02 de mayo de 2011
02.05.2011

Y sin embargo no se mueve

Parecidos problemas a los de Buenavista en otras obras de Calatrava: el Hemisférico de Valencia no baja su párpado, la lonja de Alcoy no cumple la normativa y el Museo de Milwaukee triplicó su presupuesto

02.05.2011 | 02:00

Ch. NEIRA


Dicen varias personas próximas a las familias Cosmen y Lago, conocedoras de los detalles de la operación del Palacio Calatrava en Buenavista, que lo que ha sucedido con el edificio, con un presupuesto multiplicado por tres, cuantiosos honorarios específicos para dirigir la obra que no se han traducido en una tutela efectiva de las mismas y, la guinda, una visera móvil que por motivos de seguridad no se podrá poner en funcionamiento, es parecido a lo de aquel que se iba a comprar un Ferrari y se encontró con que el coche no alcanzaba la velocidad prometida.


En esos casos, y ésa podría ser una de las salidas que estudiaría ahora la promotora Jovellanos XXI, se suele pedir al que te vendió el coche que te lo cambie por otro que funcione, que te lo arregle o que te haga una rebaja sustancial en la nota final. La situación del Palacio de Congresos, que ya ha provocado un juicio por el derrumbe de 2006, con unas vistas que han evidenciado las diferencias entre Calatrava y su equipo y Jovellanos XXI, podría muy bien acabar en nuevos y complicados pleitos.


Oviedo, sin embargo, no es una excepción. Los problemas que se han dado en Buenavista, y que se pueden agrupar en un bloque económico y otro funcional, se repiten en varios de los proyectos que firma el arquitecto nacido en Benimàmet.


Que la visera del Calatrava no se pueda mover finalmente porque no está garantizada la seguridad no llama la atención en Valencia. Allí tienen un edificio, el Hemisférico, uno de las primeras piezas inauguradas dentro del recinto de la Ciudad de las Artes y las Ciencias que se conoce popularmente como «El Ojo». Ese ojo -efectivamente su forma es la de un globo ocular- aloja una impresionante sala de proyecciones, pero en su exterior está recubierto por una estructura metálica que hace las veces de párpado. El crítico de arquitectura Llàtzer Moiz da detalles en el libro «Arquitectura milagrosa. Hazañas de los arquitectos estrella en la España del Guggenheim» de este ingenio: «complejos mecanismos permiten replegar parte de este párpado de metal y cristal para cubrir o descubrir la mitad de la esfera ocular, por lo demás siempre destapada a efectos de insolación. Estos movimientos producen cierta inquietud a los encargados de mantenimiento de la Ciudad». En otras palabras, el párpado de «El Ojo» al final no se baja porque no hay seguridad de que se pueda volver a abrir.


La querencia de Calatrava por estas estructuras móviles es casi una obsesión en su obra y, de hecho, su tesis doctoral analiza precisamente esas posibilidades bajo el título «La plegabilidad de estructuras» (1981). Para Moiz, muy crítico con la obra del valenciano, en ese doctorado está «el origen de una serie de recursos expresivos que contribuyen a encarecer su obra».


Algo de razón tiene que tener, porque otra de las obras emblemáticas de Santiago Calatrava, el Museo de Arte de Milwaukee, citado, además, como antecedente del diseño presentado y ejecutado en Oviedo, empezó siendo una cosa de cuarenta millones de dólares y acabó siendo otra muy distinta de 120 millones de dólares. Entre la idea inicial y el resultado, todavía pendiente de alguna ampliación, encareció notablemente el proyecto la idea que tuvo Calatrava de incluir un gigantesco parasol que se abría y cerraba como si fueran unas alas. Aunque este mecanismo sí llegó a funcionar, está por ver los problemas, aparte de los económicos, que podría ocasionar al edificio.


Las herencias envenenadas de algunos de los diseños de Calatrava lo saben bien en Alcoy, donde su lonja fue uno de los primeros ejemplos de esa arquitectura de esqueletos. Dieciséis años después de su inauguración y con una vida llena de polémica, el edificio sigue sin lograr todas las licencias necesarias y el incumplimiento de la normativa de anchuras o pendiente de los accesos al edificio han hecho incluso que el Ayuntamiento se haya planteado cerrar el recinto. Mientras, el arquitecto se entrega a otras artes. Hace semanas, Berlín presentaba una instalación suya y de Frank Stella. El arte. Siempre menos problemático.

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