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Entonces fue la primera vez: la tarde del 5 de mayo de 1978

Puntualizaciones sobre la historia de la misa de gaita en la Catedral

Entonces fue la primera vez: la tarde del 5 de mayo de 1978

Entonces fue la primera vez: la tarde del 5 de mayo de 1978

Cuando concluido el Gloria Patri del introito de la misa de gaita comenzamos a cantar los Kyries noté que nuestras voces sonaban por encima de nosotros, en lo más alto del presbiterio, en el cielo de la Catedral, y que la gaita vibraba con un timbre dulcísimo como nunca antes yo había percibido. Sentí que nuestra música ascendía vertical como el humo de la ofrenda de Abel en el altar del sacrificio. Luego siguió el Gloria y después el Credo, el Sanctus, Benedictus y Agnus.

Eran las ocho de la tarde del día 5 de mayo de 1978 y el Cuarteto Cea (formado por Hortensia Gutiérrez, Antonio Cea y sus dos hijos, Gema y Antonio) estábamos cantando la misa asturiana de gaita en el presbiterio de la sancta ovetensis. Nunca antes había sido cantada allí.

¡Desde entonces han transcurrido ya 35 años!

Presentamos aquel día, ante un público que abarrotaba la catedral de Oviedo, la trilogía de música tradicional que acabábamos de grabar en Madrid: "Misa asturiana de gaita y otras canciones religiosas en Llanes (Asturias)", "La canción del mar en Llanes (Asturias)" y "Ritos al árbol, al agua y al fuego en Llanes (Asturias)" (Dial Discos: Serie Nevada ND-5012; id: 5013; ibid: 5034, 1978). Elepés que se completaron con una monografía sobre "La Canción en Llanes", que publiqué, dos años después, en Salamanca (imprenta Calatrava). Unos días antes y como primicia habíamos presentado el mismo repertorio en la basílica de Llanes y el 15 de septiembre de ese mismo año 1978, en el claustro de la catedral de Santander.

En la única fotografía que conservamos de aquella maravillosa experiencia en la catedral de Oviedo (la publicada al día siguiente) se puede observar cómo mis padres y mi hermana aparecen interpretando la misa con los ojos cerrados en intensa concentración espiritual y cómo, detrás, la sagrada escultura del Salvador de Oviedo parece darnos su beneplácito.

De entre todas las innumerables ocasiones en que hemos cantado la misa de gaita a lo largo de nuestra vida, nunca como en esa catedral de Oviedo el goce y la concentración interpretándola fueron tan intensos. Los dos padres y los dos hijos que formábamos ese cuarteto musical -y creo que también Ignacio Noriega, el gaitero- éramos conscientes de la inmensa responsabilidad de transmitir, a un público tan exigente como desconocedor de lo que allí íbamos a cantar aquella tarde de mayo, las joyas musicales que ofrecíamos (unas, salvaguardadas generación tras generación y otras, que ya habían desaparecido, recuperadas del olvido). Al canto de la misa siguió en la Catedral, como segunda parte de aquella inolvidable tarde de primavera, el repertorio de los otros dos discos: la Salea y las canciones de Enrame y de Joguera. Me gustaría saber qué sorprendió más al público: si la espléndida y complicada arquitectura musical de la misa de gaita -a mitades entre el gregoriano y la tonada-, la sorprendente y variada hermosura -en música y letra- de la Salea o la ancestral cadencia -de sutiles variantes- de los enrames y jogueras. Los años setenta del pasado siglo no fueron tiempos favorables para el reconocimiento y la preservación del patrimonio inmaterial. De la música tradicional no se sacaba oficio ni beneficio, ni era considerada recurso rentable en la estrategia de los políticos, aunque comenzaba tímidamente a ser materia disciplinar en algunas universidades como la de Oviedo, donde, por fortuna, nuestra música y nuestras canciones empezaron a ser materia académica en cátedras de antropología y de musicología.

Lo hasta aquí escrito no es fruto de una nostalgia solipsista, es una llamada de atención o, si se quiere, de justa generosidad objetiva a la memoria histórica reciente (sólo han transcurrido 35 años) en relación al artículo de Javier Neira: "Una misa para ángeles gaiteros", publicado en el diario LA NUEVA ESPAÑA con fecha de 12 de noviembre pasado. Hay en ese artículo dos afirmaciones que quiero aquí desmentir: que la misa de gaita "entró ayer por primera vez en la catedral de Oviedo" y que esa misa "estaba a punto de desaparecer". Por lo arriba escrito, creo que queda demostrada la fecha de 5 de mayo de 1978 como la primera en que se cantó la misa, que tradicionalmente se conoce hoy como asturiana de gaita, en la catedral de Oviedo y que fue cantada por el Cuarteto Cea. Desconozco la variante comarcal de la misa de gaita que se interpretó el pasado 12 de noviembre en la catedral de Oviedo. Si es la misma que nosotros ofrecimos (y grabamos en su día) -la variante que se conserva en las poblaciones llaniscas de Parres y La Pereda-, he de afirmar que esa misa no está nada moribunda y que se puede escuchar y disfrutar en las festividades de San Hilario, San Antón, Santa Marina y la Guadalupe, respectivamente, donde secularmente y de generación en generación la vienen interpretando los cantores de esa parroquia. Para todos lo parragueses y peredanos, esa misa no puede ser más canónica ni más auténtica. No es aprendida por profesión o por afición (que no es poca cosa), es herencia que mamamos desde nuestro nacimiento y que nos obligamos a pasar, en la mayor pureza posible, a las generaciones venideras.

Estas líneas que estoy terminado de escribir probablemente no las habría escrito de no estar reciente el fallecimiento de mi madre (una persona y una voz maravillosa, la mejor del Cuarteto Cea) y el de Ignacio el gaitero (que hacía hablar a la gaita). Respeto profundamente el trabajo de los demás y me alegro del éxito de cuantos, de un modo u otro, han tenido parte en la misa recital del otro día en la catedral de Oviedo. Por eso me parece injusto que se ningunee el nuestro.

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