08 de marzo de 2019
08.03.2019

Gergiev y Trifonov para el recuerdo

El pianista y el enérgico director rusos ofrecieron una interpretación del primer concierto de Rachmaninov que maravilló al público

08.03.2019 | 01:21
Daniil Trifonov, de pie, saluda al público al comienzo del concierto de ayer.

El público salía ayer del Auditorio asombrado tras la memorable actuación que ofreció el director de orquesta Valery Gergiev al frente de la Orquesta Sinfónica del Teatro Mariinsky y el pianista Daniil Trifonov. Un concierto histórico para recordar dentro del ciclo de Las Jornadas de piano "Luis G. Iberni".

Al comienzo, Gergiev se hizo de rogar para salir a escena, pero una vez ante el público, su desempeño en la dirección destacó por la precisión de sus gestos, muy enérgicos, preocupado en todo momento de extraer a la orquesta sus más altas cotas de expresividad. Puso de manifiesto la flexibilidad de la agrupación con el "Preludio a la siesta de un fauno", donde ya se hizo evidente el buen empaste de la Sinfónica del Teatro Mariinski.

La aparición de Trifonov supuso un cambio radical. Fue aplaudido también con fervor, y ofreció a los asistentes un concierto de Rachmaninov impecable; una interpretación muy técnica, llena de pasajes virtuosísticos en los que las manos del ruso parecían volar sobre las teclas del piano, casi abalanzado sobre el instrumento. Trifonov transmite una enorme energía en todo aquello que interpreta. Su sonoridad, amplia, y el lirismo melódico fueron de los rasgos más sobresalientes del segundo movimiento, antes de atacar súbitamente el tercero.

Trifonov y Gergiev apenas se miraban, pero la enorme complicidad que existía entre ambos merece destacarse.

Como propina, Trifonov ofreció un arreglo del propio pianista sobre "Las campanas plateadas" de Ravel y Rachmaninov, de nuevo para asombro del público.

La segunda parte fue asimismo emocionante. El poema "Una vida de Héroe", de Strauss puso de manifiesto el alto nivel artístico de la agrupación orquestal. Un sonido redondo, con cuidados balances, y una tensión armónica que nunca terminaba por resolver fueron el común denominador.

La magistral intervención del concertino en los solos de violín, la elección de algunos golpes de arco, y sobre todo en el control de su mano derecha, extensible a toda la sección de cuerda, pone de manifiesto la vigencia de la escuela rusa. No obstante, mención aparte merece la sección de metales, con un sonido y ataque limpio en todo momento, y perfecta afinación.

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