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El rojo de las pinturas rupestres funcionaba como una señalética lumínica en el paleolítico cantábrico

Miriam García y María Silva prueban que los signos rojos del arte paleolítico cantábrico se detectan antes que los negros a la luz inestable de las antorchas

Pinturas rupestres de la cueva de El Pindal.

Pinturas rupestres de la cueva de El Pindal. / María González Pumariega

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Chus Neira

Chus Neira

¿Por qué los primeros artistas de las cuevas cantábricas eligieron el rojo? Una investigación liderada desde Asturias acaba de concluir que aquel pigmento mineral funcionaba como un reclamo para la atención, una suerte de señalética lumínica que facilitaba la exploración de un entorno oscuro, hostil y de difícil navegación como eran las cavernas. El estudio, firmado por las científicas Miriam García Capín (UNED) y María Silva Gago (Incipit, CSIC) y publicado en la revista «Time & Mind», concluye que, bajo la luz irregular de una antorcha, que solo permitía lapsos breves de visualización, los signos rojos «serían percibidos con más garantías que los negros».

Las investigadoras se fijaron en los signos rojos que ocupan, por lo general, las fases decorativas más antiguas de las cuevas cantábricas con arte rupestre. Son motivos sencillos, de elaboración rápida, asociados a menudo a relieves y a lugares de interés topográfico dentro de las cavidades, y comparten una característica: el color rojo de su pigmento mineral. Para medir el efecto de ese color sobre la atención, García y Silva diseñaron un experimento con una muestra aleatoria de participantes a los que mostraron una serie de imágenes. Cada una contenía una pintura rupestre roja y fue duplicada y alterada para obtener una versión idéntica con el motivo en negro. Todas las imágenes, en sus dos condiciones, se expusieron en orden aleatorio durante apenas 1,5 segundos cada una. La brevedad no era casual: se trataba de evitar la observación consciente y captar hacia dónde se dirige la mirada de manera involuntaria, esa atención rápida —«bottom-up», en la jerga científica— que depende de la historia evolutiva, tiene carácter innato y se manifiesta, presumiblemente, en todos los individuos.

Los resultados no dejaron lugar a duda. Los participantes observaban durante más tiempo los motivos rojos que los negros y, sobre todo, los detectaban mucho antes; los negros, en ocasiones, pasaban directamente desapercibidos. Más aún: cuando los signos compartían panel con motivos figurativos, los rojos atraían más miradas que la propia figura, algo que no ocurría con los negros. El trabajo, titulado «Visual attention to early red Palaeolithic cave markers», plantea que el color fue una de las primeras propiedades empleadas para modificar visualmente el interior de las cuevas y contribuir a su «humanización» a partir de rastros sutiles. Pese a su simpleza, concluyen las autoras, su capacidad para evocar la acción humana dotaría a estos signos de una función profundamente comunicativa en un contexto tan exigente como el subterráneo.

García Capín acaba de doctorarse en Prehistoria tras desarrollar su investigación predoctoral en UNED Asturias con una beca del Principado; Silva Gago es investigadora posdoctoral en el instituto Incipit del CSIC, en la especialidad de arqueología.

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