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Toni Silva

A bajamar

Toni Silva

Ribadesella, un error de un millón de euros

Consecuencias de la posible inclusión de la plaza de abastos en la lista de edificios a proteger

Leo que en estas fechas veraniegas (¿no habrá otras más apropiadas?) se inicia el expediente para incluir a la plaza de abastos riosellana en la lista de edificios a proteger y que se abre el período de alegaciones. No parece que Cs, ni Foro, ni el PP, ni el PSOE estén de acuerdo con ello, así que lo lógico es que surjan iniciativas de estos grupos para interponer alegaciones, salvo que el pasmo veraniego, el estado gaseoso de algunos líderes o el lavado de manos (tan sano en las pandemias y tan perjudicial en la gestión de lo público) faciliten que se consume un desastre anunciado.

Los que pretenden proteger el edificio hablan de su calidad como muestra de construcción en hormigón armado y como ejemplo de arquitectura “racionalista”, y lo cierto es que ni una cosa ni la otra son ciertas, pues este hormigón es muy malo y además el edifico está tan alterado (por dentro y por fuera) que no se puede considerar ejemplo de nada. Su principal rasgo estilístico era la visera volada del exterior, destinada a la venta de los miércoles si la plaza estaba llena, pero ese elemento ya se perdió en los 80 con los chiringuitos que se le incrustaron. Por otra parte el conjunto del edificio, amazacotado, feo y poblado de gruesas columnas, no aportó soluciones arquitectónicas, como sí lo hizo el magnífico mercado de Pola de Siero, construido diez años antes.

Si se decreta la protección, ¿quién va a hacerse cargo de las necesarias (y caras) intervenciones en el edificio? El Alcalde ha dejado claro que él no tiene intención de asumir el marrón (“a lo mejor el edificio acaba cayéndose solo”, ha dicho Ramón Canal), aunque esa actitud un tanto ambigua no es suficiente en un momento que exige planteamientos claros ante el Gobierno del Principado, al que hay que advertir seriamente de las consecuencias de una decisión tomada a la ligera. Quedaría muy bien y muy progre declararlo protegido desde Oviedo, pero dejándole el muerto al concejo de Ribadesella.

El problema más gordo no sería el de restituir el exterior del edificio a su aspecto primitivo, sino el de la recuperación de la totalidad de sus estructuras, muy dañadas desde la inauguración (en 1941) por tres causas principales y relacionadas entre sí: la mala calidad de los materiales, los defectos constructivos y la nula conservación.

Pienso que se le ha dado muy poca importancia al informe de 2018 del estado real del edificio, realizado por la firma ovetense Díaz-Miranda Arquitectos, S. L. P. a petición de la anterior alcaldesa. El documento (que no sé si habrá llegado al Principado, pero que debe conocerlo cuanto antes) no ofrece razones para el optimismo: las numerosas catas realizadas por los facultativos revelan el estado de oxidación de las varillas de acero en todas las partes de la estructura, así como la carbonatación del hormigón usado en la obra en 1939 y 1940, un hormigón permeable y de baja calidad. También queda en evidencia la falta de una cubierta de fibrocerámica (prevista en el proyecto de 1936, pero no colocada o desaparecida) y de otras medidas de evacuación de aguas pluviales, todo lo cual motivó la existencia de balsas de agua en el techo cuyas filtraciones durante años han provocado el grave deterioro ahora constatado.

Las estructuras del edificio están tan afectadas que su mero saneamiento costaría 668.878 euros, a los que habría que añadir los honorarios de los profesionales, el alza de los precios y el coste de las medidas de seguridad, sostenibilidad y habitabilidad que exige la ley hoy en día, especialmente en edificios públicos. En números redondos sería un millón de euros, y eso solamente para recuperar el edificio, para ponerlo a cero antes de dedicarlo a cualquier cosa.

¿Y todo esto quién lo paga?, que diría Josep Pla. No cabe escurrir el bulto, y se lo digo al gobierno y a la oposición; presenten alegaciones, frenen ahora este asunto o meterán a la comunidad riosellana en un camino sin salida. Todos amamos nuestro patrimonio (y yo el primero, pues acompañé a mi madre muchos miércoles en los duros bancos de la plaza vendiendo hortalizas y huevos), pero algunos amamos más la buena gestión, el “racionalismo” verdadero. El progreso, en una palabra.

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