Llanes revela los "secretos" del repicao: "Las que nos dedicamos a ello sabemos de qué casa salió cada uno"
Taller en la villa sobre el arte de anudar y plegar el pañuelo que adorna la cabeza de las mujeres ataviadas con el traje de aldeana
María Terente Nicieza
Antes de que una aldeana salga a la calle hay un ritual en el que el repicao del pañuelo ocupa un lugar esencial. Tras cada pico derecho hay dobleces, preparación del pelo, cintas y sujeciones: un saber que durante generaciones se aprendió en casa y que hoy necesita nuevas manos. El Bando de La Guía organizó este martes, dentro del programa festivo, el primer taller de repicao, atento a una destreza que escasea justo cuando aumenta el número de personas que se visten.
El secreto está en practicar
Varios especialistas de casas de confección y artesanía del traje regional mostraron en la plaza de Las Barqueras unas nociones que no se resuelven con una explicación rápida. La cita fue un primer acercamiento a un aprendizaje que exige repetición y constancia. "La técnica tiene varios pasos que se aprenden enseguida, pero el verdadero secreto es la práctica", resume María Jesús Galán, hija de Josefina Fernández, de Trajes Josefina.
El trabajo comienza antes de extender la tela. Preparar el cabello, dar firmeza a la base y asegurar el conjunto permite que resista romerías, desfiles y bailes. Galán reduce esa arquitectura invisible a una fórmula: "Mucha cinta, alfileres y horquillas".
Tampoco hay una técnica única. Cambian los pliegues y las formas de sujeción, pero no la imagen buscada en el traje de aldeana. "Cada uno lo pone de una manera, pero el resultado final es el mismo", señala Raúl Herrero.
Picos derechos
El pañuelo debe mantenerse en su sitio durante toda la jornada, sin apretar en exceso. "Un pañuelo bien repicado tiene que quedar ajustado a la cabeza y, sobre todo, los picos deben ir derechos y firmes", afirma Herrero. Esas puntas rectas y estiradas dan nombre al "repicao".
También manda el tejido: los rasos y satenes, más resbaladizos, requieren mayor cuidado; las telas con textura facilitan que los pliegues tomen cuerpo. La técnica de colocación hace que lo habitual sea contar con ayuda. "Alguien muy experimentado puede hacerlo, pero es complicado. Lo normal es que te lo ponga otra persona", explica Herrero.
Por eso, aprender una vez no basta. "Puedes aprender a poner el pañuelo, pero si pasas un año entero sin hacerlo, te cuesta el doble", advierte el artesano. El taller pretendía despertar interés y animar a no perder la práctica.
Un traje vivo
Aunque el repicao conserva pautas reconocibles, su aspecto ha acompañado los cambios sociales y estéticos. Peinados, posición del pañuelo y materiales permiten leer épocas en las fotos antiguas y confirman que la indumentaria tradicional no está congelada. "El traje es algo vivo que evoluciona con la época", apunta Galán.
Hubo ondas en la frente, cabello por fuera y pañuelos más retrasados, adaptados a cada moda. Hoy predomina el cabello recogido, que facilita el trabajo. Esa evolución convive con estilos propios que las profesionales reconocen al instante. "Las que nos dedicamos a poner pañuelos vamos por la calle y sabemos de qué casa salió cada uno", asegura Loli del Valle, de Trajes Regionales Azabache.
Aprender para relevar
La creciente presencia de aldeanas contrasta con la escasez de personas capaces de vestir y repicar. La desproporción obliga a talleres y artesanas a atender citas desde la madrugada. "Somos cuatro para vestir a quinientas aldeanas", ilustra Herrero.
El problema es también de relevo generacional, entre profesionales y en las propias familias. Aprender evitaría depender de unas pocas manos y ayudaría a preservar el saber. "Antes en muchas casas las señoras sabían poner el pañuelo. Ahora eso se va perdiendo", lamenta del Valle.
La iniciativa del Bando recuperó, además, la parte compartida de la preparación: reunirse, ayudarse y conversar antes de la fiesta. "Sirven para extender la tradición y pasar un rato entretenido compartiendo algo que nos hace diferentes y especiales", sostiene Galán. Entre cintas, pliegues y picos derechos, el repicao une técnica, memoria y compañía.
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