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La Bomba Del Fontán | Las Crónicas De Bradomín

Filosofía porteña

La regalada vida de un futbolista argentino a prueba con el Oviedo

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Los fines de semana de julio y agosto, mis progenitores se trasladaban a Gijón. Mi madre cubría las jornadas entre el Club de Regatas y suculentas meriendas en el Dindurra. Mi padre callejeaba provisto de su fino bastón de bambú [complemento que distingue y refuerza el estatus de quien lo lleva, había declarado en alguna ocasión] por el muelle de Fomento, con parada obligada a la hora del aperitivo en la tertulia de Casa Víctor.

Por mi parte, había vivido otra alocada parranda de sábado llegando a casa bien amanecido el domingo. La eficiente Patro, conocedora como nadie de cómo se las gastaba el señorito cuando estaba solo, había dejado a la vista dos optalidones y un vaso de naranjada.

Había comenzado temprano. A última hora de la tarde en el Bar Pelayo me topé a Luis Diestro, iba acompañado: "Te presento a Héctor Pablo Fullone, futbolista argentino". A primera vista tenía una presencia más propia de actor de culebrones. Total, que estaba a prueba en el Real Oviedo y, según comentó Luis, venía recomendado por Di Stéfano. "Cómo va la cosa" pregunté al jugador. "Bueno, ézte no depende de mí. Decide la institusión", respondió con fuerte acento porteño. "Si te apetece charlamos un rato en otro momento", convine. "Cuando querás, no hay óbice alguno. Estoy alojado acá, cerquita, como se llama, ézte...". "Hostal Pasaje", aclaró Diestro.

Dos días después le dejé una nota en el hostal para vernos en el mismo lugar donde nos habíamos conocido. Llegó con puntualidad, tan elegantemente trajeado como el primer día. Propuse cambiar de ambiente y pregunté: "¿Dónde te apetece ir?. "Me deleita la sidra, frecuento Marchica", dijo rotundo. Una vez allí, nos colocamos en la barra a la altura de Adolfo, veterano y chistoso camarero. Después de saludarme, se dirigió al argentino: "¿Qué tal, pibe?", y acercando la cabeza hacia el futbolista soltó: "Oye, dijéronme que no juegues un pijo". El jugador lo miró fijamente y sentenció: "¡Güevón de mierda. Acaso querés cobrarte dos cachetadas!". Quité hierro al asunto, lo cogí de un brazo y nos fuimos a una mesa. Hablamos sobre todo de fútbol y de cómo le iban las cosas, hasta que el diálogo se tornó en su monólogo. "Debo transmitirte que realmente no tengo interés en quedarme en este club, ni en ningún otro. Te explico. Hace tres años vine con el Nacional de Montevideo a jugar el torneo Colombino. En realidad yo no pertenecía al plantel del equipo, parte de la expedición éramos jugadores a préstamo con la intención de colocarnos en el mercado; entendés. Puedes pasarte mes y medio probando en diferentes equipos. Desde entonces todos los veranos vacaciono acá con los gastos pagos. Al regreso vuelvo a enrolarme en el equipo de procedencia". Yo no daba crédito al relato.

Al día siguiente por la tarde, me ofrecí a llevarlo a conocer Gijón. Cenamos en Casa Zabala, y a los postres me preguntó cuál era el mejor hotel de la ciudad. "No sé, dudé, puede que el Hernán Cortés". Al final de la cena cogió la nota: "Permitidme", se levantó y dirigiéndose al camarero preguntó por el jefe de sala. Hablaron un rato señalando la mesa que ocupábamos. Vi como escribía algo en la nota antes de regresar a la mesa: "¿Sucede algo?", pregunté. "Todo en orden, transferí la cuantía a nuestro hotel". Petrificado, temí un corte de digestión. "Cuando querás nos vamos".

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