Opinión
Humildad Gutiérrez
La casa que nos robaron en nombre del turismo
La industria turística del oriente de Asturias expulsa a sus trabajadoras, mayoritariamente mujeres, por la escalada de precios de la vivienda
Cuanto más hermoso aparece nuestro territorio ante los ojos del mundo, más difícil resulta para sus propios hijos e hijas encontrar un rincón donde dormir. Es la paradoja cruel del Oriente de Asturias.
Escribo esto desde la experiencia de caminar estos concejos, de escuchar a las personas que me paran en Llanes, en Ribadesella, en Cangas de Onís, para contarme lo mismo con distintas palabras: “no puedo quedarme aquí.” Quieren, pero no pueden. Porque el mercado de la vivienda y la precarización del empleo se ha convertido en una corriente que arrastra hacia fuera a quienes deberían ser el corazón vivo de esta tierra. Y como siempre, el problema también tiene rostro de mujer. Me toman del brazo y me dicen lo mismo: "Humil, yo aquí ya no puedo." No por desgana, sino porque el suelo que pisaron sus madres se ha convertido en mercancía, porque incluso las que aguantan y se quedan pagan un precio que a los hombres nadie les cobra.
Soy sindicalista y soy mujer, conozco bien el sabor de las dos cosas. Mi mundo son los convenios, las mesas de negociación, los derechos que se arrancan centímetro a centímetro, pero hace tiempo aprendí algo que no aparece en ningún manual: la precariedad tiene género. El despoblamiento tiene género y cualquier política de territorio que ignore esa verdad se construye sobre arena que se lleva la mar.
El Oriente de Asturias es uno de los territorios más codiciados de la cornisa cantábrica; los Picos de Europa al fondo, el mar Cantábrico batiendo contra las rocas, pueblos con nombre propio en las guías de toda Europa… Esa belleza es de todas. Pero algo así, que debería ser motivo de orgullo colectivo, se ha transformado en una máquina de expulsión para quien nació y trabaja aquí.
Existen dos turismos muy diferentes: el que viene despacio, a conocer de verdad, que prefiere la taberna de siempre al resort sin memoria y entiende que lo que visita es un lugar vivo y no un escenario pintado para su disfrute. Luego está el que llega con el calor de julio, lo consume todo y se evapora en septiembre dejando a su paso precios inflados, servicios exhaustos y vecinas que ya no pueden pagar el alquiler. El primero es lo que queremos, lo que este territorio merece. El segundo es lo que tenemos. La diferencia entre uno y otro no es accidental; es el resultado directo de políticas que miraron para otro lado mientras el mercado hacía lo suyo, sin entender que el turismo de calidad necesita gente enraizada que conozca cada sendero, cada tradición, cada queso de cada pueblo. Lo que tenemos es un territorio convertido en escaparate donde los precios del alquiler en algunos municipios del oriente han crecido de forma salvaje impidiendo asentar población. Serramos la rama sobre la que nos sentamos sin entender que no hay turismo sostenible sin las personas que soportan el medio. Sin ellas, solo queda un decorado.
Pongamos nombre y cuerpo a lo que suena abstracto. La industria turística del Oriente se sustenta -en una proporción que asombra cuando se mira de frente- sobre el trabajo de mujeres. Las camareras de piso que terminan veinte habitaciones antes de que el mediodía doble la esquina, las cocineras que arrancan antes del amanecer cuando el pueblo todavía duerme, las recepcionistas que mantienen doce horas de sonrisa sin que nadie les pregunte cómo están. Son ellas el músculo de este sector, las que lo hacen funcionar cada día y son ellas quienes menos cobran, quienes firman los contratos más cortos y menos remunerados, quienes, en su mayoría, no pueden permitirse vivir en los pueblos donde trabajan.
