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Andrés Martínez Vega

Relatos sobre vitela

Andrés Martínez Vega

Entre pucheros, escudielles y botías

La tradición alfarera de Piloña y la iniciativa sobre una ruta en torno a ella

La tradición alfarera en Asturias se remonta a época prerromana, siendo desde aquellos lejanos tiempos los restos cerámicos el indicio cronológico que en ocasiones nos resulta clave para datar yacimientos arqueológicos. Y es que el uso de las piezas cerámicas ha sido constante a través de la historia y de las distintas culturas. Desde el siglo XVIII son muchos los testimonios, tanto de Jovellanos como del marqués de la Ensenada o de Sebastián Miñano, entre otros, que nos hablan de estas producciones artesanas y de su laboreo; es la época en la que se registra en Asturias una pujante actividad alfarera, que se mantiene durante todo el siglo XIX, en cuyas décadas finales ya se adivina su progresiva decadencia como consecuencia de la fabricación industrial.

El concejo de Piloña mantiene hasta mediados del pasado siglo XX la actividad y tradición alfarera en variados espacios rurales de su extenso ámbito territorial, si bien es de destacar la importancia que este oficio representó en la parroquia de Santa Eulalia de Coya, en donde hemos conocido la existencia de cinco entidades de población con taller de alfarería. Se trata de establecimientos pequeños, cercanos entre sí y de ámbito familiar o vecinal.

Por lo general, todos estos talleres estaban influenciados, tanto en sus formas, técnicas, estilos y motivos decorativos, por el gran centro regional de alfarería que se encontraba en Faro, localidad cercana a Oviedo, en donde está documentada su presencia desde el siglo X. No es descartable, sin embargo, que fuera el inmediato foco de Ceceda, ya referido por Jovellanos en uno de sus viajes hacia el oriente, el que influyó decisivamente en la vieja tradición alfarera de Piloña.

En efecto, en Serpieu (Coya) trabajó Manuel Fernández Granda (Lin el Fareru). Su taller reproducía las técnicas y modelos de Faro, pero con el sello personal tan característico de su grande y variada producción. A la serie de piezas de barro negro –pucheros, queseras, cazuelas, jarras de sidra– se unía otra tipología –platos, fuentes, escudielles y botías– en la que predominaba la decoración azul. En este taller incluso se realizaban tejas, tuberías y chimeneas.

Le sucedió en el oficio su hijo Avelino Fernández, que trabajó en El Sierru (Montecoya) con la misma técnica de rueda baja y tipología de piezas. Un tercer taller artesano es el de Francisco Galán, procedente de Limanes, y establecido en El Llanu les Tables (Montecoya). Sólo se dedicaba a la alfarería negra, de muy buena factura y decorada a base de incisiones de peine.

En Bargaéu (Coya) tuvo su taller José Fernández Álvarez, nacido en Serpiéu y sobrino de Lin el Fareru. Utilizaba la rueda baja y su producción era casi exclusivamente de cerámica vidriada. Por último, hemos localizado en La Carabaña (Montecoya) el taller de Juan Fernández Molina. El horno, cercano a la casa y recientemente desaparecido, era circular, de piedra la parte vista porque estaba a contraterreno y de ladrillo el interior; sendas escaleras a ambos lados favorecían la labor de «carga» del horno en el que cocían las piezas de barro negro de muy finas paredes y cuidada decoración a peine.

Un estudio interesante sobre las piezas de estos alfareros piloñeses sería el dedicado a los motivos ornamentales que decoraban las piezas vidridas y a los colores empleados. En todas ellas estaban presentes una simbología de culto a la naturaleza, a la vida, mezclándose los espirales, círculos y líneas curvas, en referencia a la rueda giratoria, con elementos más naturalistas como los vegetales, que enlazan con la madre tierra, y el pájaro-pez, en clara alusión, posiblemente, a la abundancia y al ciclo de la vida.

No es posible que este patrimonio de Piloña y más exclusivamente de esta activa parroquia de Coya quede en el olvido. Las iniciativas para recuperar esta ruta de la alfarería y un buen número de piezas que aún existen por el entorno, debería ser una realidad cercana.

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