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El cierre del taller de las Pelayas deja desasistido el Archivo de la Catedral

El Cabildo, que contaba con las monjas ovetenses para seguir saneando documentos en los próximos años, deberá buscar nuevos restauradores

El archivero de la Catedral, Agustín Hevia, muestra el Libro de los Testamentos, restaurado por las monjas de San Pelayo.

El archivero de la Catedral, Agustín Hevia, muestra el Libro de los Testamentos, restaurado por las monjas de San Pelayo. MIKI LÓPEZ

Elena FERNÁNDEZ-PELLO

El archivo de la Catedral de Oviedo era uno de los mejores clientes del taller de restauración de libros del Monasterio de San Pelayo. Su cierre lo ha dejado desasistido y ha dado al traste con la planificación que el Cabildo había hecho para continuar saneando documentos durante los próximos años, a medida que sus recursos económicos se lo permitieran. Ahora, tendrá que buscar profesionales para reemplazar a las Pelayas y conservar las joyas bibliográficas que atesora.

El deán de la Catedral, Benito Gallego, lamenta que las monjas se hayan visto abocadas al cierre de sus talleres de restauración y encuadernación por falta de encargos. Refiere que la Catedral siempre acudía a ellas y que hacían "un trabajo excelente". Además de la proximidad, ya que basílica y el Monasterio son colindantes, "estaban al lado y lo hacían muy bien", subraya.

"Lo sentimos especialmente", reconocía ayer el deán, que destacó entre los muchos trabajos que las Pelayas hicieron para la Catedral en estos últimos años la conservación de las actas capitulares. "Han recuperado muchas, las saneaban y hacían un cosido muy especial. Se las iban enviando poco a poco, algunas deterioradas por insectos como la carcoma, y lo hacían cada año, aunque éste se habían tomado un paréntesis", apunta Gallego.

Fueron las Pelayas las que restauraron el Libro de los Testamentos, que data del siglo XII, y las que se ocuparon de "La Regla Colorada" y del "Libro Becerro", otras dos obras excepcionales del archivo catedralicio.

El deán dice que se conforma porque sabe que atender los talleres de encuadernación, además del negocio de venta de repostería, el cuidado del monasterio y sus obligaciones religiosas, era "demasiado" para las monjas.

La comunidad de San Pelayo abrió sus talleres en el año 1967 y las monjas se formaron con artesanos ovetenses y con profesionales madrileños, con los que actualizaban sus conocimientos.

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