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Visiones De Ciudad

Así ve Javier Cuervo su ciudad: "De otra manera, bien"

Oviedo está empinada, envejecida, descentralizada, turisteada y globalizada y es más multicolor, políglota, melómana y maniática que antes

La calle del Rosal.

La calle del Rosal.

Aunque igual de empinado, Oviedo era más llano hace 50 años, porque era menos extenso y estaba menos poblado. Menos ovetenses tenían que sufrir las cuestas. La ciudad se ha extendido desde Monte Cerrao, hasta La Corredoria, desde San Claudio hasta Villa Fría, todos en cotas distintas. Para llegar a La Corredoria -donde nacían los asturianinos de verdad- hace medio siglo había que salir a carretera. Ahora es el barrio más joven de la ciudad y está lleno de gimnasios, campos y polideportivos para mantenerse en forma. Será por si falla el bus.

Se nota la juventud de la Corredoria porque la envejecida Oviedo ha echado fuera del centro a los niños; primero, sacando los colegios a montes y colinas; después, planteando la disyuntiva entre el proletariado y el propietariado, entre el número de hijos criados y los metros cuadrados construidos. Ya no hay cola en los columpios ni en hora punta.

Por la mañana los jubilados suben al Naranco a cardiosaludarse y al caer la tarde los profesionales corren de negro ceñido o de fluor barbie y todos los ovetenses practican "cuesting", deporte obligatorio por Víctor Chávarri, por García Conde; por Toreno, Santa Cruz, Rosal, por la avenida del Cristo, por Buenavista, por el Oviedo Antiguo, por la Ciudad Naranco. En su diccionario humorístico, José Luis Coll definió "ovetense" como "de huevos tensos"; mejor "de culo duro". En el casco antiguo de Vitoria se sube de la nueva catedral a la vieja por escaleras mecánicas, cubiertas de la lluvia, sin problemas. Y la Tyssen, aquí al lado. Ahí lo dejo.

El deporte paralímpico de observar (fisguing) se hace con más naturalidad que antes en las terrazas. Antes, solía practicarse desde el interior de las cafeterías, frecuentemente con cristales ahumados. Ahora, el mejor gimnasio observatorio es "La corte del rey Pelayo", con vistas a la Junta General del Principado y La Escandalera. "Marco incomparable, tradición y modernidad".

Oviedo sigue siendo una calle -Uría- a la que se sube o a la que se baja, pero más por tradición que por necesidad. La periferia tiene centros (de salud, escolares, comerciales); los cines están en las afueras (Los Prados) o fuera (Paredes, Siero) y las gestiones del banco y de la administración se hacen en casa por internet...

Hace medio siglo había más bicicletas que ahora pero no hacía falta un carril por el que circular a 30 kilómetros por hora porque había menos coches. Ahora los coches van a 30 rabiando en las marchas cortas y las bicicletas van por la acera, teleportadas de otra dimensión o de otro tiempo porque el nuevo capitalismo cooperativo ha traído del viejo pasado al recadero en bici que repartía por poco más que la propina. Se mosquea el peatón porque anda con un ciclista detrás de la oreja.

La ciudad no era turística hace medio siglo. Aquí se venía a trabajar, a hacer gestiones o a ver parientes y por donde menos se pasaba era por el Oviedo redondo, salvo para ir a la Universidad o para ver la catedral asimétrica. Con media docena de hoteles y muchas más pensiones se hospedaba a los que venían, rara vez en fin de semana. Ni se les sacaban bandas de gaitas ni se les entregaban las mejores calles para que se sentaran en las terrazas.

No hay jóvenes en masa por el centro desde que las facultades salieron al Milán, al Cristo, a Llamaquique, a Mieres y a Gijón. Salida sobre salida, una vez licenciados por Oviedo, los jóvenes salen disparados a Madrid, a Europa, a Asia, a América y a Oceanía. África repone jóvenes y Latinoamérica, niños. Para ver jóvenes oriundos está la estación de autobuses regalada a los Cosmen en un ejemplo de la libre regulación de la competencia y de la política redistributiva de las administraciones. Allí entran y salen de la estación, suben y bajan del bus.

