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Las entretelas de la fiesta de San Antonio

Más de mil alquileres activan al amanecer una cadena silenciosa de costura, citas, colas y emoción compartida en torno al traje de aldeana

Los trajes preparados la víspera en el polideportivo de Cangas de Onís

Los trajes preparados la víspera en el polideportivo de Cangas de Onís / M. T. N.

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María Terente Nicieza

Cangas de Onís

Mucho antes de que San Antonio llegue a la iglesia y de que la fiesta tome las calles de Cangas de Onís, ya hay otra celebración en marcha. Ocurre puertas adentro, lejos de la música y de la procesión, entre perchas, agujas, prendedores, pañuelos doblados con precisión y citas anotadas desde el invierno. Este sábado, más de mil trajes regionales vuelven a salir de tiendas y almacenes de la comarca para vestir a hombres, mujeres y niños en una jornada en la que la tradición también se organiza a golpe de agenda.

Reservas con meses

Nada se deja a la improvisación. En la gran mayoría de los casos, el traje para San Antonio se reserva desde enero o febrero, aunque hay quien intenta dejarlo apalabrado de un año para otro. "Hay gente que quiere dejarlo alquilado de un año para otro, pero nosotros abrimos la lista en diciembre", explica Cristina Torre, de Trajes Elsa. El calendario manda tanto como la devoción: cuando llega marzo, prácticamente está todo comprometido. Para los más rezagados, añade, "algo queda, pero tallas sueltas".

El auge del alquiler tiene una razón evidente. "La mayoría lo alquila", resume Torre. Frente a los varios miles de euros que puede costar un traje en propiedad, alquilarlo para una jornada ronda los 140 euros. "Todos los trajes se hacen a mano, estos los hizo todos mi madre", señala. Si se dedica la jornada completa a coser, terminar uno puede llevar cerca de un mes. Esa artesanía marca la diferencia y explica el precio.

La mañana invisible

En el caso de las mujeres, el proceso no consiste solo en recoger el traje y ponérselo en casa. Vestirse forma parte de la celebración y exige tiempo, manos expertas y paciencia. En algunos establecimientos la actividad comienza antes incluso del amanecer. "Empezamos a las 5:45 y estamos vistiendo hasta las 13:00", explica Torre. La franja más solicitada se concentra entre las 9:00 y las 10:00, para llegar listas cuando el santo entra en la iglesia.

El traje femenino no se coloca sin ayuda. Hay que "prenderlo bien para que no se mueva", explica Mª Jesús Galán, de Trajes Josefina. Son 9 u 11 piezas, si se suman pololos y medias, sujetas con imperdibles, prendedores, lazos y dobleces que deben resistir toda la jornada. El pañuelo merece un capítulo aparte: un triángulo de tela que, en apenas unos minutos, acaba convertido en el remate exacto del conjunto por maestras de este origami textil: "Si vienen peinadas, agiliza mucho el tiempo", apunta Galán.

Modas y logística

También aquí hay tendencias. Los colores más tradicionales como el rojo, verde o azul, han dado paso a una paleta mucho más amplia. Los colores cambian de un año para otro y despiertan auténticas preferencias. "Este año se lleva mucho el marrón, y en Cangas se llevó mucho tiempo el rojo", explica Marina Tudela, de Tere Blanco. La firma traslada a Cangas de Onís más de 600 trajes y convierte el polideportivo en un gran vestidor temporal, con burros llenos de perchas organizadas por horas y unas 300 mujeres pasando por allí a lo largo de la mañana.

La escena tiene algo de engranaje preciso, coreografía ensayada y ceremonia heredada. Colas para colocarse el pañuelo, manos que ajustan una falda, voces que llaman por la siguiente cita y prendas que esperan ya ordenadas desde primera hora. Una parte esencial de la fiesta se sostiene en ese trabajo silencioso que casi nunca se ve.

Mucho más que ropa

Quienes se visten coinciden en que no se trata solo de lucir el traje, sino de vivir San Antonio desde dentro. Gloria Fernández lleva haciéndolo desde que tenía un año, "desde antes de tener recuerdos", y asegura que la fiesta "se vive de otra manera" cuando una se viste de aldeana. Además, defiende una de las ventajas del alquiler: "alquilarlo te da opción a cambiar cada año y no ir siempre igual".

Irene Rodríguez, mientras espera en la cola para colocarse el pañuelo, lo resume en una sola palabra: "devoción". Por eso, cuenta, cada año se apresura a reservar en cuanto se abre la lista. Y Maite Fernández aporta una anécdota que explica bien hasta qué punto vestirse forma parte del día grande: el único año en que pensó no hacerlo, porque acababa de dar a luz, "bajé de la Joguera pronto, porque sabiendo que al día siguiente no me iba a vestir, para mí no había fiesta".

Vestir con respeto

Esa dimensión simbólica es la que lleva a Galán a insistir en la importancia de llevar el traje de forma correcta. "Poner el traje de aldeana es como un ritual, es llevar un pedazo de la historia de tu pueblo, así que debería llevarse correctamente", sostiene. Entre los errores más habituales cita el calzado. "El zapato debe ser negro", recuerda, frente al uso de zapatillas deportivas o alpargatas que rompen la estética y el sentido tradicional de la indumentaria.

Para todas estas mujeres, vestirse no es un gesto accesorio, sino una parte esencial de la celebración. El ritual de horquillas, prendedores, lazos y pañuelos las une cada año en una liturgia compartida, reviviendo un vínculo ancestral que asoma en cada pieza y en cada pliegue de la historia del traje de aldeana.

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