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Moria, un infierno en el paraíso

"Los hacen vivir como animales", denuncian dos cooperantes ovetenses que atendieron a los refugiados que están hacinados en un campo de la isla de Lesbos, frente a Turquía

Carmen Tuero y Jimena Durán, con dos niños, en el campo de Moria.

Carmen Tuero y Jimena Durán, con dos niños, en el campo de Moria.

Carmen Tuero y Jimena Durán, dos jóvenes ovetenses, han estado junto a otros cinco voluntarios españoles en el campo de refugiados de Moria. Está situado en la isla de Lesbos, una de las más cercanas a la costa de Turquía. Lo que no hace mucho fue un paraíso para los turistas es hoy una de las mayores puertas de entrada de refugiados a Europa. Estas dos chicas fueron testigos de la vida de los refugiados y de sus testimonios, de las historias que vivieron para salir de un infierno y acabar encerrados en otro.

Jimena Durán define el campo como "una mezcla entre una cárcel y una granja, porque los hacen vivir como animales". Lo que quizás no sea el símil más lírico puede que sea el más acertado para imaginar la realidad en la que viven miles de personas.

Actualmente, y según el testimonio tanto de los voluntarios como de Médicos sin Fronteras, en el campo de Moria viven más de 8.000 refugiados en un espacio diseñado para 3.000. Un hacinamiento peligroso y antihigiénico que está pasando factura en la salud mental y física de los habitantes del campo. En Moria, la organización, dicen, es prácticamente inexistente. Y queda, en muchos casos, en manos de mafias que llegan a controlar parte del reparto de comidas.

El hacinamiento al que están sometidos los refugiados y la despreocupación por parte de la UE llevan al campo situaciones inhumanas y prácticamente inverosímiles. Las voluntarias ovetenses, encargadas del reparto de comida, eran testigos día tras día, de avalanchas y peleas por unas raciones que siempre resultaban escasas. Y denunciaban que la UE aporta alimentos, pero no se preocupa de repartirlos. Lo que lleva a incidentes como el que definen como "uno de los más duros" que presenciaron. "En una cola de entrega de alimentos se intentó que las embarazadas recibieran la comida antes. La situación se descontroló y en la avalancha dos mujeres embarazadas perdieron a sus bebés. "Hay un hospital, con un único médico para 8.000 personas". Otra de sus tareas en el campo, donde pasaban unas 14 horas diarias, era atender a los niños y jugar con ellos. "No reciben educación; aprenden a robar para mejorar la situación de sus familias", denuncian las ovetenses.

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