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Pilar la belmontina, la hostelera que cocinaba callos bajo la lluvia de mortero en el 34

"La gente venía con recipientes para llevar lo que preparaba mi madre", cuenta Plácido Hevia, hijo de la fundadora de la casa de comidas de la calle Águila

Pilar Menéndez, la belmontina

Pilar Menéndez, la belmontina ARCHIVO FAMILIAR

Plácido Hevia es, a sus 88 años, memoria (y muy buena) viva de Oviedo. Nació en plena plaza de la Catedral en 1930, en la casa que ahora ocupa el restaurante El Llar de la Catedral. De aquella había otro edificio, pero en el bajo también había un bar, La Belmontina, que años más tarde, ya después de la guerra, se trasladó a su ubicación actual, en la calle Águila. El toldo del bar reza que el establecimiento está ahí desde 1954, pero Plácido Hevia, hijo de Pilar Menéndez Feito, que había llegado a Oviedo a principios del siglo XX desde su pueblo natal de Tiblós, en Belmonte, da fe de que todo se remonta a muchos años antes. "Yo nací en 1930 en el bar y pensión La Belmontina, en la plaza de la Catedral. Y La Belmontina era mi madre, así que el bar original es al menos de 1928", afirma sentado en el establecimiento actual.

La Belmontina original se abrió con el dinero que su padre, también Plácido Hevia, había hecho en Cuba. Él también era de Belmonte, de Repenerencia, y cuando regresó de hacer las Américas se instaló con su esposa en Oviedo, donde abrieron el bar y la pensión.

El pequeño Plácido se crió en la plaza de la Catedral. "Jugábamos al balón y utilizábamos como porterías la puerta de la iglesia de San Tirso y uno de los arcos de las antiguas casinas de la plaza", recuerda. La madre y el padre trabajaban en el bar y tenían dos empleados para atender la pensión. Había una curiosidad para la que Hevia no encuentra explicación. La Belmontina, Pilar Menéndez, cocinaba muy bien: "Fabada, garbanzos, hacía callos una vez a la semana y los clientes venían hasta con recipientes para llevárselos", dice. El menú del día costaba una peseta, era plato único, "y si alguien pagaba con dos pesetas se le daba la vuelta en sellos de Correos".

A Plácido Hevia le pilló la Revolución del 34 y la Guerra Civil viviendo en pleno objetivo militar, a pocos metros de la Catedral, edificio que en las dos ocasiones fue muy castigado. El hombre recuerda cuando, tras más de 160 impactos, la torre del templo se vino parcialmente abajo, "luego vinieron unos canteros y tardaron años en reconstruir aquello". El edificio en el que vivía la familia también sufrió importantes daños. Plácido Hevia tiene la imagen de la fachada "completamente picada por los impactos de mortero del quince y medio (el cañón de 155 mm) que disparaban desde el Naranco". Cuando llegaban los bombardeos y los disparos sonaban las sirenas y había que refugiarse. Junto a su casa había dos lugares. "Íbamos corriendo a la casa del Marqués de Santa Cruz, la Casa de la Rúa o al sótano de la Caja de Ahorros (lo que ahora es el edificio de la ampliación del Museo de Bellas Artes", explica.

El edificio de La Belmontina quedó maltrecho y años después de la Guerra lo demolieron. La familia buscó otro local en el entorno y lo encontró en la esquina de las calles Águila y Schulz. Allí se trasladaron y allí abrieron el bar y la pensión. Las habitaciones y la vivienda familiar estaban justo en la esquina, donde ahora hay una tapicería. Allí murió su padre. Plácido Hevia lo cuenta sentado frente a un café y junto a su hija Cristina Hevia, en La Belmontina de ahora, que es la segunda que abrieron sus padres. El hijo y la nieta de la mujer que da nombre al bar están encantados de que se siga llamando igual después del paso de los años. El hombre mira a su alrededor. "Esto ha cambiado mucho", dice. Se fija en la barra de azulejo verde, "sigue siendo la misma", sonríe. Señala a una esquina detrás de la barra y explica que "allí había una puerta que solo utilizábamos los de casa, daba a un pasadizo que unía el bar con la pensión".

El joven Plácido estudiaba Comercio en la calle Mon y echaba una mano en La Belmontina, pero el peso del bar y la pensión lo llevaba su madre, "una mujer sacrificada que se preocupaba por el negocio y por los hijos.

Sentado en el bar, Plácido recuerda a un viajante que vendía tinta que hacía en La Belmontina. "Se sentaba en una mesa y cogía unos garrafones de agua, les echaba unos polvos y hacía la tinta que luego vendía por ahí", explica.

La memoria le lleva por aquel Oviedo de la posguerra y recorre cada uno de los muchos negocios y bares que había en la zona, en la misma plaza de la Catedral, en Porlier, donde por ejemplo estaba Casa Félix, "de donde salían los autobuses del Carbonero", o la calle de la Rúa, "donde ahora hay una tienda de camisetas, estaba la peluquería Mariano y yo iba allí a cortar el pelo".

Una memoria prodigiosa de nombres: Casa Noriega, Casa de Marica Uría (el Dólar recién cerrado), Casa Capri, Casa Constante, la botica de Cabal, la ferretería de Eugenio Alonso, o la casa de modistas que había en los bajos de lo que hoy es la ampliación del Bellas Artes. Un Oviedo lejano en el tiempo del que aún se mantiene parte de su esencia en la memoria de Plácido Hevia.

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