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Pliegos de cordel

Día grande, ande o no ande

La fiesta era diversión en una ciudad que se preparaba para un largo invierno

Día del Bollo en el Campo San Francisco.

Día del Bollo en el Campo San Francisco.

Carmen Ruiz-Tilve Cronista oficial de Oviedo

Es bien conocida la historia de cómo las tradicionales fiestas de Oviedo, en el mes de agosto, en honor de San Salvador, que tuvieron cofradía hasta últimos del siglo XIX, acabaron por ceder protagonismo en beneficio de San Mateo, por coincidencia de su celebración, el 21 de septiembre, con el final del Jubileo de la Santa Cruz, que era la verdadera atracción de forasteros hacia Oviedo en el pasado.

Progresivamente, y ya con antecedentes a lo largo del siglo XIX, San Mateo acabará por convertirse, de hecho, en la fiesta grande de la ciudad.

Día grande,  ande o no ande

Día grande, ande o no ande

La falta de continuidad va a ser durante tiempo constante en las fiestas de San Mateo, y esa falta de unidad va desde lo formal, con folletos distintos y dispares de un año para otro, hasta el contenido de los propios festejos, en los que no parece capitalizarse el éxito de un año para el siguiente, quizá con un permanente afán de novedad y renovación. Así, por ejemplo, en las fiestas de 1883, el número fuerte fueron sin duda los fuegos artificiales, muy importantes ya de antiguo en otras celebraciones locales, como las de la patrona de la diócesis, Santa Eulalia. La fiesta de calle, con el Campo San Francisco como escenario, el lanzamiento de globos Montgolfier y de otros tipos eran diversión general en una ciudad que se preparaba para entrar en un largo invierno. Había «números fuertes», que eran comentario y recuerdo para el resto del año, y en ese 83 la curiosidad estaba centrada en «el troglodita insaciable», dedicado a asustar a los ovetenses de todas las edades desde su carroza, moviendo los ojos y la boca y agitando los brazos. Más pacífica debía de ser la carroza «Alegoría de Asturias», representada por una oronda matrona rodeada de atributos de la agricultura, la industria y el comercio.

Entre los festejos clásicos del cambio de siglo, constatados en los programas al menos entre 1860 y 1920, no faltaba el «consuelo de la barriga», que se limitó durante tiempo al llamado «pan de los pobres», que solía consistir en 1.000 o 1.500 panes que se repartían en la plazuela de Porlier, «al lado del kiosko» a las doce de la mañana, a los pobres del concejo que presentaban vale acreditativo de su pobreza. Algunos años -por ejemplo en 1899- el reparto fue en la Cocina Económica; en el año 1900 se aumentaron las raciones con 500 de comida completa, quizá porque se hizo evidente que no sólo de pan vivía el ovetense. Ese mismo año hubo dos fechas de reparto, el 16 y el 21, y en 1920, con veinte años por el medio de ayuno, tres fechas, el 18, el 21 y el 25, pero sólo de pan. La labor asistencial se extendió en alguna ocasión a la liberación de prendas empeñadas en el Monte de Piedad.

Después de cumplida la obra de misericordia de dar de comer al hambriento, la ciudad se entregaba por unos días a la diversión de luz y sonido, y así sabemos que se quemaban para admiración general: «Seis bombas de doble detonación, morteros, cohetes de bomba real, lucería blanca, chispería y japonesa, el nudo del amor, con quema de esferas y girasoles que se remataban con el volcán de candelas romanas y los fuegos africanos». Tanta maravilla, quemada en el Campo anochecido, a las diez en punto de la noche, solía rematarse con la quema del escudo de la ciudad o la de un arco gótico del que salían «vengalas». Número especialmente celebrado fue la batalla de 1894, en la que se simuló verdaderamente una batalla naval, con cañonazos, paso de ataque acompañado por banda de música, fusilería y fuego graneado. Progresivamente, al menos desde lo que se deduce de los programas, la afición a los fuegos entra en decadencia y, sin desaparecer, dejan de ser atracción principal. La iluminación de las fiestas, precisamente, era motivo de admiración en aquella ciudad que de ordinario debía andar como la boca del lobo y así era festejo el que la fachada de las casas consistoriales se iluminara, con gas o con electricidad, y eso se incluía en el programa de festejos, al tiempo que, por ejemplo, en 1888 se iluminó artísticamente el recorrido entre la Puerta Nueva y la calle de San Juan, puro Camino de Santiago. La fiesta se alumbraba con farolillos y posteriormente con bombillas eléctricas. Todavía en 1924 se colgaron en el campo 500 farolillos.

Ahora, mil años después, las fiestas siguen con más de lo mismo y lo disfrutamos como si fuera la primera vez. Mañana, San Mateo, y con él, el otoño.

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