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Carlos Santos Fernández de la Reguera, la vocación de un médico rural: "La gente se queja siempre de la misma manera, y si ves una queja diferente, es que pasa algo"

Tras casi cuatro décadas pasando consulta de Colunga, el médico de familia, retirado hace unos meses, recibe el homenaje de sus vecinos

Carlos Santos Fernández de la Reguera en su casa de Colunga.

Carlos Santos Fernández de la Reguera en su casa de Colunga. / M. T. N.

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María Terente Nicieza

Colunga

Carlos Santos Fernández de la Reguera abre la puerta de su casa de Colunga y, antes incluso de sentarse a hablar de su jubilación, mira hacia la calle. Zaza, su mujer, sonríe y afirma: "No lo puede evitar". Hay una ambulancia un poco más adelante y se disculpa: quiere acercarse a preguntar si hace falta ayuda. Es la inercia de casi cuatro décadas ejerciendo como médico de familia en el concejo, la prueba de que algunas vocaciones no se apagan cuando llega la retirada. Oficialmente, dejó la consulta el 29 de diciembre de 2025, pero el gesto sigue intacto. Este sábado, recibirá un homenajea por parte de sus vecinos.

Raíces

Nacido en Valladolid, Carlos estudió Medicina entre 1973 y 1979 y después formó parte de la segunda promoción de Medicina de Familia, una etapa de la que sigue hablando con orgullo. "Lo mío era vocación, me gustaba", resume. Esa vocación le venía de lejos: en su familia ya había médicos y farmacéuticos en generaciones anteriores, y la medicina terminó convirtiéndose también en una forma de entender la vida, no solo el trabajo.

Antes de llegar a Asturias pasó varios años en El Bierzo como médico titular. Desde allí dio el salto a Colunga en 1987, favorecido también por la valoración que entonces se daba al título de Medicina de Familia en algunos concursos. Vinieron él, su mujer, Zaza, y sus dos hijos. Ya no se fueron. "Somos de aquí. Yo llevo viviendo aquí más años que en ningún otro lado, más que en Valladolid", explica.

La casa y el pueblo

La historia profesional de Carlos no se entiende sin la familiar. Nada más llegar, Zaza vio la casa en la que siguen viviendo, y decidió que aquel sería su sitio. No era solo una vivienda grande: era el espacio necesario para criar a sus hijos y para traer también a su madre y a tres de sus hermanos pequeños, en un proyecto de vida compartida que acabó echando raíces en el concejo.

También Colunga era entonces otro lugar. A Carlos, que asegura haber sido muy urbanita en su juventud, el pueblo le sorprendió por su belleza y por una forma de relacionarse, más abierta de la que había conocido en otros destinos. Allí encontró además algo decisivo para un médico rural: una comunidad a la que se podía conocer de verdad, no solo pasar consulta.

Disponibilidad absoluta

Cuando empezó, la consulta era un hervidero. "Atendíamos a 60 o 70 personas todos los días", recuerda. La gente, dice, "consultaba de pie". Hacía guardias permanentes y trabajaba en un tiempo en el que ni siquiera había teléfono en casa. "Te venían a buscar porque había una urgencia en tal sitio, porque alguien se había caído de un tractor o lo que fuera".

Aquel ejercicio de la medicina rural exigía una disponibilidad absoluta y dejaba escenas hoy casi impensables. Carlos recuerda partos atendidos a contrarreloj, accidentes graves en lugares de difícil acceso y hasta una salida a un submarino en la costa de Lastres, que todavía hoy rememora entre el asombro y el humor.

La evolución de la medicina rural

En estos casi 40 años, la medicina rural ha cambiado por completo. Llegaron la informatización, la receta electrónica, más personal de enfermería, la coordinación con el SAMU y la posibilidad de acceder en poco tiempo a pruebas, analíticas e informes hospitalarios. Para Carlos, la atención primaria funciona "muy bien" cuando dispone de medios y organización, y el salto tecnológico ha sido enorme.

Pero no todo ha ido a mejor. "Las agendas siguen siendo exageradas porque se siguen viendo más de 40 pacientes diarios", explica. A eso añade otro problema que percibe: "Las listas de espera son, desde mi punto de vista, lo peor que pasa en la sanidad". A pesar de los inconvenientes, y de que la especialidad de médico de familia, no pase por su mejor momento, Carlos asegura que es "lo más bonito que hay".

El valor de quedarse

Si algo defiende Carlos por encima de todo es el papel del médico de familia. No como un mero filtro del sistema, sino como la figura que conoce a la persona, a su contexto y hasta su forma de quejarse. "Conocer a la gente te permite profundizar más en la persona", sostiene. Y en un pueblo esa continuidad vale oro: permite prevenir, detectar cambios antes de que se agraven y sostener una confianza que ninguna búsqueda en internet puede sustituir. "La gente se queja siempre de la misma manera, y si ves una queja diferente, es que pasa algo", afirma el médico.

Por eso también mira con preocupación la deriva actual de la profesión. A su juicio, la enorme movilidad de los médicos impide que puedan establecerse en un lugar, fijar residencia y crear un vínculo duradero con sus pacientes. "Jubilarte con 70 años sin poder decir, soy el médico de tal sitio es duro”. Esa inestabilidad se agrava, añade, por la dificultad de encontrar vivienda en muchos concejos y por unas condiciones laborales que obligan a "matarse a guardias" para alcanzar un sueldo digno. Sin arraigo, sin casa y con contratos cambiantes, viene a decir, es mucho más difícil construir esa medicina cercana que él considera esencial.

Frente a eso, habla de Colunga como un ejemplo valioso. Aquí, afirma, se ha preservado mejor que en otros lugares esa cercanía entre profesionales y pacientes, esa idea de que una fiebre se atiende hoy y no dentro de una semana. Ese primer escalón de la sanidad pública, que escucha, orienta, acompaña y responde a tiempo es fundamental.

Cuatro generaciones

En casi cuatro décadas ha visto pasar la vida entera del concejo por la consulta. "Has atendido a lo mejor a cuatro generaciones, lo cual es muy bonito", asegura. Esa frase resume mejor que ninguna estadística lo que significa ser médico de familia en una zona rural: estar en la infancia, en las enfermedades crónicas, en las urgencias, en los sustos y en los duelos; formar parte del paisaje humano del pueblo.

Ahora, ya jubilado y homenajeado por vecinos, asociaciones y Ayuntamiento, Carlos recibe el afecto con una mezcla de humor y pudor. Dice que "no puede pedir más". Quizá porque, después de tantos años, su verdadera recompensa sigue siendo la misma: salir a la calle y sentir que la gente lo sigue reconociendo como algo más que su médico; como uno de los suyos.

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