Suscríbete

La Nueva España

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

José Gómez-Arnau Díaz-Cañabate, historia de una tertulia castiza de Ribadesella

Subtítulo opinión 4 col xxxxxxxxxxxxxxxxxxx

La playa de Santa Marina no volverá a ser la misma. Uno no bajaba sus escaleras pensando dónde colocar la toalla para que no diera la sombra de ese árbol que cada verano es más grande o para estar más resguardado del Nordeste, sino por dónde iría la tertulia del día. No había tregua, daba igual que fuera la mañana siguiente de Cuerres o Piraguas, era poner un pie en la arena y oír a Jose:

“Cómo estuvo tu torero en Gijón, ni un pase ¡qué vergüenza!”

“Pero de verdad que no le viste en Santander, ¡si estuvo cumbre!”

“Nada, seguro que le regalaron las orejas, todo pico. Mira así toreaba Joselito”.

Y empezaba un pique de quites con las toallas hasta que llegaba Adolfo Casero a informarnos de que el Ribadesella había fichado para las categorías inferiores a un chaval de trece años que podía ser el futuro extremo de “nuestro” Oviedín. Que por si acaso se iba a verlos entrenar esta tarde y nos daría informes. Era fácil adivinar cómo empezaba, pero imposible por dónde discurriría o quién se acabaría uniendo, pues lo mismo se hablaba de viajes, literatura y ópera que de sardinas o de la siguiente romería por la zona.

Ante el peligro de que saliera a relucir aquel penalti que paró en Oreyana defendiendo la portería del Resaca, la buena de Pilar nos hacía un gesto diciendo que ella se iba al agua y que allí nos dejaba pues sabía que la alternativa era que nos fuéramos todos con ella y siguiéramos la discusión entre ola y ola. O directamente tragándonoslas por no dejar a medias la réplica.

No sabemos si como herencia de su abuelo o si como homenaje, pero alrededor de Jose siempre había una conversación amena entre amigos dispares cuyo nexo era lo que le queríamos, ¡Qué persona tan auténtica y entrañable! Ya podía ser en la playa de Ribadesella, en la andanada del 9 de Las Ventas de la que era una de sus “almas máter”, en aquella Cruz Blanca de Goya, en El Comunista o en tantas otras casas de comidas en las que revivía anécdotas de niño junto con su abuelo y Sebastián Miranda, y compartía historias que los había escuchado contar de Juan Belmonte, Domingo Ortega, Ignacio Zuloaga, Jose María de Cossío y tantos personajes que tan poco tiempo después nos parecen exóticos. Estos años de pandemia, con morriña de las conversaciones en persona, era el primero en escribir un whatsapp para dar sus impresiones según le llegaba cada número de Minotauro o en cuanto encontraba en la red la crónica de Antonio Lorca por las que estaba siguiendo este último San Isidro.

Sirvan estas líneas para recordarle con cariño y mandar un beso enorme a Pilar y a sus hijos. La andanada tampoco es la misma desde que dejaron de venir Carmen, Jaime, él y tantos otros amigos que se nos han ido estos años. Pero seguiremos cuidando a su querido “Ardillita” y en vez de acabar las tertulias pensando qué habrían dicho su añorado abuelo o su admirado Joaquín Vidal, las remataremos con lo que estaría pensando nuestro querido “Chopo”.

Compartir el artículo

stats