Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Es noticia

La gesta femenina en el Urriellu: nueve décadas de la primera ascensión al Picu por una "caineja"

La montañera Ana Isabel Martínez, con más de cien ascensiones al Naranjo de Bulnes, hace memoria de las pioneras que la precedieron en el hito de coronar el paredón de una de las cumbres míticas de los Picos de Europa

Ana Isabel Martínez en el mítico Urriellu.

Ana Isabel Martínez en el mítico Urriellu. / A. I. Martínez

Ana Isabel Martínez de Paz

Hay silencios que no son ausencia de sonido, sino presencia de plenitud. En los Picos de Europa, ese silencio tiene la textura de la caliza fría y el aroma del aire limpio que solo se respira por encima de los dos mil metros. Para muchos, escalar es un deporte de riesgo; para mí, es una forma de honestidad. Es el lugar donde el ruido del mundo se apaga para dejar paso a un diálogo íntimo con una misma, donde cada agarre es una decisión y cada paso, una superación de obstáculos que son, en realidad, reflejos de nuestros propios miedos interiores.

El germen de este amor ya estaba en mi inconsciente, arraigado en mis raíces familiares en la comarca de Babia. De mi familia materna heredé la admiración por los paisajes de montaña, su riqueza y diversidad; llevo a fuego ese respeto profundo por el medio natural. Sin embargo, el momento que realmente me atrapó en sus dominios fue mi primer encuentro directo con un coloso de piedra: el Naranjo de Bulnes o Picu Urriellu.

Fue una experiencia tan intensa en un fin de semana de otoño que, sin saberlo, cambió por completo el rumbo de mi vida. Mi bautismo fue una excepción a cualquier regla pedagógica: la primera montaña que subí en mi vida fue el Naranjo. Subí con lo que suelo llamar una "mochila llena de ignorancia": sin material técnico, ni pies de gato, ni conocimientos de escalada. Me movía un derroche de entusiasmo y la confianza en mi compañero, César de Prado. En esa ascensión descubrí una "fotografía sin poses" de mí misma; me vi reflejada tal y como era, sin artificios. Aquel ambiente aéreo me enamoró para siempre. Hoy, tras 106 ascensiones por trece itinerarios diferentes, el Urriellu sigue encontrando la manera de sorprenderme. Porque nunca es la misma montaña: la luz cambia, los colores se funden de distinta manera y el vínculo con los compañeros de cordada deja una huella imborrable.

Noventa años de huella femenina en el Urriellu

Noventa años de huella femenina en el Urriellu

El hilo de sangre: las Cainejas

Pero mi historia personal es solo un eslabón de una cadena que comenzó mucho antes. En el corazón de los Picos de Europa, allí donde el macizo Central se abraza con el Occidental, se encuentra Caín. Desde este pueblo leonés no se ve el Urriellu; la mole de caliza queda lejos, a pie. Sin embargo, existe un hilo invisible de sangre que los une. Si en 1904 Gregorio Pérez Demaría, "el Cainejo", hizo historia con el Marqués de Villaviciosa, tres décadas después serían sus nietas quienes reclamarían ese honor para las mujeres.

En 1935, el rumor de que la célebre Margot Moles quería ser la primera mujer en el Picu encendió el orgullo de Caín. No podían permitir que una "forastera" llegara antes que las herederas de la estirpe. El 31 de julio de 1935, María Isabel Pérez Pérez, con 18 años, coronaba la cima. Una semana después, su prima Teófila Gao Pérez, de 15 años, repetía la gesta. Teófila subió y bajó sin cuerdas, con la solvencia de quien se había criado trepando por los sedos y riscos de Caín para recuperar una cabra perdida. Eran mujeres de manos curtidas, alejadas del elitismo social de la época, que escalaron porque sentían que aquella montaña les pertenecía por derecho de nacimiento.

Un sendero de pioneras

La conquista femenina no fue un hecho aislado, sino una revolución silenciosa que venía de lejos. En los Alpes, pioneras como Marie Paradis (1808) o Henriette d’Angeville (1838) ya habían desafiado al Mont Blanc cargando con los lastres sociales de su sexo: enaguas y faldas largas. Lucy Walker conquistaba el Cervino en 1871 y Fanny Bullock, en 1906, sube al Pinacle Peak, de casi 7000 m, en el Himalaya. Viajó hasta el Karakorum y la India en bicicleta, denunciando la opresión a la que estaban sometidas las mujeres que encontraba a su paso.

Noventa años de huella femenina en el Urriellu

Noventa años de huella femenina en el Urriellu

El orden de la conquista

Tras la senda abierta por las cainejas, el Picu comenzó a registrar en su libro de honor nombres de mujeres que, con técnica y tesón, desafiaron la verticalidad:

La 3ª ascensión femenina (1946) fue protagonizada por Carmen Sánchez, once años después de Las Cainejas. Esta cántabra alcanzó la cima por la Vía Sur Directa con los guías Alfonso y Juan Tomás Martínez. Su audacia la llevó a ser también la primera mujer en el Tiro Tirso —cima compleja cercana al Llambrión— y la tercera en Peña Santa o Torre Santa.

4ª: María Antonia Simó (1949). Excelente escaladora fogueada en Montserrat y Pirineos. Su maestría técnica la convirtió en 1950 en la primera mujer en ingresar en el Grupo de Alta Montaña Español (GAME).

8ª: Carmen Roméu (1951). Protagonista de primeras femeninas en el Cavall Bernat, la Norte del Vignemale y la Norte del Monte Perdido, fue la segunda mujer en entrar en el GAME.

10ª: Isabel Izaguirre (1952). De carácter vital y gijonesa de nacimiento, fue la primera asturiana en el Picu. Lideró cordadas en Gredos y llevó su rastro al Mont Blanc, el Cervino y a la Cima Grande de Lavaredo en Dolomitas.

