pliegos de cordel
Voladores de San Juan
Ritos, cosas y fauna que rodean las celebraciones del solsticio de verano, época en la que los coleópteros salen de sus guaridas

Una vacalloria por San Juan. / archivo
Carmen Ruiz-Tilve Cronista oficial de Oviedo
San Juan es, en muchas cosas, la fiesta grande y madrugadora del verano, en la que se convoca a la naturaleza para celebrar la noche corta y luminosa, encendida con el resplandor del fuego, heredero santo de todos los prodigios que la cristiandad adoptó de lo anterior. El agua, con su flor, el enramado de las fuentes, los tréboles de cuatro hojas, los ramos de los enamorados y todas las ilusiones tejidas de verde, fuego y agua son la alegría del largo verano que se estrena, aunque luego, a la hora de la verdad, sea corto y lluvioso.
También tiene San Juan, entre tantas cosas, sus escarabajos propios, los escarabajos de San Juan propiamente dichos, también llamados solsticiales o abejorros, grandes, peludos y de antenas plumosas, que vuelan torpemente al atardecer. Los escarabajos de San Juan pasan tres años, casi toda su vida, como larvas gordas y blancas, enterrados en el suelo de Oviedo, comiendo raíces a todo pasto. Adultos, salen por San Juan y se pasan dos semanas zascandileando, atraídos por la luz de las farolas o de las hogueras.

Voladores de San Juan
Antiguamente, cuando la falta de recursos materiales para el juego se suplía con la imaginación, los niños de Oviedo les ataban una pata con un hilo y los colgaban de las lámparas para verlos volar en círculo, atolondrados, como un tiovivo zumbón.
También por San Juan vuelan por el cielo de Oviedo las vacallorias, grandes y charoladas, criadas en el corazón de los carbayos. Corren malos tiempos para las vacallorias ovetenses, ya que los viejos carbayos abundan cada vez menos.
Cosa guapa una vacalloria, una vaca alloriada o loca no peligrosa, que también gustó a Julio César, que llevaba la cabeza de una de ellas, de grandes cuernos, colgada de su cuello.
San Juan ya no es lo que era y, aunque la imagen de la torre de la Catedral jugando con el fuego era pictórica y mágica, bien está que no siga, porque el fuego, como se demuestra a diario, tiene su peligro. Con el fuego y el enramado lejos de la Catedral, San Juan se busca la vida en otros sitios, porque tiene visos de eternidad. A ver si se porta y nos trae calorín diurno y prolongado.
Feliz San Juan, con agua, fuego, vegetación y los coleópteros de siempre.
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