22 de enero de 2019
22.01.2019

La tataranieta de Camilo de Blas, una química convertida en pastelera

Paloma de Blas, de 30 años, deja su trabajo en Barcelona para ponerse al frente del centenario negocio familiar

22.01.2019 | 00:56
Paloma de Blas, en la pastelería Camilo de Blas de la calle Jovellanos.

"No sabes la felicidad que siento al hacer casitas de chocolate con mis propias manos en el obrador. Siempre ha sido mi pastel preferido". Paloma de Blas dio el mayor salto mortal de su vida hace tres meses al dejar atrás una brillante carrera profesional como química en una empresa de cosmética radicada en Barcelona para convertirse en pastelera. La tataranieta del fundador de Camilo de Blas hizo la carrera en Cataluña y se especializó después con un máster en Formulación que pronto le abrió las puertas de un fructífero y prometedor mercado laboral. Dejó el nido familiar de Oviedo a los 18 años con la idea inicial de ser completamente autónoma al acabar los estudios. Lo consiguió, pero con 30 años acaba de pegar un golpe de timón.

La conversación que de muy vez en cuando mantenía con su padre José Juan de Blas (actual dueño de las pastelerías Camilo de Blas) cuando la llevaba en coche al aeropuerto de Asturias para volar a su casa le caló hondo. "Paloma, yo ya tengo una edad...". Nunca la presionó para ponerse al frente del negocio. Simplemente se lo dejaba caer. Quizás influyó en la decisión final que su abuela acababa de fallecer y el hecho de que su trabajo de química le gustaba sin apasionarle. "No fue fácil porque en Barcelona tenía toda mi vida, pero ahora estoy muy contenta. Tengo claro que no me equivoqué", dice en el local de la calle Jovellanos con una enorme sonrisa de satisfacción.

Son las cuatro de la tarde y lleva trabajando desde las cinco de la mañana en el obrador. Paloma ha empezado desde abajo para conocer el negocio familiar en profundidad. El objetivo es quedarse al frente. Su padre sigue al pie del cañón llevando el peso de la empresa. "Él hizo lo mismo en su momento. Curiosamente estudió Medicina, pero abandonó la carrera por esto. Creo que es necesario tener un proceso de aprendizaje. Si vendes pasteles, tienes que saber hacer pasteles", explica la joven, que además sostiene que la química y la pastelería tienen muchos puntos en común: "Cuando hablamos de química, la gente piensa en productos químicos y en maquinaria. No tiene por qué ser así. Hacer una crema o una nata es química".

En los planes de Paloma a largo plazo no entra investigar fórmulas pasteleras para vender nuevas creaciones dulces. "Ojalá fuera como Jordi Roca (el pastelero del restaurante El Celler de Can Roca), pero no es el caso. Tenemos cosas que funcionan desde hace muchos años y que no es necesario modificar. Hay que ir poco a poco introduciendo pasteles únicos de máxima calidad".

El uso de las redes sociales y las plataformas digitales también está entre sus objetivos. "La página web de Camilo de Blas era muy básica y el negocio no tenía presencia en facebook, twitter o instagram. Es algo que estoy solucionando porque me parece básico", cuenta la joven. De hecho, antes de dar carpetazo a su vida anterior, trabajó en sus ratos libres en Barcelona en mejorar la imagen digital de la casa. La idea de dejarlo todo y empezar una nueva vida al frente de un negocio propio ya le rondaba la cabeza. "Lo que era una tarea a tiempo parcial se convirtió casi en una obsesión que cada vez me gustaba más y requería mayor atención. Quise hacerlo con la mayor calidad posible y contacté con fotógrafos y equipos especializados para lograr el mejor resultado posible. Al poco, me di cuenta de que quería convertirme en mi propia jefa y qué mejor manera de conseguirlo que volviendo a Oviedo".

La historia de la pastelería familiar se remonta al siglo XIX. Aproximadamente a 1827 cuando Camilo de Blas Heras abrió el primer local en León, un negocio que, al igual que ahora, tenía como actividad principal la venta de productos de confitería y como secundaria la venta de delicatessen y productos gourmet. Depués lo cerró y se mudó a Oviedo con su familia para abrir dos pastelerías en las que pudiesen trabajar sus sucesores. En febrero de 1914 levantó la persiana la primera confitería Camilo de Blas en Oviedo con el obrador en el número 21 de la calle Jovellanos, y al año siguiente se inauguró otra en el Paseo de Begoña de Gijón. "Mi bisabuelo José Juan de Blas se hizo cargo de la de Oviedo, luego mi abuelo y después mi padre", dice Paloma, que será por tanto la primera mujer de la saga que se ponga al mando del negocio.

También romperá, además, la cadena de nombres. Al estilo de las Úrsulas o las Remedios de "Cien años de soledad", los gerentes de las confiterías se han llamado Camilo o José Juan, alternándose según la generación. Mañana, ella volverá a entrar con ocho compañeros a las cinco de la mañana en el obrador y saldrá hacia la una del mediodía.

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