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Andrés Martínez Vega

Relatos sobre vitela

Andrés Martínez Vega

Entre Covadonga y la Liébana

Cargados de religiosidad e historia, ambos lugares se nos aparecen como escenarios de gestas reconquistadoras

Enmarcados ambos lugares en el macizo montañoso de los Picos de Europa se ofrecen a nuestra memoria como entornos privilegiados, pletóricos de luz y paz pero también cargados de religiosidad e historia, dos constantes que los identifican desde lejanos tiempos altomedievales y que aún hoy se nos aparecen como escenarios de gestas reconquistadoras.

Ciertamente, Santa María y Santo Toribio, las dos advocaciones bajo las que se identifica el territorio ejercieron un relevante atractivo en la historia de las peregrinaciones, que se acrecienta en el universo mágico desatado en el mundo de la mística jacobea. No en vano constatamos cómo en este espacio entre Covadonga y la Liébana ofrecen su hospitalidad los canónigos de San Agustín establecidos en la abadía asturiana desde comienzos del siglo XIII. Desde aquí y en clara preferencia y apuesta por este tipo de territorios, de lugares yermos, solitarios y peligrosos de las vías de comunicación, prioritariamente vinculadas al itinerario jacobeo, colman su singular vocación de asistencia al caminante.

Las milenarias sendas que articulan aquellas montañas favorecían el desplazamiento de estos regulares asturianos hasta la comarca lebaniega, en donde disponían y administraban el priorato de San Juan de Naranco y, además, les facilitaban el traslado hasta el conocido hospital de San Nicolás del Camino Francés en plena meseta castellana y establecido igualmente bajo su jurisdicción.

El movimiento de población que en la Edad Media pudo registrar este entorno montañoso fue más amplio de lo que en principio podríamos sospechar. Al margen de las actividades económicas, sociales y culturales que la articulación viaria pudo facilitar, las connotaciones religiosas de los monasterios de Santo Toribio y Santa María de Covadonga desataron una “via peregrinatoris” que a partir del siglo XI se incrementará con el prestigio del relicario ovetense.

Los tres centros, en efecto, serán hitos a visitar en el itinerario jacobeo; de hecho, el mapa des chemins de S. Jacques de Compostelle, realizado por el artista francés Derveaux, los incluye en el itinerario del norte; y el acceso a los mismos se podía efectuar desde la meseta castellana; y por el norte, a través del Camino Real de Oviedo a las Asturias de Santillana.

Este último itinerario es el que sigue el clérigo austriaco Christoph Gunzinger en 1654 cuando peregrina a Santiago y a su regreso decide visitar el relicario de Oviedo, la Señora de Covadonga y el monasterio de Santo Toribio de Liébana. Las descripciones de su Diario son realmente interesantes al narrar con auténtico realismo las impresiones de su experiencia andariega. Llega a Covadonga, tras atravesar las Arriondas, y al llegar a Covadonga ve “una capilla santa, extraordinariamente extraña en una peña grande muy ahuecada y al mismo tiempo sobresaliendo… en donde la Virgen es como una paloma en cuevas de piedra”.

Tras el impacto visual que parece producirle el Real Sitio se dirige al pueblo de Puertas, y por Arenas a Sotres, es decir, el trayecto de la antigua calzada romana, desde donde alcanzará Potes y Santo Toribio de Liébana. El itinerario descrito por el clérigo alemán nos habla de estrechos caminos, empinadas alturas, de espacios más anchos y empedrados, señalados con cruces pero también de la generosidad de los cabraliegos que aunque no tienen vino le ofrecen pan, leche de cabra y sidra. Le llama la atención, igualmente, el calzado de madreñas y el tráfico comercial de la zona en donde los arrieros castellanos trafican con vino, quesos y ganados.

Nuestro macizo montañoso de Picos de Europa, los Alpes asturianos para el clérigo austriaco, ofrecieron a este peregrino la infraestructura necesaria para cumplir su promesa de visitar los santuarios vinculados al Camino de Santiago. Aunque prometió un segundo viaje, no parece que lo llevara a cabo porque falleció en 1673.

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