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Jaime Martínez, el pacificador de la Ópera

El neumólogo abandona la presidencia de una fundación lírica que sufría luchas internas y, tras 15 años, la deja lista para el cambio generacional

Jaime Martínez, el pacificador de la Ópera

Jaime Martínez, el pacificador de la Ópera

A lo largo de la década de los noventa del pasado siglo la temporada de ópera de Oviedo vivió una profunda transformación. Con Luis A. Bartolomé como presidente se rompió el sistema cerrado en torno a las fiestas de San Mateo y se decidió extenderla a lo largo del otoño para conseguir un espectáculo global más completo gracias a periodos de ensayos más largos. A la vez, se comenzó a popularizar el género con nuevas funciones de cada título y la apertura de los ensayos generales -el de un "Nabucco" dirigido por la maestra Elena Herrera supuso un acontecimiento tremendo-; se apostó por un concepto global con producciones a la altura de los circuitos europeos y también por una progresiva ampliación del repertorio. Al mismo tiempo, en ese periodo, la ópera vivió en una precariedad económica total y esta falta de medios frenaba seguir expandiendo las actividades. Pero, a finales de los noventa, se produjo una crisis de crecimiento que progresivamente empujó a la profesionalización en la gestión de un ciclo lírico que ya no era un club social de una minoría sino un eje cultural básico de la ciudad. El patronato se fraccionó y se generaron tensiones continuas. José Antonio Caicoya asumió la presidencia y ese patronato suyo cometió el error de nombrar una dirección artística que fue una verdadera catástrofe, con ideas de otro tiempo y equivocaciones de bulto. Ya entrado el siglo XXI esto se comenzó a corregir, por la fuerte presión social, y la llegada, procedente del Liceo de Barcelona, de Javier Menéndez que aportó entonces aire fresco y sentó las bases de un nuevo proyecto que llega a nuestros días y supuso la internacionalización de la temporada con hitos artísticos muy importantes y una mayor apertura de la lírica a la sociedad.

Justo al poco de llegar Menéndez, se produce un nuevo cambio en la presidencia con un patronato roto y batallas cainitas entre sus miembros que amenazaban con frustrar las esperanzas de pasar página. Recuerdo largas conversaciones aquellos meses con Guillermo Badenes -auténtico pilar de la institución- y Luis G. Iberni, entonces ya en Madrid, pero que seguía la deriva de la entidad con preocupación, sobre ese cambio imprescindible en la cúpula del dividido patronato.

Si algo necesitaba entonces la Ópera de Oviedo era una persona capaz de concitar apoyos, con prestigio social, capacidad y amor por la historia de la temporada. Había pocas dudas al respecto, Jaime Martínez era la persona indicada y, efectivamente, su llegada fue como un bálsamo. Como buen médico que es suturó heridas y, poco a poco, aplicó un tratamiento antiinflamatorio que fue mano de santo a la vez que impulsaba la formación de un equipo profesional que asegurase la estabilidad en el diseño de las temporadas anuales.

En todos estos años, a los que él llegó con voluntad de estar un corto periodo de tiempo, se ha conseguido mucho para la ópera de Oviedo. Todos conocemos los grandes aciertos, que superan con creces a los errores, y se valora la implicación de un presidente que siempre sabe apagar el fuego sin altercados, con discrección. La ópera ha tenido en torno suyo mucho de lo peor del "Oviedín del alma" y tuvo durante demasiado tiempo un cierto hedor tardofranquista y casposo que le hizo daño pero que, afortunadamente, se ha ido puliendo también con mucha mano izquierda y sutileza.

Recuerdo una asamblea de socios en la que se decidió modernizar el sistema de abonos -aunque no se lo crean los abonos se llegaban a testar, ¡en un teatro público!- en el que un asistente intervino furibundo: ¡Jaime, a ver qué vas a hacer, no vayas contra los de tu propia clase! Afortunadamente el viento soplaba en otra dirección y todo aquello hoy ya son meras anécdotas. El tesón de Jaime Martínez ha sido clave para concitar voluntades, romper prejuicios y suavizar las asperezas. Y otro elemento clave de estos años ha sido su respeto al equipo profesional, y la confianza en el trabajo realizado aunque le costase más de un disgusto en la bancada más extremista.

La ópera ha seguido evolucionando y ha sufrido con dureza las consecuencias de la crisis. Ahora es más complicado abordar proyectos de gran envergadura que años atrás sí que se consiguieron realizar, los repartos no siempre son los ideales, y la falta de medios es un problema real. Además se produce una paradoja, la entidad abre el teatro con precios muy populares en los pisos altos y con otras iniciativas, pero esto resta ingresos. En 2018 los retos ya son otros y toca afrontar el cambio generacional del público y otros problemas de calado. Sin embargo, la institución está sólida y puede afrontar el cambio de la presidencia desde la estabilidad. Jaime Martínez deja un balance económico saneado y, sobre todo, mucha paz social y una hoja de servicios muy favorable. Imagino que, en cuanto se sustancie el relevo, seguirá disfrutando del veneno de la ópera ya con tranquilidad y sosiego, sin la tensión que siempre conlleva un espectáculo de esa complejidad.

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