¿Y qué hacen? Pues vienen desde Oviedo, desde Gijón, desde pueblos del interior. Dos horas de carretera para tender las camas donde otros descansan sus vacaciones, y cuando regresan por la noche, agotadas, comienza la segunda jornada: los hijos, los mayores, la carga mental de tener todo previsto, todo calculado al milímetro para sostener a una familia a la que no tienen tiempo de ver. Y siempre termina llegando la culpa. Nada de eso figura en ningún contrato, pero si no existiera, el mundo dejaría de funcionar mañana mismo. El territorio las reclama de día y las expulsa de noche. Es como pedirle a alguien que riegue y pode un jardín ajeno pero prohibirle luego pisar el suelo. Incluso quien tiene un contrato razonablemente digno no encuentra dónde clavar sus raíces. La vivienda ha cortado el hilo que unía el esfuerzo con el arraigo y ese hilo, para las mujeres, llevaba ya demasiado tiempo gastado.
Hay otra cara de esta historia que el debate público prefiere ignorar; la de los servicios que hacen que un lugar sea habitable y no solo visitable. El turismo llena los concejos en verano y cada vez más en primavera y otoño (ahora que el marketing ha aprendido a vender incluso la lluvia cantábrica), pero los servicios que esas personas usan son exactamente los mismos que atienden a los vecinos y vecinas en diciembre. El mismo personal del centro de salud, los mismos operarios de limpieza, la misma carretera, el mismo abastecimiento de agua que escasea cuando el territorio se multiplica por cinco y las infraestructuras siguen pensadas para el invierno. ¿Quién sostiene todo eso? Médicas, enfermeros, maestros, auxiliares, técnicos municipales, personal de limpieza que, cada vez con más frecuencia, vienen de fuera, porque aquí tampoco encuentran donde vivir. Un territorio que expulsa a quienes lo cuidan no es un territorio que cuida a nadie. Empiezan a llamarnos “la Ibiza del Norte”.
Son cosas que no aparecen en ningún folleto turístico ni en planes de desarrollo comarcal, pero que están en el centro de todo lo que importa. Cómo vivimos quienes vivimos aquí todo el año, no en agosto ni en Semana Santa, sino también los martes de febrero cuando uno necesita encontrar un médico por la tarde, llevar a su hija al colegio o coger un autobús que no existe. Merecemos una médica que nos conozca por nuestro nombre, no una rotación de sustitutos que vengan y se marchen antes de aprendernos los suyos. Merecemos escuelas con proyecto educativo que duren más de un curso. Maestros y maestras con continuidad, niños y niñas que no tengan que despedirse de su profesora en junio para recibir a otra en septiembre, transporte público que no nos condene al coche en un territorio envejecido. Merecemos ocio, cultura, espacios de encuentro que no echen el cierre en octubre como si el invierno no existiera. Eso, solo eso, calidad de vida. Que es, al mismo tiempo, lo que hace que un visitante encuentre aquí algo verdadero y no una réplica manufacturada de ruralidad que ya no existe.
La autenticidad que busca el turismo sostenible no se compra en ningún mercado ni se fabrica en ningún estudio de diseño, brota de comunidades que viven con dignidad, con orgullo de lugar, y destruir esa autenticidad en nombre del turismo es un suicidio disfrazado de negocio, es importante aplicar una ecotasa que aporte recursos para el sostenimiento de los servicios públicos, lograr alojamientos de temporada para quienes vienen a trabajar y frenar los pisos turísticos.
Hay una economía entera que late en el Oriente de Asturias sin que nadie la nombre. No aparece en ningún presupuesto municipal, en ningún plan de desarrollo turístico, en ninguna rueda de prensa que anuncie récords de visitantes, se la llama economía de los cuidados y, como siempre, la sostienen casi en exclusiva las mujeres.
