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Eva Noriega, segunda generación del Aula de la Miel de Alles, despacha en Cangas de Onís: "La apicultura es un conocimiento que se hereda"

Hija de Carolina Álvarez y Jesús Antonio Noriega, la joven ha hecho de la miel su vida y reivindica un oficio ancestral y el valor de las abejas: "Hay que escucharlas"

Eva Noriega en su tienda.

Eva Noriega en su tienda. / M.T.N

María Terente Nicieza

Peñamellera Alta

Eva Noriega no tiene recuerdos de infancia desligados del mundo de las abejas. Antes de saber lo que era un oficio, ya andaba "cogiendo la miel del chorro", en el garaje de su abuela, donde sus padres empezaron a extraerla con un aparato pequeño y casi doméstico. Lo cuenta con la naturalidad de quien ha crecido dentro de ese mundo: "Mi hermana y yo, las dos lo mamamos desde bebés".

La joven representa la segunda generación del Aula de la Miel de los Picos de Europa, un proyecto que montaron sus padres, Carolina Álvarez y Jesús Antonio Noriega, en Alles (Peñamellera Alta), y que combina producción y divulgación. No solo tiene colmenas propias, sino que regenta la tienda que esta empresa familiar tiene en Cangas de Onís.

Eva Noriega mostrando los productos de su tienda.

Eva Noriega mostrando los productos de su tienda. / M.T.N

En su casa, las abejas no llegaron con una moda, ni con el giro reciente hacia la sostenibilidad. Estaban ya mucho antes, cuando el tatarabuelo tenía colmenas y la miel formaba parte del sustento diario de la familia. Eva recuerda ese hilo antiguo a través de su abuela, que de niña merendaba "pan con mantequilla y miel o pan con miel y mantequilla", y de aquellas primaveras en las que a las niñas las mandaban a los prados a vigilar si se escapaba algún enjambre. "Las abejas no eran negocios, sino que eran parte del sustento de la casa", resume.

Oficio heredado

Hay una frase de Eva que explica casi todo lo que significa este trabajo en el medio rural: "Yo nací con oficio". Lo dice sin grandilocuencia, como quien enumera una ventaja y también una responsabilidad, porque en la apicultura el conocimiento no se aprende en un aula reglada ni se improvisa de un año para otro. "La apicultura es como cualquier otro oficio de pueblo, es un conocimiento que se hereda", sostiene, antes de recordar que en España no existe una escuela específica a la que acudir para aprender de verdad a manejar abejas. De hecho, en la carrera de veterinaria "solo hay un tema sobre apicultura en toda la carrera", relata.

Por eso, aunque ella ya tiene seis colmenares y 300 colmenas a su cargo, sigue viéndose en formación al lado de su padre, con quien la familia roza ya las 800 colmenas. "Mi padre a mí me ayuda con las abejas, porque él sabe más de abejas que yo" y "yo para llegar a su nivel, pues todavía me quedan 30 años", admite. En ese reconocimiento hay algo más que modestia: está la conciencia de que este es uno de esos trabajos en los que siempre hay algo nuevo que saber. "Nunca terminas de aprender", insiste Eva, porque siempre surge un problema nuevo, una plaga distinta o una adaptación imprevista, como ocurrió con la llegada de la avispa asiática.

El mapa de la miel

El Aula de la Miel, situada en Alles (Peñamellera Alta) es el lugar desde el que divulgan sobre las abejas, y allí, el paisaje no es un decorado, sino la materia prima del sabor. Las colmenas se reparten según la miel que buscan: en Llanes para el eucalipto, en el valle de Peñamellera Alta y Baja para el castaño y el tilo, en cotas más altas para la miel de montaña y en zonas como Oceño o cerca de San Esteban de Cuñaba para el brezo. Cada altura, cada floración y cada mancha de monte deja su huella en el tarro.

"Una miel de costa no va a ser igual que una miel de alta montaña", explica Eva. La de eucalipto, cuenta, sorprende porque es "muy suave"; la de valle tiene "ese toque de familiaridad" que muchos identifican con la miel de siempre; la de montaña ya resulta algo más amarga; y la de brezo es la más rotunda, "muy dulce y muy intensa", hasta el punto de que "hay gente que tose, la prueba y tose porque pica". No hablan, por tanto, de una sola miel, sino de varias maneras de contar el territorio desde la colmena.