12ª: Carmen Martín (1953), “Menchu”. Miembro del Grupo de Montaña Vetusta, fue la primera ovetense en alcanzar la cima por la Sur Directa junto al guía Alfonso Martínez.

Mención especial merece el nombre de Carmina Suárez Álvarez (GM Vetusta), cuya figura agigantó la historia del Naranjo:

Tras su primera ascensión, protagonizó la tercera ascensión invernal absoluta a la cima del Naranjo, enfrentándose a la dureza de cargar con todo el material por la pared y dominando tanto la técnica en roca como en hielo.

Noventa años de huella femenina en el Urriellu

Noventa años de huella femenina en el Urriellu

Carmina sumó hitos como la primera invernal por la vía Teógenes (sexta absoluta) y la primera femenina a la prestigiosa Canal del Pájaro Negro en Peña Santa, junto a Pedro Udaondo, uno de sus aperturistas. Llegará a la cima del Picu en más de 35 ocasiones.

Cerrando esta lista de honor tenemos a Tita González, quien no solo subió al Picu, sino que fue pionera en la gestión deportiva como una de las primeras presidentas del GM Vetusta en los años 90.

Pero el verdadero salto a la modernidad y a la dificultad extrema se dio en la Cara Oeste. Una pared vertical de 500 metros donde la francesa Martine Ware hizo la primera femenina a la mítica vía Rabadá-Navarro. Tras ella, la primera española, Dulce María Quesada, y nombres que son leyenda: Enedina Pérez, Marisa Montes, Pilar Frías, Anna Massip, Mery Puig y la recordada Mirian García Pascual, quien en su libro "Bájame una estrella" nos enseñó que la escalada es también poesía.

En los últimos años, el Picu ha sido testigo de hitos mundiales: Silvia Vidal llega al Picu para realizar la vía Principado d’Asturies en solitario. Recibió el piolet de Oro de la Federación Española de Deportes de Montaña y Escalada (FEDME) por esta actividad de gran dificultad. Abre en invierno, junto con Pep Massip, la vía Tramuntana, actividad que les obligó a permanecer varios días en la pared en condiciones inhóspitas. Es, sin lugar a dudas, la mejor escaladora del mundo de grandes paredes de dificultad en artificial.

Josune Bereciartu escala en libre el Pilar del Cantábrico. Será la primera mujer en el mundo en alcanzar el noveno grado de dificultad. Mariona Aubert será de las primeras mujeres que ingresan en los grupos de rescate de la Guardia Civil. Se convertirá en la primera mujer que escala las cuatro caras del Naranjo en la misma jornada, por las vías: Leiva, Pidal-Cainejo, Cepeda y Sur Directa y lo hará con Bernabé Aguirre.

Entender la roca: el desafío físico

Para quien mira desde abajo, el Picu puede parecer inalcanzable. Para quien lo escala, es un lenguaje técnico de supervivencia. Para entender la proeza de estas mujeres, hay que conocer el lenguaje de la pared.

En la Vía Sur Directa, el primer largo ya presenta un paso difícil y expuesto que corta la respiración. Más arriba, los canalizos del penúltimo largo —esas estrías verticales esculpidas por el agua en la caliza— "se las traen": exigen una técnica precisa y una confianza absoluta en la adherencia de los pies.

Si hablamos del Paso Horizontal, nos encontramos con la temida "panza de burra": un tramo ligeramente extraplomado donde el cuerpo tiende a separarse de la pared, desafiando la gravedad. Pero, sobre todo, su larga travesía trazando una diagonal descendente, requiere una presencia de ánimo inquebrantable; técnicamente no es extrema, pero el vacío que se abre bajo los pies es tal que una caída, tanto del que sube primero como del que le sigue, sería complicada de detener.

El viaje que nunca termina

A lo largo de mis expediciones por cuatro continentes, he aprendido que viajar es una extensión de la curiosidad. Pero lo que más me transforma no es la altitud de los Andes o el Pamir, sino los vínculos que forjas con personas de culturas ajenas. Esos lazos, creados en contextos de exigencia extrema, son los que te devuelven a casa siendo una persona distinta, más abierta y renovada. El viaje no termina en la cumbre; el viaje continúa dentro de ti.

Las mujeres aportan a la montaña algo sagrado: la normalidad de la pasión. Aportan entusiasmo, valor y, sobre todo, una humanidad esencial que actúa como catalizadora de emociones. Son las guardianas de una sabiduría que se transmite de corazón a corazón, como las mujeres de Caín transmitían sus valores a sus hijos mientras trabajaban una tierra hostil y hermosa a la vez.

Hoy, cuando pongo mis pies en la cima del Urriellu, no puedo evitar sentir la presencia de María Isabel y Teófila. Ellas no tenían pies de gato ni cuerdas de nylon, pero tenían una fortaleza de ánimo que hoy sigue vibrando en la roca. Escalaron para romper el silencio, para demostrar que el destino de una mujer no tiene por qué ser solo el cuidado del hogar, sino que puede ser tan alto y libre como el vuelo de una chova en la cumbre.

Escalar es, en última instancia, un acto de amor: amor por la naturaleza, amor por los compañeros y, sobre todo, amor por esa versión de nosotros mismos que solo se atreve a salir cuando estamos a cientos de metros del suelo. Porque al mirar las cosas desde arriba, la perspectiva cambia, las preocupaciones se vuelven pequeñas y el alma, por fin, encuentra su sitio. El Urriellu, ese coloso de piedra, seguirá ahí, esperándonos para recordarnos que siempre hay una luz nueva, un matiz distinto y una nueva forma de ser libres.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents