02 de diciembre de 2010
02.12.2010
Crítica / Música

De las virtudes del canto

César Albelo demuestra todo su potencial en el homenaje a Alfredo Kraus

02.12.2010 | 01:00
De las virtudes del canto

Los amantes del canto se reunieron el martes en el Auditorio alrededor del recuerdo de uno de los tenores de indiscutible referencia , Alfredo Kraus. La asociación asturiana que mantiene la memoria del cantante canario organizó la octava edición del concierto en homenaje a Kraus, que contó con las voces de Celso Albelo y Milagros Poblador. El primero repitió así el éxito en el recital que días atrás festejaba la asociación homóloga en Canarias. Nadie mejor que Albelo, considerado por muchos como el heredero de Kraus, para poner voz a esta celebración. En este marco las comparaciones son inevitables. Para los nostálgicos, la voz de Albelo, también canario, evoca a Kraus, sobre todo, en cuanto al repertorio y la forma de «decir» las obras. Acorde con el programa del concierto en Oviedo, el maestro estuvo más presente que nunca. Albelo y Poblador se alternaron en un programa heterogéneo, diseñado con dos partes bien diferenciadas. La primera, basada en el bel canto italiano, con la presencia de la canción napolitana. La segunda, dedicada a la canción española y a la zarzuela.


Milagros Poblador inauguró la velada como la Morgana de «Alcina», con «Tornami a vagheggiar», no siendo quizá el aria barroca el mejor plato para empezar en frío. Le siguió, de la desconocida ópera de Rossini «La Gazzeta», la cavatina «Presto dico», de tremenda dificultad e interpretación irregular por parte de la soprano. Más cómoda se la oyó en el fragmento de «Linda de Chamounix», el aria «O luce di quest'anima», interpretada con especial nitidez y vitalidad. En la segunda parte del recital la soprano madrileña abordó las canciones «Mañanita de San Juan», de Guridi; «Primavera», de Joaquín Rodrigo, y la tonadilla de Granados «Elegía eterna». En éstas mostró un registro agudo brillante y dúctil, en un recorrido vocal, sin embargo, poco igualado. La misma tónica se siguió en la romanza de «Jugar con fuego», de Barbieri, y en otro fragmento de zarzuela, «Un pobre nido», de «El húsar de la guardia», de Giménez y Vives.


Albelo comenzó sus intervenciones con dos canciones napolitanas de Tosti, en las que mostró una línea de canto muy depurada. Una exquisita «A vucchela», de cadencias finamente dibujadas, y «L'ultima canzone», con una melodía entonada sin traba, y más expresiva. El Donizetti que dominó la primera parte del recital no tuvo secretos de ejecución para el tenor, de arrolladora potencia vocal y agudos en el «Spirto gentil», de «La Favorita», y el «Quanto è bella», del «Elixir», imponiéndose, además, el tenor como Nemorino en el dúo titulado «Chiedi all'aura lusinghiera», con Adina encarnada por Poblador. Ya en la segunda parte, destacaron las canciones populares españolas en la interpretación de Albelo. El tenor mostró matices sensibles en «Dime que sí», de Esparza, y «Besos en mi sueños», de Brandt, antes de deslumbrar cantando la «Granada» de Agustín Lara, con gran chorro de voz y correcto carácter. Buen estilo y fraseo, con la voz de cuerpo y sonido que ya caracteriza a Albelo, en la romanza de zarzuela de Vives «Por el humo?» y en la jota de «El trust de los tenorios», la zarzuela de José Serrano.


Quedó demostrado que Albelo tiene todas las virtudes para encabezar las filas de la lírica. El tinerfeño es un tenor lírico no sólo de espectaculares sobreagudos, sino de una voz de gran cuerpo y volumen, homogénea y de bello timbre. Junto a su capacidad y su técnica, siempre manifiestas, quizá deba profundizar más en la intención expresiva de un repertorio que, por otro lado, le es natural, teniendo además en cuenta un programa tan ecléctico como el del martes. Por otra parte, como persona le acompaña la prudencia, que es otra virtud en la carrera del canto. El joven tenor no tiene prisa por imponerse en los teatros, aunque su carrera va in crescendo, y parece que tampoco la tiene por forzar una evolución a papeles más líricos o «spinto». Su voz puede dar todavía grandes placeres en el repertorio en el que Kraus se convirtió en leyenda. Y eso que las comparaciones pueden ser no sólo odiosas, sino precipitadas.


Hay que destacar, del concierto del martes, el papel de Juan Francisco Parra al piano acompañante, desde el que sostuvo el peso instrumental de un repertorio variado y no precisamente sencillo para la parte del piano. El intérprete canario demostró gran respeto por las voces en su labor, con especial «química» en las piezas con Albelo, con quien ya había trabajado en anteriores ocasiones. El «Lamento de Federico», de «L'Arlesiana», de Cilea, y el «Aria de la risa», incluida en el segundo acto de «El murciélago», de Strauss, cerraron la velada lírica en forma de propinas.

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