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Alejandro Castro vuela sobre la cucaña y se lleva el laurel de Lastres

El debutante se impone en la cuarta ronda de una prueba con 46 participantes, en la que el himno de Asturias sonó por primera vez antes del tradicional desafío

Alejandro Castro vuela sobre la cucaña y se lleva el laurel de Lastres

M. T. N.

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María Terente Nicieza

Colunga

La tarde amenazaba lluvia y el cielo, encapotado sobre el puerto de Lastres, no invitaba precisamente a lanzarse al Cantábrico. Pero el Nuberu aguantó el agua. No descargó hasta que la cucaña había terminado, el laurel había sido alzado y Alejandro Castro, debutante en la prueba, había subido al muelle con el ramu entre los dientes. El puerto respondió con aplausos, amigos al agua y voladores en el cielo para celebrar una victoria tan rápida como inesperada, tras el intento invalidado del participante anterior.

Castro atravesó a toda velocidad los 13,5 metros de tronco que sobresalían sobre el mar y se hizo con el ramo de laurel en la cuarta y definitiva ronda. “Estoy feliz”, acertó a resumir el ganador, que en su primera participación se llevó uno de los premios más codiciados de las fiestas de San Roque. Su técnica, después de practicar cuatro veces sobre el tronco engrasado: “Pies firmes, equilibrio y manos arriba”.

Un reto de 13,5 metros

La cucaña llastrina reunió este año a 46 participantes, con presencia local y aspirantes llegados desde puntos tan dispares como la República Checa, Ohio, Argentina, Valladolid o Cádiz. Antes de las cinco y media de la tarde se había cerrado la inscripción. Había ambiente de espera y de nervios. Y también cierta presión entre los llastrinos, empeñados en que el laurel se quedase en casa.

El desafío era largo. El tronco, de 23 metros de longitud, requirió un laborioso trabajo de selección, engrase y colocación. Finalmente, 13,5 metros quedaban suspendidos sobre el agua. Esa era la distancia a recorrer por los participantes antes de llegar al ramu. El premio: 300 euros donados por la empresa local Anchoas Hazas.

El trabajo antes del chapuzón

La preparación comienza mucho antes del primer chapuzón. El comité cucañero, integrado por Luis Carrandi y Sergio Covelo, escoge el tronco la víspera. “Tiene que ser lo más recto posible y tener un diámetro concreto”, explica Carrandi. El origen preciso de la costumbre se pierde en el tiempo, aunque el integrante de la organización asegura que la cucaña ya aparece citada en un programa de fiestas de 1905. La Asociación Cultural Deportiva La Atalaya, formada por Patricia Martínez, Giovanni Joglar, Raquel González y Silvia Martínez, organiza esta prueba y el resto del programa de San Roque: “Llevamos cuatro años organizándolo”, explica Patricia.

En el muelle, la colocación del tronco fue asunto de experiencia y voces medidas. “El Curuxo”, comodoro del puerto, dirigía la maniobra con la ayuda de Gonzalo Sánchez y de Luis Carrandi padre, vinculado al montaje desde los años de Enrique Roza Montoto, “Pistón”, y Belarmino Llera Victorero, “Carriles”. “Cuando estaban Pistón y Carriles, ya los ayudaba”, recordó. Mientras su hijo engrasaba el palo por tramos, se oía el grito: “¡Curu, abajo!”. La grúa, los pesos y el trabajo coordinado fueron sacando el tronco hacia el mar.

Escuela llastrina y final decisivo

La novedad llegó antes de la competición, con el himno de Asturias sonando en el puerto. Gabriel Gallego fue el encargado de dinamizar la prueba ayudado por el micro con el que su voz llenaba el puerto de Lastres. “Me encanta. Yo pido el día en el trabajo para venir”, confesaba mientras el público rodeaba el muelle.

La primera ronda sirvió de toma de contacto y no hubo descalificados. A partir de ahí, para continuar había que alcanzar las marcas distribuidas a lo largo del tronco. “La cucaña hay que correrla”, exigía el jurado. Los concursantes fueron cayendo uno tras otro, algunos ya con heridas de guerra tras los golpes contra el palo y el agua. El frío se acumulaba durante las esperas, pero la técnica de varios llastrinos dejaba ver que en Lastres hay escuela. En alguna decisión apurada, incluso el jurado tuvo que recurrir al VAR para confirmar el pase.

“Ir con confianza y mirando al laurel” era el plan de Irene Obaya, llastrina de 20 años y participante por tercera vez. Adrián Trelles, de los “Chicaguinos”, se estrenaba al cumplir los 18 años, la edad mínima para competir. “Yo vengo con presión”, admitía antes de afrontar el palo.

En la ronda final, Santiago Martínez, local, rozó el triunfo, pero su intento fue invalidado y hubo que recolocar el laurel. Entonces apareció Alejandro Castro. Cruzó el tronco sin vacilar, sorprendió a los asistentes y alcanzó el ramu. Después llegaron la celebración, los abrazos y el chapuzón de sus amigos. Con la prueba ya resuelta, 500 patitos de goma y otros 500 balones fueron lanzados al agua para prolongar la fiesta entre niños, jóvenes y mayores. La lluvia empezó entonces. El Nuberu, esta vez sí, dio por terminado el día.

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