diferentes maneras de vestir de la época”, adelanta el comisario, que subraya también “el contraste de una indumentaria con otra” y el realismo de los gestos.

La huella de un estilo

Antonio Diego sitúa a Fervienza en un momento de transición, de cambio técnico, cuando la fotografía pasa del colodión húmedo a las placas secas de gelatino-bromuro de plata, una transformación que permitió más detalle, formatos mayores y menos rigidez en la toma. Pero, por encima de la técnica, insiste en un sello personal: “Capta las expresiones con gran realismo” y “siempre buscaba las manos, en todas las fotografías, las manos eran fundamentales”.

Su manera de retratar, añade, estaba influida por la fotografía francesa y por la huella de Nadar. Fondos sobrios, atención a los tejidos, primer plano cuando hacía falta y una preocupación constante por la expresión convierten estas imágenes en algo más que un documento. “Su estilo es muy característico, se aprecian muy bien las texturas de los trajes, los terciopelos”, resume Diego.

También hubo en él una inquietud artística y gran inquietud por el color, empleando la técnica de fotopintura. “A él le ilusionaba el color, pero en ese momento todavía estaba incipiente, así que lo que hizo fue iluminar fotografías”, recuerda el comisario, en referencia a esa voluntad de intervenir la imagen y acercarla a una experiencia visual más rica, en un tiempo en que el color aún no estaba técnicamente asentado.

Lo que verá el visitante

La exposición también contará esa transición técnica, con dos placas originales de técnicas distintas para explicar de forma didáctica cómo trabajaba el autor y cómo evolucionó su oficio. Ese detalle enlaza bien con la figura de Fervienza, maestro además de fotógrafo, y con una obra que combina voluntad comercial, inquietud técnica y una mirada especialmente fina sobre las personas.

La muestra llega después de la exposición de Covadonga, cuando Diego comprobó que el archivo conservaba mucho más de lo que ya se había enseñado. “Tiene muchísima producción y de gran calidad, pero no se valoró hasta ahora, por desconocimiento”, lamenta. En Porrúa, ese desconocimiento empieza a corregirse con una exposición que devuelve a Daniel Álvarez Fervienza al lugar que le corresponde: el de un fotógrafo capaz de fijar en una placa no solo unos rostros, sino el reflejo social de una época.

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