El reencuentro de Eloísa, Ruperto, Amparo y Jesús, cuatro de los diez aventureros que hace 58 años descubrieron la cueva de Tito Bustillo: "La primera vez que bajamos había que espantar a los murciélagos"
Los espeleólogos rememoran su increíble hallazgo en Ribadesella: "Un ganadero nos dijo: 'No os metáis ahí, que eso es muy profundo'. Al escuchar eso, tuvimos más ganas de bajar"

Desde la izquierda, Ruperto Álvarez, Eloísa Fernández Bustillo, Amparo Izquierdo Vallina y Jesús Manuel Fernández, en el jardín de la Facultad de Geológicas, en Oviedo. / Irma Collín
Miguel Guerrero
Mostraba el calendario el 11 de abril de 1968, Jueves Santo, cuando diez intrépidos jóvenes, de entre 15 y 22 años, se adentraron en una sima del macizo de Ardines, en Ribadesella. La historia es bien conocida: el grupo encontró en la cueva pinturas prehistóricas, convirtiéndola en uno de los yacimientos de arte rupestre paleolítico más importantes y completos de Europa, declarado Patrimonio de la Humanidad en 2008. Celestino "Tito" Fernández Bustillo, uno de aquellos diez jóvenes, perdió la vida pocas semanas después en un trágico accidente en Quirós. Su nombre quedó para siempre ligado a la cueva. Fernando López Marcos, que años después sería jefe de maquetación de LA NUEVA ESPAÑA, ya no está entre nosotros. Y la semana pasada se despidió también a Elías Pedro Ramos. Hoy quedan siete de aquellos diez aventureros.
Casi seis décadas después de aquella incursión, cuatro de ellos se han vuelto a sentar juntos en Oviedo para charlar, regresar por unas horas a aquel histórico día y también discutir sobre el presente de Tito Bustillo. Se trata de Ruperto Álvarez Romero, Eloísa Fernández Bustillo, hermana de Tito, Jesús Manuel Fernández Malvárez y María Amparo Izquierdo Vallina, dos hombres y dos mujeres que, junto con Pilar González Salas, Adolfo Inda Sanjuán, Pía Posada Miranda y los tres ya mencionados, forman parte de la historia de Ribadesella y de Asturias.
"Aunque a veces pasemos años sin vernos, cuando nos encontramos es como si nos hubiésemos visto el día anterior", comentan los miembros del grupo que, pese a los 58 años transcurridos desde el descubrimiento, siguen recordando a la perfección los detalles de aquel día histórico. "Eloísa y yo nos conocimos años antes del descubrimiento porque éramos compañeras de estudios", rememora Amparo Izquierdo. En el grupo Montaña Torreblanca, que organizó la expedición a la cueva, conocieron a Ruperto Álvarez, aunque este, en aquellos años, no formaba parte de ningún grupo concreto, sino que, en sus propias palabras, "salía con varios". Por su parte, Jesús Manuel Malvárez fue uno de los dos guías riosellanos, junto con Adolfo Inda, que conocía la entrada a la sima: "Cuando íbamos hacia allí, un señor que estaba con las vacas nos dijo: ‘No os metáis ahí, que eso es muy profundo y nunca bajó nadie’. Al escuchar eso, tuvimos más ganas de bajar", recuerda.
Cuando entraron por primera vez, Ruperto tenía 22 años, Eloísa 19, Jesús Manuel 17 y Amparo 21. A pesar de su jovencísima edad, el grupo recuerda que, en términos generales, sus familias no ponían inconvenientes a sus arriesgadas aventuras. Amparo cuenta que en casa "no me ponían peros, pero no me creyeron cuando conté lo de las pinturas". Entre risas, añade que el "rapapolvo" llegó cuando salió la noticia en el periódico y en casa "vieron por dónde nos habíamos metido".

