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Todos somos callejeros

En defensa del gato, «el último individualista de nuestra sociedad»

07.03.2012 | 01:00
Todos somos callejeros

El lema que repetían los cientos de ovetenses que se manifestaron en defensa de los gatos es muy bueno, aunque recuerda un poco la sombría advertencia de Brecht sobre el individuo que no era judío ni comunista, ni su vecino el día que la Gestapo fue a buscarle; pero al día siguiente fueron a buscarle a él. Pues empiezan sobrando los gatos, y otro día sobran los perros y es preferible no pensar en los que pueden sobrar cualquier otro día.


La campaña municipal contra la especie gatuna va a poner en circulación de nuevo a una figura tan anacrónica como el lacero. E1 consuelo es que al gato se le atrapa mucho peor que al perro: no se fía, y mucho menos de las autoridades municipales. A un perro se le puede coger desprevenido, pero el gato, más inteligente que el perro, tiene sus reservas respecto a la especie humana. Lo pasa muy bien al amparo del hombre, a quien camela y le saca lo que puede, pero nunca se entrega del todo, y quien no se entrega es difícil que se deje sorprender. Una de las excelsas virtudes del gato, de las muchísimas que posee, es que no cree en los programas ni en las promesas de los políticos. Por ahí no corre peligro, pero es sabido que la finalidad del Estado es avasallar al individuo. De manera especial al individualista. Y no hay mayor individualista que el gato.


Hasta hace no demasiados años el salvajismo español se manifestaba persiguiendo perros y gatos a cantazos y talando árboles. «El odio al árbol, el odio a la luz», lamentaba Azorín. Los árboles siguen siendo víctimas de la barbarie: un aldeano con un hacha era la guerra, ahora con la motosierra es la guerra de las galaxias. Más parecía que a los animales se les respetaba un poco más. En pleno imperio de la «corrección política» se va a volver a los viejos tiempos. Bien es verdad que por motivos higiénicos.


Lo más inquietante del nuevo totalitarismo y de la «electrodomesticación» de las masas es que todo lo hacen por nuestro bien, especialmente cuando recortan nuestra libertad, luego la libertad es desaconsejable. No nos permiten fumar en defensa de nuestra salud, en los bancos se exige el carné de identidad como si se tratara de la Comisaría de Policía para evitar el blanqueo de dinero y ahora la toman con los gatos callejeros, por motivos sanitarios, cuando en Egipto fueron dioses, cuando contribuyeron de manera eficaz a la lucha contra la peste limpiando las ciudades de roedores, cuando ellos mismos son ejemplos de limpieza y elegancia, y, tal como los veía Baudelaire, son caseros y frioleros como los viejos eruditos. El gato es una de las más confortables representaciones del hogar. ¿Y cómo se distingue a un gato callejero ahora que la Luna de febrero prolongándose a marzo pone en movimiento hasta a los más sedentarios? Hay que defender al gato: es el último individualista que queda en nuestra sociedad.

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