29 de julio de 2010
29.07.2010
El futuro del barrio del Cristo

El coso de la memoria

La plaza de toros de Oviedo, inaugurada en 1889, permanece clausurada por ruina desde 2007, mientras la ciudad busca un recinto de aforo medio para todo tipo de espectáculos

29.07.2010 | 02:00
La entrada del callejón con la pintura que Favila hizo de Espartaco.

David ORIHUELA

Un recinto con capacidad para 9.300 personas sentadas y 8.000 si se ocupa parte del espacio con un escenario. Oviedo clama por un lugar de estas características para celebrar conciertos, acontecimientos deportivos o ferias. Y lo tiene, pero está declarado en ruinas y clausurado desde el 21 de septiembre de 2007. La plaza de toros de Buenavista vuelve al primer plano de la actualidad política cuando el Ayuntamiento de Oviedo reclama al Principado que incluya el edificio y los jardines de Juan Belmonte, que lo rodean, dentro del plan especial que afectará a los terrenos que actualmente ocupa el Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA), que quedarán liberados una vez que el centro sanitario se traslade a los terrenos de La Cadellada.

La plaza de toros está declarada bien de interés cultural (BIC) desde mayo de 2007, y por tanto la única actuación que se permite es una rehabilitación absolutamente respetuosa con la última reconstrucción de la plaza, es decir, dejarla como está. Para el Ayuntamiento no es una solución viable, porque, en palabras del concejal de Urbanismo, Alberto Mortera, «no es rentable ni económica ni socialmente». Habría que hacer una inversión de más de cinco millones de euros para rehacer una plaza de toros en cuyos últimos años de uso se celebraban cuatro corridas al año.

El ojo mira hacia León, donde la plaza ha sido privatizada y cubierta, en ella se hace todo lo que le gustaría hacer a Oviedo. Sigue habiendo corridas -con la originalidad discutida por los taurinos de que son bajo techo-, pero también partidos de tenis, por poner un ejemplo.

En la plaza de Oviedo tan sólo hay actividad en las oficinas, hoy reconvertidas en sede de los servicios veterinarios municipales. El resto es una antología del abandono. José Luis Flórez se encarga de que las cosas no pasen a mayores. Lleva desde 1964 como trabajador del Ayuntamiento de Oviedo y en los últimos 20 años ha sido el responsable del coso de Buenavista, nada ha pasado allí en las dos últimas décadas sin que él lo sepa.

Sobre la puerta del callejón se desdibuja el retrato que Favila hizo a Espartaco y su cuadrilla. Es una metáfora de la desmemoria. Por esa misma puerta entraron Frascuelo y Lagartijo el 4 de agosto de 1889, día grande en Oviedo con la inauguración de la plaza de toros, diseñada sobre el proyecto del arquitecto Juan Miguel de la Guardia. Cientos de tardes y noches de gloria hasta la última corrida, la que el 21 de septiembre de 2007 torearon Jesulín de Ubrique, Fran Rivera y el Cordobés.

De aquello sólo queda el recuerdo y algunos dibujos en las paredes que poco a poco van perdiendo pigmentos. Las malas hierbas van tomando poco a poco el albero y los tendidos, las maderas del callejón se van fracturando y perdiendo el tono rojizo característico, pero por eso no se dicta una declaración de ruina, se solucionaría con una mano de pintura y una limpieza en profundidad. El problema es estructural. «La plaza no se va a caer por sí sola», asegura Mortera, pero al mismo tiempo José Luis Fernández, encargado de la plaza, señala unas vigas oxidadas. Son parte de las 72 vigas de hierro que se colocaron en 1991 para asegurar el techo de los pasillos, el suelo del graderío. La humedad se las está comiendo. Y si el hierro se resiente, más aún el ladrillo y la piedra. El tejadillo del tendido de sombra se cae sobre las gradas de hormigón. Ya en los últimos años de vida de la plaza durante la celebración de los conciertos de San Mateo se tuvo que clausurar parte de la grada por miedo a que se viniese abajo. Debajo de esas gradas discurre un oscuro y estrecho pasillo que desde hace años está plagado de puntales.

Las filtraciones de agua, las grietas en los arcos y los desconchones son sólo la parte visible de algo más grave, los problemas internos, los del forjado del edificio, que ya no soportarían un concierto como el que ofrecieron los «Ramones» a principios de los años noventa en su última visita a nuestro país.

Por todas las esquinas de la plaza se ven restos de lo que fue en su día, sobre una de las barras duerme una torre de vasos de cartón, testigo de la última noche de música. Ahora la hierba crece donde los diestros se jugaron la vida y de donde Miguel Ríos salió por piernas en 1982.

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