También en eso Asturias marca una diferencia. Eva explica que aquí las colmenas suelen quedarse en su sitio, ligadas a una floración concreta, mientras que en otras zonas con grandes extensiones, como Castilla, se mueven más y acaban dando mieles mucho más mezcladas. El resultado es una producción muy vinculada al terreno y, al mismo tiempo, muy dependiente de él.

Escuchar la colmena

La modernización del oficio ha sido enorme desde los tiempos de los truébanos o covetos, aquellos troncos de árbol que se llevaban enteros a casa cuando aparecía un enjambre dentro. Eva recuerda que se ha pasado de esos sistemas, que obligaban a las abejas a rehacer panales una y otra vez, a espacios específicos, maquinaria y tecnología que simplifican mucho el trabajo. Pero en el fondo, sigue habiendo una parte del aprendizaje que no cabe en ninguna máquina.

"Escúchalas. Abre una colmena y escúchala". Esa es la frase que su padre le repite cuando van al colmenar. Apagar la radio, guardar silencio y atender al zumbido, sirve para saber si están bien, si están enfadadas, si el calor aprieta demasiado o si algo no encaja. "Las abejas no son bichos", dice Eva, y en esa corrección hay casi una declaración de principios, porque cuidar una colmena exige observar, respetar y entender.

Ese vínculo llega incluso al cuerpo. Eva, sufrió un shock anafiláctico, tiene alergia y ya sale siempre con adrenalina y antihistamínicos, pero asegura que es algo común en apicultores y que incluso, el veterinario de sus abejas tiene alergia. "Para abrir una colmena y que te piquen 20 abejas, te tiene que gustar", explica sonriendo.

Abrir la puerta

La otra gran pata del proyecto familiar es la divulgación. El aula abrió en 2005 por iniciativa de su madre, después de una incorporación agraria para jóvenes agricultores, inspirada en un modelo francés de explotaciones abiertas al público. La idea era enseñar, con seguridad y sin folclore, qué hacen las abejas, cómo trabajan los apicultores y por qué la polinización importa.

Allí se puede seguir el proceso entero, "desde que la abeja sale de la colmena, hasta que ponemos el tarro encima de la mesa", ver colmenas de cristal, acercarse con lupas al interior y conocer incluso el taller del tatarabuelo donde se fabricaban las colmenas. La tienda en Cangas de Onís, llegó más tarde, en 2023, como una manera de ampliar la explotación y dar más visibilidad a un proyecto asentado en un valle "en mitad de Picos de Europa". Después de casi dos décadas, la familia entendió que también hacía falta facilitar que la gente subiera, conociera el aula y comprendiera esa parte de la apicultura que casi nunca se ve.

Eva repite que el miedo a las abejas nace muchas veces del desconocimiento. "En el momento en el que tú sabes qué son las abejas, cómo trabajan, cómo se mueven y cómo viven, ya les pierdes ese miedo", afirma. Y eso es precisamente lo que más agradece la gente que pasa por allí: descubrir de cerca que no son animales agresivos y salir con la sensación de haber entendido algo que nadie suele explicar.

Un futuro difícil

La apicultura depende de los ciclos naturales, del agua, del monte y de una estabilidad que cada vez parece más frágil. "Nosotros vamos con los ciclos de la flor", dice Eva, y eso significa que si el brezo sale tarde, se retrasa la campaña; si hay seca, salen menos flores y si la cosecha viene floja "como el año pasado", no se puede vaciar la colmena porque hay que dejar alimento para que las abejas pasen el invierno.

A eso se suman los incendios, quizá la imagen más dura. A veces les llaman de madrugada porque hay fuego cerca y toca correr para intentar frenarlo antes de que alcance el colmenar. Otras veces no llegan a tiempo. "Hay veces que llegas a verlas quemar, y las oyes", dice Eva. Eso supone un gran golpe emocional y también económico.

Con ese telón de fondo, conservar el oficio no es solo una cuestión sentimental. Empezar de cero exige dinero, terrenos que cumplan la normativa, material, abejas, contactos y años de aprendizaje. "Empezar de cero es muy difícil" y "honestamente, yo si no hubiese sido por mis padres, no hubiese podido sacar adelante las colmenas", reconoce. Por eso, cuando reivindica que "las abejas son súper necesarias", no habla solo de biodiversidad ni solo de miel: habla también de la necesidad de sostener los saberes que todavía permiten cuidarlas.

En el Aula de la Miel ese empeño suena a trabajo diario, a escucha, observación y paciencia. Suena también a una idea sencilla pero difícil de poner en práctica sin ayuda: que hay oficios que solo sobreviven si alguien decide quedarse a escucharlos.

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