24 de diciembre de 2009
24.12.2009
 
Crítica musical

El Coro Universitario, de estreno

n Un concierto majestuoso y lleno de grandeza, que supo deleitar y hacer historia al mismo tiempo

24.12.2009 | 01:00

Los aficionados que llenaron la catedral de Oviedo el pasado lunes para asistir al concierto de Navidad del Coro Universitario sabían que se iban a encontrar con dos elementos rectores en el mismo. Por un lado, con un concierto que ya es tradicional, en el sentido de arraigado, lleno de garantía y plenamente consolidado. Por otro, con alguna de las novedades a que nos tiene habituados su inquieto y formadísimo director, el maestro Joaquín Valdeón.


Se inició la velada con una «Introduzione al Gloria», una pequeña cantata de Antonio Vivaldi para soprano y orquesta. Beatriz Díaz, la cantante asturiana en alza de los últimos tiempos, estuvo a la altura de lo que se esperaba de ella. Poderosa, perfectamente afinada, con gusto hasta en el recitativo, proyectando su voz para que no quedase un rincón de las amplias naves catedralicias sin disfrutar de su arte, Beatriz Díaz, muy bien acompañada por la orquesta, ofreció la primera lección de la tarde, y el público la recompensó con fuertes aplausos.


Los coros, las orquestas y las propias ciudades no puedan escribir su historia musical a base de repertorio. Tienen que dar cabida a lo nuevo para que, en el futuro, se asocie su nombre al de los compositores que tienen algo que decir en los tiempos actuales y que serán figuras del porvenir. Todo esto lo entiende muy bien el maestro Valdeón, y es la suya una actitud valiente y comprometida que le honra. En este marco se inserta el estreno absoluto de Israel López Estelche, compositor cántabro nacido en 1983, universitario en Oviedo y miembro del coro. Su «Intemerata Dei mater», para coro y orquesta (en versión levemente abreviada) es una página excelente, con un extraordinario trabajo textural en la parte del coro y un tratamiento orquestal discreto y contenido. Hay modernidad, dramatismo y angustia en su obra, pues su texto (que sigue el homónimo de Johannes Ockeghem) no sólo glosa el papel de intercesora de la Virgen María, sino su condición de auxiliadora de aquellos que se encuentran en los límites, como arrojados en un destierro sin salida. El compositor recibió los aplausos del público, tras lo cual el concierto introdujo un nuevo giro.


Venía a continuación, en efecto, una hermosa obra, popular y de repertorio: el «Gloria» de Vivaldi. A Beatriz Díaz, que siguió en la tónica ya señalada, se le unió la soprano ferrolana Patricia Rodríguez Rico, que dialogó fluida y conjuntadamente con la anterior en las felices secciones que tienen a dúo. Su hora, con todo, quedaría reservada para la última obra del concierto, como veremos. Quizá no todos los asistentes y aficionados en general sepan (y por eso no está de más reconocerlo aquí) que ambas cantantes tienen en común el hecho de haber sido alumnas de la acreditada profesora asturiana Elena Pérez Herrero, presente en el concierto, algo verdaderamente decisivo en el caso concreto de Beatriz Díaz.


Seguimos en el «Gloria». ¿O será mejor decir en la gloria? Pues, en verdad, las dos intervenciones del contratenor José Hernández Pastor, valenciano muy vinculado a Asturias, fueron pura gloria, ya que de eso estamos hablando. José Hernández es hoy en día uno de los grandes contratenores españoles (voz que va ganando terreno en nuestras tierras desde hace algunos años) y probablemente el de más hermosa voz en el registro de contralto. Ver cómo coge una nota por el filo, la ensancha, la mima, cómo respira y articula en los ornamentos, con pleno sentido del estilo de la música que canta, todo ello no se explica sin esa perfecta conjunción que se da en él de sensibilidad innata y de técnica, adquirida ésta principalmente en la Schola Cantorum Basiliensis. Tres solistas de lujo, pues, cuyos primeros conciertos profesionales los realizaron años atrás, dicho sea de paso, con el Coro Universitario; artistas que pasan por un buen momento, jóvenes y de la casa (o cercanos, en todo caso), y que fueron acompañados perfectamente por la orquesta. El maestro Valdeón supo imprimir una efectiva velocidad en pasajes como el inicial y hondura en la expresión de los momentos más introspectivos, siempre con gesto elegante, claro y preciso. Los aplausos, muy nutridos, premiaron la labor de los artistas, que saludaron repetidas veces.


La guinda de la sesión la puso el joven compositor asturiano Guillermo Martínez (1983). Su cantata, subtitulada «Solsticio d'oro, portico di Natale», escrita este mismo año para soprano, coro y orquesta fue el segundo e impactante estreno absoluto de la velada. Dos piezas gregorianas sirven de articulación litúrgica y espacial en diversos momentos de la obra. En primer lugar, una antífona de las vísperas de Navidad, a cargo de un cantante del coro, abrió la composición desde la tribuna de la epístola, como preámbulo de la obertura. Pero la visión sobre la Navidad se complementa con unos fragmentos de «La vida de María», de Rilke. Llegamos así al aria para soprano y orquesta, uno de los dos momentos culminantes de la obra. Aquí el compositor se nos muestra en estado de gracia. Sobre las elegiacas y trascendentales palabras de Rilke construye un aria que, podemos asegurarlo, habrá de tener vida propia fuera de la cantata, como aria de concierto. Y es en esta parte donde la soprano Patricia Rodríguez Rico desplegó cualidades cuasi wagnerianas para transmitir la belleza, sentimiento y concentración afectiva de esta página, en un ambiente orquestal que tiene afinidades más espirituales que directas con los grandes maestros centroeuropeos de las primeras décadas del siglo XX, como Mahler, Zemlimsky o Korngold. Por cierto, Guillermo Martínez es ya, pese a su juventud, un mago de la orquestación. La sección denominada «Casus belli» ofrece un contrapunto teológico, pues suena la llamada islámica a la oración del almuédano (en grabación), haciendo de alminar la tribuna del órgano. Pero los tenores del coro contraatacan y avanzan entonces por la nave central y cantan, en gregoriano, la llegada del Niño que nos ha sido dado. La cuestión queda zanjada y sólo resta asombrarnos con el coro final, majestuoso y lleno de grandeza, dignísima conclusión para un concierto que supo deleitar y hacer historia al mismo tiempo. Fue bueno, bonito y, para aviso de gestores y de los propios responsables universitarios, también barato. ¿Quién da más?

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