Sebastián Miranda, el escultor que no rezaba
El autor de «La maternidad» que adorna la plaza de Carlos Osoro le había prometido orar a su esposa, muerta en París en 1938

«La maternidad». / luisma murias
Javier CUERVO
Sebastián Miranda (Oviedo, 1885-Madrid, 1975) es el autor de la escultura de «La maternidad» que adorna la plaza del Arzobispo Carlos Osoro, recién inaugurada por el propio homenajeado (actual arzobispo de Valencia), con presencia del actual prelado en Asturias, Jesús Sanz Montes.
A diferencia del machadiano Don Guido, el escultor ovetense no fue «de viejo gran rezador». Así lo declaró en la televisión española de inicios de los años setenta y lo recoge el libro «Estudio Abierto», de Ediciones 99, fechado en 1972.

Sebastián Miranda, el escultor que no rezaba
Sebastián Miranda tenía, al menos, 85 años cuando José María Íñigo lo llevó a «Estudio Abierto», un programa de entrevistas del UHF, iniciado en 1970, según el modelo de Johnny Carson en Estados Unidos y David Frost en Reino Unido. Se hacía en peligroso directo, duraba dos horas y lo dirigía Fernando Navarrete con un equipo de guionistas que serían periodistas de prestigio: Manuel Leguineche, Jesús Picatoste y Julián García Candau. En Asturias no se vio el de Sebastián Miranda porque no llegaba la señal del canal que emitía «Perry Mason».
A Sebastián Miranda le acompañaba su fama de artista, pero sobre todo de hombre afable, magnífico conversador, coleccionista de anécdotas, debida a sus amigos, especialmente el escritor ovetense Ramón Pérez de Ayala, el periodista gallego Julio Camba y al diario «Abc», entonces un vicio nacional, donde publicaba artículos con el título de «Recuerdos y añoranzas».
Íñigo no tuvo en cuenta una norma que se había dado el equipo -no entrevistar a sordos- después de sufrir, por contravenirla, en programas anteriores, como el de la abuela de Membrilla (Ciudad Real), de 107 años. La entrevista tuvo un final de sufrimiento porque Miranda no oyó a un Íñigo que temía un relato impropio o se hizo el sordo para que no le interrumpiera una anécdota magnífica pero larga para un dinámico talk-show. Pero tuvo muy claros otros momentos para ser sordo uno de los dos interlocutores.
Miranda dijo: «Los espejos me enseñan que me acerco al fin de la vida y por eso no soy partidario de ellos» (...). «Me dice que le molestan los espejos porque le muestran que llega el final de la vida. ¿Reza usted a menudo?», preguntó Íñigo.
«Muy poco. Rezo una oración que le prometí a ella, a mi esposa. Salvo eso, no rezo casi nada. Bueno, sólo eso, sólo...», zanjó.
Sebastián Miranda se había casado con la ovetense Lucila de la Torre en Covadonga, en 1926. Ella murió de cáncer durante la Guerra Civil española, en 1938, en el exilio parisino. Desde entonces, el escultor, al que precedía fama de mujeriego, se declaraba civilmente «viudo, después de haber sido el hombre más feliz de la tierra».
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