Aníbal González, el preparador físico del Leganés: un asturiano de 37 años que dirigió los entrenamientos de la selección nacional de México
"Llanes es mi casa, aquí tengo a mi familia, a mis amigos de toda la vida", confiesa

Aníbal González Anca, ante la playa de El Sablón, en Llanes. | RAMÓN DÍAZ

Hay lugares que se llevan en la piel y que se sienten como un talismán que protege y da fuerza en los caminos más inciertos. Para Aníbal González Anca, ese lugar es Llanes. El nuevo preparador físico del Club Deportivo Leganés, que pese a su juventud (37 años) tiene un extenso y muy destacado currículum en el deporte de élite, sigue con la mirada puesta en los verdes prados y el horizonte azul de su concejo natal, ese rincón de Asturias que le vio nacer y al que regresa cada vez que el calendario le concede una tregua.
Nacido en La Pereda, un pequeño pueblo de Llanes, Aníbal González Anca ha construido una carrera internacional que le ha llevado a dirigir los entrenamientos de los campeones de la Copa Oro con la selección nacional de México, el equivalente a ser campeón de Eurocopa en el Viejo Continente, a vivir la exigencia de Qatar o a celebrar una medalla olímpica en Tokio. Se ha hecho un nombre en el mundo del deporte.
Sin embargo, su voz se vuelve más pausada, casi íntima, cuando habla de su tierra. "Llanes es mi casa, aquí tengo a mi familia, a mis amigos de toda la vida", confiesa. Y es que, para él, el vínculo con el concejo asturiano no es un mero recuerdo nostálgico, sino una necesidad, un ritual que marca el compás de su vida profesional.
Dos referentes cercanos
Su historia con el fútbol tuvo –tiene– dos referentes cercanos. Un ejemplo que encendió la chispa: su padre, Aníbal González, que fue futbolista del Llanes durante muchos años. "Desde que empecé a caminar, estaba presente el balón todo el tiempo", rememora. El otro soporte fundamental fue su madre, Oli Anca, quien lo llevó "por todos los campos de Asturias". Ese legado paterno y materno, ese primer contacto con la pelota y la competición, fue el germen de una vocación que, aunque tuvo que redefinirse a los 21 años, nunca se apagó. Cuando la carrera como jugador no cumplió con las expectativas que él mismo había depositado en ella, encontró el momento para la reflexión y el cambio.
Jugar en el Urraca de Posada de Llanes, su último club (ya desaparecido) antes de colgar las botas, se convirtió en un trampolín hacia su verdadera vocación. "Durante ese año fui descubriendo que lo que quería hacer era ser preparador físico de fútbol", explica. Entonces decidió terminar el bachillerato y presentarse a la PAU, dando el salto a los estudios universitarios que le abrirían las puertas del mundo. Asturias no solo fue su cuna, sino también el punto de partida de una aventura global que le llevaría a estudiar en Brasil, Portugal y Madrid.
Pero ningún viaje, por largo que sea, puede borrar la impronta de los orígenes. Para Aníbal González Anca, volver a Llanes es un acto de recarga, casi sagrado. "Cuando vuelvo a España, vuelvo siempre a Llanes", asegura. En su patria chica, lejos del ruido de los estadios y la presión de los calendarios, recupera el equilibrio. "En Llanes entreno, salgo a correr, subo al monte, voy a nadar, estoy en la playa, veo a mis amigos y mi familia… y eso me recarga", afirma.
No es un turista en su propia tierra. Sus amigos son los mismos desde siempre, aquellos con los que empezó a jugar al fútbol y con los que fue a clase. "Sigo teniendo el mismo grupo de amigos", subraya, como si el tiempo y los kilómetros no hubieran pasado. Esa continuidad se convierte en el ancla que le ayuda a navegar por las aguas, no siempre tranquilas, del fútbol profesional. "Como llevo tantísimos años fuera, siempre que vuelvo a Llanes es como que hago base y a partir de ahí me preparo para los siguientes retos", explica.
Su relación con el deporte no es solo profesional. Aníbal es un atleta convencido y predica con el ejemplo. "Yo me dedico mis dos horas porque es algo que me hace bien, no solamente a nivel de energía, sino también a nivel mental", revela. Y es que, para él, el deporte es una filosofía de vida que le ayuda a desconectar, a relajarse y a prepararse para el día a día, para el trabajo. Un ritual que, cuando lo realiza en Llanes, adquiere un significado especial: el de sentirse en casa.
Enganchado a sus raíces
La vida le ha llevado a vivir en diferentes países, a aprender idiomas y a adaptarse a culturas muy diversas. Pero asegura que la identidad asturiana siempre ha estado y está presente. "Soy agradecido y me encanta Llanes, así que a donde voy lo pongo por bandera; siempre digo que es el mejor lugar que hay en España", proclama. No es una frase hecha, sino es la expresión de un hombre que ha recorrido medio mundo, pero que quiere seguir enganchado a sus raíces.
No obstante, a pesar del cariño por su tierra, Aníbal asume con profesionalidad la distancia que impone su trabajo. Sabe que, una vez que comience la pretemporada con el Leganés, el 6 de julio, los viajes a Llanes serán escasos. "Si tienes un día libre o un día y medio, son cinco horas de venir y cinco de volver, no me da el día", calcula.
Pero, en lugar de lamentarse, prefiere ver el lado positivo de estar en Madrid: la cercanía con su familia y amigos, que podrán visitarle y verle en acción en el campo de fútbol del Leganés, Butarque. También la oportunidad de reencontrarse con los suyos cuando el Leganés visite el Tartiere o El Molinón, dos citas marcadas en rojo en su calendario emocional.
En esa dualidad entre la nostalgia y el impulso de explorar nuevos horizontes, Aníbal González Anca ha encontrado su equilibrio. "Me he acostumbrado a vivir así y estar fuera me adapto muy bien. Tengo morriña cuando vengo aquí un tiempo y luego me voy, pero disfruto mucho también estando fuera", reflexiona. Aprecia las experiencias que le da vivir fuera de su zona de confort, pero el reencuentro con los suyos, "siempre es relajante", es el combustible que le impulsa a seguir adelante. "Llanes es mi casa, mi familia, mis amigos", concluye.
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