12 de septiembre de 2019
12.09.2019

Un misionero con buen toque

El religioso Carlos Bascarán, que lleva 45 años en Brasil, se reúne con compañeros de la Juventud Asturiana: "Jugaba como Casemiro", dicen

12.09.2019 | 01:04
El misionero Carlos Bascarán, primero por la derecha en la fila de abajo, con algunos de sus compañeros de la Juventud Asturiana.

Dicen los que jugaron al fútbol con el misionero comboniano Carlos Bascarán que era un centrocampista "al estilo de Busquets o Casemiro", un bregador con buena técnica que no se complicaba y que no perdía un balón. El religioso ovetense, que lleva 45 años de misionero en Brasil, se juntó ayer para comer con muchos de los que fueron sus compañeros en la Juventud Asturiana, un equipo en el que forjó "amistades para toda la vida". Hoy, después de una estancia de dos meses y medio en Oviedo, regresará al país carioca para continuar con su labor de ayuda a los más desfavorecidos. "Vengo cada dos años para hacerme revisiones médicas y siempre que estoy aquí me junto con los compañeros del equipo. Nos lo pasamos de cine recordando anécdotas y vivencias de cuando éramos jóvenes", explica.

Carlos Bascarán y el fútbol llevan unidos desde la niñez. Primero jugó en el equipo de su colegio, el Loyola, y después pasó por el Foncalada, la Juventud Asturiana y por el Vetusta, el filial del Real Oviedo. Una vez que se ordenó como sacerdote tampoco abandonó el deporte. Siendo ya misionero jugó en el Maia-Oporto de Portugal y al llegar a Brasil se enroló en las filas del Deportiva Ferroviária, un equipo del estado Estado Del Espírito Santo que disputaba sus partidos en una categoría equivalente a la Tercera División Española. "La gente no se podía creer que un sacerdote jugase al fútbol, las primeras veces vino hasta la televisión. Decían que era un cura bueno en misa y con la bola", asegura entre risas. Estuvo hasta los 39 años jugando federado, pero no fue hasta los 75 cuando colgó las botas. "Después ya jugaba con amigos en pachangas. El fútbol me ha servido para mantener el cuerpo en forma, para disfrutar, para aprender a ganar y perder, para saber jugar en equipo y para criar relaciones de amistad", señala.

Y es que Carlos Bascarán ha vivido intensamente. "Yo hasta los 21 años era normal -dice en tono de broma-, me gustaba salir, tocaba el violín en la tuna y tenía novia. Era creyente e iba a misa, pero aún no me había involucrado", explica el religioso. Pero en ese momento le llegó la señal divina. "Un día alguien me enseñó una frase de la Biblia que dice 'Dios vomita a los tibios'. Le busqué el significado y me di cuenta de que los tibios son aquellos que no se involucran, por eso empecé a pensar en ser misionero. Después vi la película 'Molokai, la isla maldita', que trata sobre un misionero belga que llega a una isla hawaiana llena de leprosos, que los ayuda y que acaba enfermando hasta morir. Eso me marcó", añade.

Después vio un anuncio en la revista "Mundo negro" que decía: "Se necesitan jóvenes dispuestos a ser misioneros". Sin pensárselo se fue a Madrid. "Una vez allí yo sólo quería ser misionero, pero como ya tenía estudios -había cursado hasta segundo de Química en Oviedo- me propusieron hacerme sacerdote y acepté". Se ordenó en Oporto tras estudiar seis años de Filosofía y Teología y dio su primera misa en el monasterio de Las Pelayas. De eso se cumplirán 50 años el año que viene.

Actualmente trabaja en el barrio Marcos Mora, en la periferia de la ciudad de Santa Rita. Allí, junto a otros compañeros, forma a comunidades religiosas, ayuda en un centro en el que se ayuda a mujeres maltratadas y trabaja en una cooperativa que han montado los misioneros para sacar a los niños de la calle. "Recogen basura para reciclar. Se sienten útiles porque salvan el medio ambiente y se llevan algo de dinero para casa". Además, también atiende a 140 chavales en una escuela en la que les enseñan desde capoeira hasta informática para evitar que caigan en las redes de la droga.

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