10 de febrero de 2012
10.02.2012
 

Santiago Calatrava, de rositas

El ilustre arquitecto queda impune de la inmovilidad de la visera del Palacio de Congresos

10.02.2012 | 01:00
Santiago Calatrava, de rositas

Me llena de perplejidad cómo los medios, la opinión pública y hasta la justicia disculpan, diluyen y evaporan los dislates que ciertas «gentes principales» cometen con impunidad ante nuestros ojos.


Me refiero a la noticia publicada en este periódico el día 8 de febrero de 2012 sobre la sentencia de la refriega jurídica, entre la promotora Jovellanos XXI y sus subcontratas, a propósito de la inmovilidad de la cubierta del llamado Palacio de Congresos, obra del ilustre arquitecto Santiago Calatrava, y he de decir que mi perplejidad comienza con el planteamiento de la propia querella en la que la promotora y las constructoras dirimen la responsabilidad del fracaso de la pretendida movilidad de la visera del citado edificio cuando, a mi entender, es únicamente el arquitecto quien debe autorizar o desautorizar los cambios que dieron lugar al fiasco y, por lo tanto, el demandado debería ser precisamente el arquitecto autor del proyecto.


Las empresas en litigio saben de sobra que tal querella a ese personaje sería inútil, dada la calidad demostrada de su gabinete jurídico y, por tanto, se abalanzan sobre el más débil en la pugna.


Asistí, como único «oyente», por cierto, a la vista del litigio entre UTE Buenavista y Jovellanos XXI y la constructora Fiaga, y debo decir antes de entrar en materia que se realizó en unos locales indignos, en un edificio de viviendas de la calle Burriana..., habría que haber fotografiado la sala de espera de los testigos, emplazada en el descansillo de la escalera de vecinos, donde se apretujaban a la espera de intervenir, peldaños arriba, en una cola escalonada que producía vergüenza.


Pensaba, inevitablemente, mientras los veía preparando sus intervenciones, en el Palacio de Justicia prometido en el solar, donde ahora se levantan 85 viviendas, firmadas por un pariente próximo a un alto cargo municipal y de las que se beneficia la antedicha promotora...


Lo anterior ha sido un paréntesis: ¡obligatorio!... La perplejidad que citaba al comienzo de este escrito se inició ante la desvergüenza del representante del señor Calatrava (él nunca asiste a estas pequeñas trifulcas), achacando el fallo de la movilidad de la famosa visera a que el proyecto de Calatrava había sido alterado en su ejecución: ¡el arquitecto había previsto una charnela de una sola pieza de acero que se había transformado en 32 piececitas soldadas!


Esta sustancial transformación debió ser, naturalmente, conocida y autorizada por el propio Calatrava, y se planteó, seguramente, por la ¿imposibilidad? de transportar la mastodóntica pieza inicialmente proyectada.


Soy arquitecto y sé por ello que la responsabilidad sobre una obra y su dirección no acaba en el documento de proyecto..., todo cambio, como director de la obra, ha de ser supervisado y aprobado por el autor del mismo: por lo tanto, la responsabilidad última será siempre del arquitecto autor del proyecto.


Esta cuestión fundamental parece que pasó inadvertida a instructores, magistrados, etcétera, que se dedicaron durante la vista a soportar indescifrables conjeturas sobre tolerancias milimétricas y radiológicas de los cordones de soldadura de las dichosas 32 piezas. Aburridísima pérdida de tiempo que solo iluminaba el gracejo y desparpajo jurídico de una letrada que manejaba con inusitada soltura términos técnico-constructivos de los que desde luego todo ignoraba: ¡qué hermosos alegatos!


Dos días de dimes y no dimes para una querella claramente desviada de la verdadera responsabilidad.


El caballero Calatrava, tan internacional él, debe saber de sobra que las soldaduras en obra y en las circunstancias de ésta, con los operarios a 30 metros de altura y en posturas acrobáticas, son muy poco fiables... En los grandes rascacielos de EE UU las soldaduras se realizan en taller, y para las uniones de verdadera responsabilidad, se usan atornillajes...


Si estas dificultades eran conocidas de antemano, ¿por qué el señor Calatrava autoriza la partición de ese gran tubo curvado, que serviría de charnela, en 32 pequeñas piezas a soldar en obra?


Aquí el famoso dilema del centinela..., sabiendo o ignorando la has pringado, querido colega.


Y además, ¿por qué no se le menciona ni se le pregunta, ni nada?, ¿qué papanatismo lo impide?..., quizás el íntimo conocimiento de que siempre gana: juicio sobre Palma Arena en la comunidad balear, honorarios, en los rascacielos de Valencia (donde había proyectado dos torres de 120 metros en la enfilada de aproximación del aeropuerto de la ciudad): todo lo gana ante una justicia complaciente. ¡Cosas del país!


Y ahora, aprovechando que efectivamente el Nora pasa por Colloto, voy a remarcar una frase de en mi anterior artículo sobre el tema Calatrava, y que decía «¿Cómo se toleró a este sobrevalorado arquitecto la propuesta de una cubierta cinética, con el precedente de que en Nueva York, su alcalde, a la vista del inmenso coste de tal movilidad, se la hizo meter por donde quizás le cupo?».


Nada más, los ovetenses tendremos que soportar para siempre esas estúpidas espinas inclinadas, como pichas muertas, por la vergüenza de su inutilidad..., aunque otros, como los promotores del engendro y el hoy delegado del Gobierno, mirando desde atrás, querrán hacérnoslas ver erguidas y erectas eyaculando estrellas y blanqueando las faldas del Aramo...


¡Qué vergüenza! ¡Pobre Oviedo y sus indolentes ciudadanos! ¡Ahí quedará para siempre el homenaje a un despropósito millonario y el testimonio de un fraude arquitectónico monumental!


Eso sí, nadie en Oviedo, ni al señor Calatrava, ni a sus mentores, nadie les va a demandar nada.


«¡Pa qué!».

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