Por eso hay tantos perros paseados por personas mayores a los que la globalización cambió sentimentalmente y, después de haber dado el amor incondicional a los hijos quieren recibir el amor incondicional de los canes. Los abuelos de Skype coinciden antes de comer con los que trabajan de padres eméritos y comentan la dureza de los horarios y de las ausencias.

En el Oviedo de raza pura jugué a preguntar la hora en francés y se me respondía en castellano, en amestao o en media hostia los que no picaban. Ahora, entre la salida del trabajo (calle García Lorca) y la Escandalera hay tardes de invierno que adelanto a un grupo que habla inglés, otro que parla francés, me cruzo con una pareja de italianos y rodeo a dos rumanos con un carrito de niño cargado con chatarra. De pequeño, no había más negro que Baltasar y algún guineano y de chaval, estudiantes de medicina sirios. Ahora se puede hacer un anuncio de Benetton en Oviedo.

Hasta la democracia, el Campo San Francisco fue el único espacio que funcionó como parque, aunque había otro campo, el de Maniobras y muchos descampados para cruzar y jugar. El Campo acogía las fiestas de San Mateo, tenía dos aguaduchos, cisnes, pavos reales, una osa, fuentes a las que los críos daban mil usos, el kiosco de La Chucha, bancos para soldados (la ciudad uniformada tenía soldados de reemplazo, curas con sotana, camareros con chaquetilla, niñas con uniforme) y tómbola en el paseo (de José Antonio, en cumplimiento de la memoria personal) que era "paseo", no lugar de paso.

Ahora, después de años de ser llamado "el parque", el Campo es nombrado como "el Sanfran" por los adolescentes y parece un desván de trastos rotos, con un kiosco de la música en ruinas. Hay más música desde que no hay kiosco.

La pauta cultural de Oviedo es la partitura, el monocultivo monomaníaco de la melomanía. Viena quisiera un metro cuadrado tan musical. A partir de ahí, por asentada que esté, toda expresión cultural es alternativa. El circuito alternativo y los ovetenses cortejan en la (cuesta de la) Noceda, en la calle del Paraíso, en la (cuesta de la) Vega y en el Postigo Alto pero sin que uno y otros formalicen la relación.

Han mejorado los servicios de los barrios y el centro ha perdido el interés de lo único porque repite en tiendas de calle las marcas de la globalización de los centros comerciales. Viejas tiendas singulares dejan paso a negocios de marca. Las tiendas que abrían en septiembre presumiendo de decoración (decoradas por Chus Quirós, por José Antonio Hevia o, recientemente, por los Barbosa) ahora suelen estar seriadas. El franquicismo barre lo anterior.

En el centro difuso, la crisis jubiló a muchos clásicos, cerró a otros y devastó el paisaje a pie de calle porque la propiedad no está obligada a la mínima higiene, la recogida de periódicos viejos, el correo de impagados o a pintar de blanco los espantos cromáticos (del pistacho y morado al amarillo huevo) que dejan los supermercados cerrados.

Lo que se llaman bajos comerciales son bajos rentistas; bajos altos de precio que prefieren estar ociosos a trabajar. Se muda una mercería o una tienda de hierbas porque les suben el alquiler y el local pasa año y medio cerrado a cal y canto, perdiendo siete veces la subida soñada. Pero para el rentismo ovetense "lo vale", aunque nadie lo pague.

Al ovetense le han quedado del gabinismo un pufo (Villa Magdalena), dos fiascos (El Calatrava y El Vasco) y tres manías (discutir de farolas, desear estatuas y soñar bulevares). Hace 25 años, las farolas se convirtieron en seña de identidad y el tercio más votado del gobierno municipal creció bajo su luz cálida y dorada que construía una cúpula nebulosa de novela de Stephen King. Si Las Vegas es la ciudad que nunca duerme, Oviedo es la ciudad que duerme con la luz encendida.

La manía estatuaria llenó Oviedo de cachivaches y cuando se fueron Gabino, primero, y el gabinismo, después, varias sumas de particulares organizados se lanzaron a proponer sus propias esculturas. Con el regreso planetario a lo rancio, Tino Casal es más moderno que nunca, pero representarlo en bronce es no haber aprendido de sus enseñanzas: en luz, en pintura de medianera, en holograma, en madera policromada, en estatua de sal estaría mejor.

Los bulevares son para imaginar...

Ah, ¿que no cabe más?

Vale. De otra manera, bien.

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