25 de julio de 2015
25.07.2015
Historias del cine

La guerra de las patentes

En los primeros años de vida del cinematógrafo, Thomas Alva Edison entabló una lucha sin cuartel con sus competidores

24.07.2015 | 23:32
Thomas Alva Edison revisa una película.

Prácticamente desde sus orígenes, la industria del cine en Estados Unidos se articuló en torno a un oligopolio. El responsable indirecto fue Thomas Alva Edison, el mítico inventor y empresario sin escrúpulos, que en los primeros tiempos del cinematógrafo entabló una auténtica guerra de patentes con sus competidores, nacionales y extranjeros, encaminada a lograr un monopolio de la naciente industria en los Estados Unidos.

En torno a 1889, un empleado de Edison, William K. Dickson, inventó el kinetofonógrafo, un aparato que sincronizaba fotografías en movimiento con el sonido de un fonógrafo. El invento era muy costoso para poderlo comercializar, pero a partir de este diseño Edison patentó, ya en 1891, el kinetógrafo y el kinetoscopio.

El primero era una cámara que filmaba imágenes en movimiento de unos pocos segundos. El segundo, por su parte, era un aparato que permitía a un único espectador ver esas películas cortas, previo pago de una moneda de cinco centavos.

El aparato causó furor en los años siguientes, lo que llevó a Edison y Dickson a pergeñar un primitivo estudio para rodar sus películas. Lo llamaron "Black Maria", un homenaje burlón a los vehículos policiales de la época.

Para 1895, Edison había distribuido miles de kinetoscopios por todo el país. Pero a finales de ese año, los hermanos Louis y Auguste Lumière lograron un éxito fulminante con la presentación de un nuevo aparato que igual filmaba imágenes en movimiento que las proyectaba: el cinematógrafo.

Cuestiones prácticas aparte, el invento de los Lumière, como también las experiencias previas de los alemanes Max y Emil Skladanowsky, proponía un espectáculo de carácter colectivo, y no de disfrute individual como era el kinetoscopio. Edison, con gran olfato comercial, vio de inmediato su potencial.

El invento de los Lumière llegó a Norteamérica en 1896, pero para entonces Edison ya había reaccionado presentando un nuevo proyector, basado en el kinetoscopio pero orientado a un público colectivo: el vitascopio.

No fue el único que vio el potencial del nuevo medio. De la noche a la mañana comenzaron a proliferar los productores independientes, con un emancipado Dickson a la cabeza. Pero Edison no estaba dispuesto a dejar escapar a la gallina de los huevos de oro.

En los años siguientes, el inventor denunció a todo aquel que no usaba sus cámaras y sus proyectores. Y a los que sí lo hacían, les exigía el pago de un canon. En un primer momento, Edison obtuvo numerosas sentencias a favor. Pero otras dos empresas pioneras lograron permiso para utilizar sus propias máquinas patentadas: Vitagraph, empresa fundada por Stuart Blackton y Albert E. Smith, y la Biograph que lideraba Dickson.

Pese a todo, Edison insistió en sus intentos de monopolizar el negocio, multiplicando las denuncias contra sus competidores. La reacción a esta agresión por parte de Edison fue un intento por parte del resto de productoras de desprestigiarle con una insistente campaña de prensa.

La paz a este conflicto llegaría en 1908, cuando los principales productores y fabricantes se asociaron en la Motion Picture Patents Company, más conocida por sus siglas, MPPC, o directamente por un expresivo sobrenombre: el "Trust".

Mas un grupo de productores independientes se enfrentaría en los años siguientes a esta sociedad, con medios legales e ilegales. Por esta segunda vía transitaron Adolph Zukor, Carl Laemmle y Marcus Loew, que adquirieron numerosas salas y se mostraron más hábiles importando películas foráneas. Por su parte, otro productor emergente, William Fox, entabló una prolongada batalla legal contra el "Trust", logrando que el Tribunal Supremo lo declarase ilegal en 1915.

Este año sería clave no sólo por esa sentencia, sino por el estreno de una película que cambiaría para siempre la Historia del Cine: El nacimiento de una nación, la obra magna de David Wark Griffith, que inauguraba una manera de contar historias, el llamado "Modo de Representación Clásico", que rápidamente se impuso como el lenguaje dominante. En este momento, el cine alcanza su independencia como espectáculo, y los productores independientes, que trabajaban en el ámbito del largometraje en oposición a la preferencia de la MPPC por el cortometraje, se hicieron con las riendas del negocio.

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