Cuidar a los hijos cuando no hay plaza en la guardería porque la lista de espera tiene dos años y el niño tiene seis meses, acompañar al médico a la madre cuando el centro está a cuarenta minutos, quedarse en casa cuando el niño tiene fiebre y toca elegir entre el trabajo y el hijo. Es tener que renunciar al turno de tarde porque no hay autobús de vuelta, no solicitar ese empleo porque los horarios no son incompatibles con vivir en un territorio sin red de apoyo… Todo ese trabajo existe, es imprescindible y no se paga. Se llama conciliación, pero tiene otro nombre más honesto: renuncia. Y todos sabemos qué rostro tiene casi siempre esa palabra.
Muchas de las mujeres que no figuran como desempleadas no es porque quieran trabajar, es porque han dejado de buscar. Y el sistema tiene un nombre injusto para ellas: inactivas. ¡Ja! Como si no trabajar fuera una elección libre y no el resultado de un entorno que, puerta a puerta, les fue cerrando todas las salidas. Llamarlo problema de conciliación es una forma de minimizarlo, esto es una deuda estructural. La de un sistema que dice necesitar trabajadoras y al mismo tiempo se niega a crear las condiciones para que puedan serlo, que cimienta su rentabilidad sobre un pilar invisible: el trabajo gratuito femenino. Y luego, cuando las mujeres no dan más de sí, las acusa de falta de ambición, de no querer progresar, de haber elegido quedarse en casa. Como si quedarse fuera una elección y no una trampa.
Me dirijo ahora, con la calma y la firmeza que he aprendido a combinar, a quienes diseñan políticas “para el medio rural”, a quienes firman los planes urbanísticos y aprueban las licencias, a quienes tienen, en definitiva, los instrumentos que nosotras no tenemos. Y me dirijo especialmente a los hombres que ocupan la mayoría de esos despachos, porque son ellos -precisamente ellos-, quienes menos han sentido en su propio cuerpo lo que aquí estoy describiendo. Os pido que apartéis un momento los folios con cifras de pernoctaciones y gráficos y que os hagáis preguntas que parecen sencillas pero no lo son: ¿Para quién es este territorio? ¿Para el que lo visita tres días en agosto o para quién lo habita trescientos sesenta y cinco? ¿Para el fondo de inversión que compra pisos para alquilarlos por noches o para la enfermera que atiende en Urgencias a las tres de la madrugada? ¿Para el turista que viene a descansar o para la mujer que lleva veinte años cuidando a sus vecinos y todavía no puede pagar un alquiler digno con lo que gana? La respuesta debería ser obvia, pero las políticas que se aplican llevan tiempo hablando en otro idioma. Os invito a escuchar de verdad, no en foros de empresarios ni en jornadas donde todo el mundo ya está de acuerdo. Venid a sentaros con la camarera de pisos que hace veinte habitaciones al día y no puede pagar el alquiler en ese mismo pueblo, con la mujer que dejó de buscar trabajo porque los horarios del sector eran incompatibles con la falta de guardería y nadie le ofreció una alternativa, con la joven que se marchó a la ciudad porque quedarse le costaba todo lo que tenía. Esas conversaciones valen más que cualquier PowerPoint con gráficas de colores. Os cambiarán la mirada, estoy convencida.
Proteger este territorio no es cuestión de decretos ni de parques naturales bien señalizados es, antes que nada, política social; es mantener vivas las comunidades, garantizar que las jóvenes puedan quedarse, que las familias arraiguen, que los trabajadores y trabajadoras puedan vivir donde trabajan: eso es conservación real. Por eso cuando hablamos de vivienda, hablamos también de naturaleza. Cuando hablamos de servicios públicos, hablamos también del futuro de los Picos de Europa. Cuando hablamos de paro, hablamos de servicios públicos fuertes y sostenidos, hablamos de feminismo y hablamos de sostener cuidando a las que nos cuidan. No son debates separados, son el mismo debate. Y quien todavía no lo vea o no esté dispuesto a abordarlo, es que no ha entendido lo que tiene entre manos.
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Humildad Gutiérrez es secretaria general de CCOO en el Oriente de Asturias.
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