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El colungués de 19 años que descubrió los bolos asturianos en una extraescolar y hoy compite con los más veteranos: "Estaría bien llevar este deporte a los colegios"

Pablo Manso trabaja en el restaurante de sus padres y compite en torneos de cuatreada por toda la región

Pablo Manso, en una reciente competición.    | M. T. N.

Pablo Manso, en una reciente competición. | M. T. N.

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María Terente Nicieza

Colunga

Pablo Manso Azcano tiene 19 años, juega en la peña Casa Cuqui y trabaja en el restaurante de sus padres. En una modalidad donde los jugadores de su quinta se cuentan con los dedos de una mano, el joven colungués mantiene una relación constante con la cuatreada desde que, con unos nueve años, se apuntó a una actividad extraescolar en el colegio.

Aquella propuesta reunió durante dos cursos a cerca de una veintena de niños. "Empecé a ir a jugar con los amigos y, como a tres o cuatro se nos dio bien, empezamos a ir a torneos a competir", recuerda. De aquel grupo inicial solo unos pocos siguieron adelante. Él fue uno de ellos.

No tardó mucho en encontrar el estímulo que necesitaba. Al año de empezar ya se medía con chavales de otros concejos, y ahí descubrió que los bolos también podían ser carretera, tardes fuera de casa y amistades nuevas. "Lo que más me atrajo fue ir a competir con otra gente fuera, en torneos en otros sitios de Asturias", explica.

El maestro

La continuidad de Manso tiene un nombre propio: José Costales. Fue su profesor desde los primeros días y la figura que convirtió aquellas tardes escolares en una afición duradera. "Él fue el que me lo enseñó todo, el que nos llevaba a los sitios, el que nos apoyaba y el que nos entrenaba. Es el referente", afirma.

Desde entonces, Pablo ha jugado siempre en la especialidad cuatreada. No tiene rituales antes de competir ni busca fórmulas especiales para afrontar la tirada. La clave, dice, es "estar tranquilo y jugar". La presión existe, sobre todo cuando la partida se disputa en casa, pero para él el reto está precisamente en mantener la calma.

En verano, los torneos y las clasificatorias mantienen a los jugadores en movimiento. El invierno es otra cosa: la lluvia y la escasez de boleras cubiertas dificultan el entrenamiento. Manso dispone de una bolera en casa, aunque tampoco tiene techo. En Asturias, incluso para tirar una bola, el tiempo conserva la última palabra.

Jugar en Colunga

El joven fue segundo en el campeonato Bolos en la Calle de Nuestra Señora de Loreto, una cita incluida en un circuito estival que desplaza una bolera portátil por varios concejos. El puesto importa menos que el escenario: Colunga, su pueblo, y una partida seguida por quienes le han visto crecer.

"Jugar en casa, delante de la familia, de los amigos y de la gente del pueblo que te conoce desde que eres un crío, siempre gusta", señala. Le habría gustado ganar, reconoce, pero el resultado no empaña una jornada especial. Durante las fiestas acudió bastante público, especialmente en las partidas de la peña de Lastres.

También fueron a verle amigos que al principio apenas entendían lo que sucedía en la bolera. Bastó una semifinal para que la partida empezase a tener sentido. "Había muchos que al principio no entendían nada, pero el primer día de la semifinal, cuando fueron a verlo, les gustó muchísimo", cuenta.

Aprender a mirar

Al día siguiente, aquellos amigos ya conocían el valor de cada bola y seguían el desarrollo de la partida. Manso ve ahí una vía para ensanchar una afición que necesita caras nuevas: "En el momento en que vas cogiendo los conceptos y entiendes lo que tiene que pasar, te va enganchando más".

En categoría senior calcula que los jugadores de su edad son apenas dos o tres. Comparte bolera con deportistas veteranos, una imagen que resume la fragilidad del relevo. Su propuesta no mira demasiado lejos: "Estaría bien que intentaran meter los bolos en los colegios para que los críos se vayan enganchando poco a poco", plantea. No habla desde la nostalgia, sino desde su propia experiencia. La extraescolar que ya no existe en el concejo le dio una afición, un maestro y una forma de recorrer Asturias. Diez años después, sigue tirando para que otros también puedan empezar.

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