Pliegos de cordel
Tras las borradas huellas de la Platería
n «Doña Piqueta» hizo borrón y cuenta nueva de todo el caserío de la actual plaza de la Catedral

Una esquina del barrio de la Catedral, antes de desaparecer.
Carmen Ruiz-Tilve
Entre las calles principales de Oviedo, por su historia y su belleza, debe figurar la de la Platería, que de tan venida a menos ha desaparecido del callejero, convertida únicamente en flanco de la plaza de la Catedral y en un recuerdo en la mente de los entrados en años.
La calle de la Platería, por nombre y dedicación, se corresponde con otras similares existentes en otras ciudades españolas de fuerte influencia catedralicia y en esa calle platera se fabricarían y venderían objetos de plata y azabache para los peregrinos que por allí pasaban camino de la Cámara Santa, a la que se entró durante mucho tiempo por la puerta derecha de la Catedral, aunque no llegó a habilitarse como Nueva Cámara Santa la capilla de Santa Bárbara, en historia que ya contamos aquí.

Tras las borradas huellas de la Platería
De esa calle dice Canella: «Calle antigua, que es probable debiera su nombre a las tiendas y talleres de plateros, allí establecidos para la fabricación y venta de alhajas de plata afiligranada, que los peregrinos a San Salvador tocaban y bendecían en la Cámara Santa de las Reliquias. Esta calle y las que rodean a la Catedral merecen muy detenido estudio».
Los que imaginaba don Fermín era que todo aquello iba a cambiar mucho entre la fecha en la que él escribió (1887) y los años 30 del siglo XX, cuando tras polémica con final anunciado, como la de Los Pilares quince años antes, doña Piqueta, aprovechando el dinero dejado a la ciudad por don Juan Muñiz Miranda, hizo borrón y cuenta nueva de todo el antiguo caserío que hacía, desde siempre, que hubiera que acercarse a la Catedral por calles estrechas y no por la gran plaza, un tanto desangelada, que resultó de aquello, la actual plaza de la Catedral.
Aquella calle clásica, que venía de la Rúa y terminaba en la plazuela de la Catedral, al pie de la torre, era popular y comercial, porticada en parte.
En el comienzo de esa calle, por los impares, enfrente del palacio de Santa Cruz de Marcenado, estaba la casa de la librería Galán, de la que era dueño don Víctor Galán y Álvarez Santullano, que había nacido allí y era uno de los interesados en la conservación de aquellas casas. Tanto esa casa, que tenía el número 3, porque el 1 ya faltaba, como las restantes eran de fachada modesta, de un frente medio de 7 metros. La numerada con el 9 era el doble de grande que sus vecinas y su dueño era don Fernando Armada y Fernández-Heredia, conde de Canalejas. De él pasó en 1879 a don Antonio Sarri y Oller, primer marqués de San Feliz, para instalar el Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Oviedo, de cuyo consejo de administración era presidente. A partir de la casa siguiente empezaba, con la esquina, la plazuela, con soportales y mercado de madreñas. Allí los número de las casas iban seguidos, 1, 2, 3, 4, 5. La número 5 era hasta los años 30 de doña Amalia Caballero de Tineo, casada con el arquitecto don Nicolás García del Rivero, autor de proyecto tan singular como es el palacio de la Diputación.
La plazuela medía 45 por 24 metros y la plaza resultante, incluida la zona aledaña a la Catedral, proyectada por el arquitecto Rodríguez Bustelo, mide unos 4.000 m2. Esa plaza no vive ahora buenos tiempos, embarcada en diversas obras e intenciones. Un palacio que se reforma, el de Santa Cruz de Marcenado, otro que pide socorro, el llamado «de los Llanes», y todo lo que fue acera par de Platería, hasta la iglesia de San Tirso, nueve casas numeradas entre el 2 y el 18, entre la de la esquina con la Rúa, que ardió a principios del siglo XX y se reedificó, con planos de De la Guardia, muy hermosa hasta que le metieron mano. Paraban las casas en un callejón de la ciudad, que comunicaba con San Antonio. Desaparecidas entre la 6 y la 18, reconstruidas después de la guerra con lo que se ve, acaba de darnos aquella zona la sorpresa, en parte esperada, del cementerio de San Tirso, el taller de azabachería, la fuente romana y más.
Todo aquello es lo que vio y rememoró el fuego sanjuanero de la noche del 23. A ver si el santo tiene influencia en los cielos o en los ministerios para acelerar las obras del Museo de Bellas Artes.
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