Javier NEIRA

A las cinco de la madrugada del 4 de octubre de 1936, exactamente dos años después del inicio de la Revolución de Asturias, las baterías artilleras dispuestas en las posiciones republicanas que cercaban Oviedo iniciaron un fuego graneado, de gran intensidad, sobre la ciudad, maltrecha por dos meses largos de asedio.

Óscar Pérez Solís, militar, socialista y después falangista, en su detallado relato de aquellos sucesos dejó escrito: «Era como para quedarse sordo con el estruendo infernal de aquella batahola. En cuanto a ruido no estaba mal el primer número de los festejos organizados por el enemigo para conmemorar Octubre del 34». La segunda vuelta de la Revolución tenía fuerte carga simbólica y al mismo tiempo terriblemente real: Oviedo debe caer de una vez. Alrededor de 8.000 milicianos se lanzan sobre la ciudad.

Tres días después de iniciarse la ofensiva que se prometía final, el coronel Antonio Aranda, jefe de los sublevados -y sitiados- en Oviedo, anotaba «el enemigo concentra su esfuerzo sobre la posición del Canto», una pequeña loma frente al actual colegio de las Ursulinas, «guarnecida por cien guardias civiles y una compañía de infantería. Todo el día se combate duramente, lográndose conservar la posición a costa de noventa y seis bajas que son repuestas durante la noche con elementos heterogéneos extraídos de los servicios auxiliares». El panorama es dantesco, ya que «el continuo bombardeo de aviación y artillería ha destrozado todas las transmisiones y conducción de energía eléctrica, luz y agua. La población civil está recluida en los sótanos con difícil alimentación y gran número de enfermos». El tifus, contraído masivamente al beber inevitablemente agua contaminada, causa centenares de muertos entre la población civil.

En esos días de octubre, Aranda en realidad era ya general, el ascenso se produce al poco de iniciarse la guerra. Desde un avión le lanzan el fajín y los estrellas propias de su nuevo empleo y mando. Con ese refrendo moral de sus superiores dirige la defensa, casi inverosímil, de la capital.

El asalto definitivo a Oviedo se decide casa por casa. La situación de los sitiados es insostenible. Se lucha en el Campillín, en la plaza de América, en las inmediaciones del Hospital -situado en lo que hoy es la plaza de España- y en perímetros a veces no muy bien definidos y aún más cercanos al corazón de la ciudad.

Aranda considera que «la resistencia se hace imposible abarcando todo el perímetro» y por eso «prepara la retirada hacia los reductos interiores, especialmente el formado por la Fábrica de Armas, Cuartel de Pelayo y Cuartel de la Guardia Civil con la loma de Pando que los domina». Además, «las municiones se han reducido a sesenta mil cartuchos. Quedan útiles quinientos hombres, contando los convalecientes enfermos y heridos leves, más una cifra aproximada de doscientos a trescientos paisanos, distribuidos en cinco reductos». La proporción entre sitiadores y sitiados es, pues, de diez a uno.

Las tropas sublevadas en Galicia que habían iniciado en los últimos días de julio su avance desde el Eo hacia el centro de Asturias fuerzan su presión y la toma sucesiva de posiciones para llegar sin más dilación a Oviedo porque si no lo hacen casi de forma inmediata ya todo será inútil. Desde Grado a las puertas de la capital asturiana sufren 1.600 bajas, una cifra altísima que da idea de la enorme dureza de los combates.

El historiador Martínez Bande señala que el día 16 de octubre las columnas gallegas avanzan más allá de la toda prudencia y «el campo entre Soto y Escamplero aparece sembrado de cadáveres. Las fuerzas del Tercio, totalmente diezmadas, han de ser retiradas del campo de batalla».

En la madrugada del día 17, que finalmente sería la jornada decisiva, el comandante Gallego, al frente de las unidades que tenía a su mando, atraviesa el río Nora por Quintas y «después de unas cuatro horas de ascensión peligrosísima fueron coronadas las alturas de las Calellinas, La Roza, Alto de la Vara y Pico del Paisano sin encontrar enemigo. Coronada la cima del Naranco quedaba ya expedito el camino hacia Oviedo». Desde la ciudad divisan a las tropas de los Regulares en la cumbre del Naranco, en el Pico del Paisano. Después y durante décadas, en la conocida como loma de la Miliciana, un monolito con la media luna musulmana recordó ese hecho histórico.

A las seis y media de la tarde, la avanzadilla de las columnas gallegas llega a un parapeto de la calle Independencia. Los soldados se funden en un abrazo con los sitiados. El cerco está roto.