Una de las salas de la cueva de Tito Bustillo. / LNE
Precisamente el día del descubrimiento acordaron mantener una suerte de pacto de silencio momentáneo, para guardarse para ellos mismos, aunque fuese durante un solo día, aquel emocionante hallazgo: "Estuve buscando flashes, cámaras e incluso una Súper 8 para grabar o fotografiar las pinturas, pero como no podía decir para qué era, nadie me la prestó", rememora Malvárez. Finalmente, contactaron con LA NUEVA ESPAÑA, que publicó el descubrimiento. "A partir de ahí empezaron a venir periódicos de todos los lados, también de otros países de Europa, así como expertos en arqueología de todo el mundo", explica Ruperto. Por su parte, Eloísa recuerda cómo pocos días después de aquel 11 de abril estaban hartos de "todos los líos que traía la cueva, porque todo el mundo quería bajar y que nosotros les ayudásemos".
Sus vidas después del hallazgo
"La cueva no nos dio trabajo", cuenta con humor Amparo. En su caso y en el de Eloísa, estudiaron para ser profesoras de Educación Física y se dedicaron a ello durante muchos años. Esta última llegó a dar clase también en la Universidad. Sobre su relación con la espeleología tras el hallazgo, Eloísa recuerda que la trágica muerte de su hermano Tito la alejó de la cueva durante un tiempo: "Tardé en volver, aunque más tarde regresé y, tras eso, seguí haciendo espeleología y montaña. A la cueva he ido muy intermitentemente: tan pronto un año no iba como otro la visitaba 20 veces".
En el caso de ellos, Ruperto Álvarez fue monitor de la Escuela Nacional de Alta Montaña y continuó haciendo salidas frecuentes con grupos de montaña y espeleología, para dedicarse finalmente al ámbito de la ingeniería, como autónomo durante sus últimos años. El único que trabajó en la cueva fue Jesús Manuel Malvárez, que ejerció de guía durante cuatro años. Posteriormente se dedicó a trabajar en la Administración pública.
La cueva, antes y ahora
A pesar de sus compromisos profesionales y de su paulatino distanciamiento de la espeleología, los cuatro descubridores de la cueva de Tito Bustillo han podido comprobar cómo esta ha ido cambiando con los años. Algunos la han visitado recientemente, como Eloísa, que estuvo allí hace pocos días. Todos coinciden en lo "mucho que ha cambiado" aquella sima en la que se adentraron en 1968: "La primera vez que bajamos había que espantar a los murciélagos y el suelo estaba lleno de barro y arena. La entrada también era diferente", explica Amparo Izquierdo, en referencia al túnel de 165 metros de longitud abierto en 1970, situado en el extremo opuesto al de la boca original y por el que se accede actualmente a la cueva. "De acuerdo con los conocimientos que había en aquel momento, se hizo lo mejor que se pudo", coincide el grupo.
Sobre la conservación de la cueva y las pinturas en la actualidad, Ruperto Álvarez se muestra especialmente crítico. Para él, son necesarias mejores medidas de protección debido a los vertidos contaminantes del río San Miguel, que discurre por debajo y por el interior de la cueva, y de los prados del macizo de Ardines: "Se cuelan purines del ganado, también los eucaliptos que crecen arriba pueden romper la roca. Eso no debería pasar en una cueva de la categoría de Tito Bustillo".

Visitantes en el interior de la cueva de Tito Bustillo, en Ribadesella. / Miki López
Eloísa, por su parte, es más prudente en sus observaciones. Considera que "se ha hecho mucho" por la conservación, como limitar las luces, reducir el tamaño de los grupos y acotar el número de visitas. Sin embargo, sí considera inevitable el debate: "O se cierra la cueva, no la ve nadie y hacemos una réplica, como en Altamira, o aceptamos que habrá un cierto deterioro, pero la gente que hoy tenga interés pueda verla". Bustillo considera que las personas que manifiestan inquietud por las pinturas deberían tener derecho a visitarlas: "Para preservar ahora algo y que dentro de 150 años otra persona lo vea; prefiero que lo vean los de ahora". Aun así, aclara que no se debería acudir a la cueva sin un interés concreto. Como ejemplo señala la edad mínima para la visita, siete años, una cifra demasiado baja, a su juicio, para poder apreciar las pinturas.
Entre el olvido y el reconocimiento
A pesar de haber sido reconocidos en 2018, con motivo del 50 aniversario del descubrimiento de la cueva, con la Medalla de Oro de Asturias y el Premio Farín, el grupo destaca que no siempre recibió crédito por su hazaña. "En los primeros 35 años nadie se acordó de nosotros, aunque a mí personalmente no me importó nada", cuenta Eloísa Bustillo. Todo cambió a partir de 2004, cuando José Manuel Rodríguez Miranda, miembro de la Sociedad Etnográfica de Ribadesella y amigo del grupo, reclamó los debidos reconocimientos. Ese mismo año se instaló una placa conmemorativa con los nombres de los diez descubridores en la entrada de la cueva. A partir de entonces se sucedieron los homenajes en los aniversarios 35, 40, 45 y, en 2018, 50, para el que participaron en diversos actos. "La pena es para los que faltan, que Tito o Fernando López Marcos no pudieron verlo con vida", admite el grupo.
Más allá del debate sobre la conservación de la cueva o del más que mejorable reconocimiento a este grupo, hay algo que no debería olvidarse. Es indudable que Tito Bustillo es y será una de las cuevas más importantes del mundo. Un espacio único que permitirá, durante mucho tiempo, contar la historia del hombre prehistórico y de sus fascinantes pinturas. Pero esa no es la única historia que debe contar. Tito Bustillo también debe preservar el recuerdo, para siempre, de la increíble hazaña de diez chavales aventureros que, movidos por la curiosidad y las ganas de conocer, se adentraron en lo desconocido para hacer historia.
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