15 de noviembre de 2019
15.11.2019

Oviedo despide a Jesús Arévalo, "un gran profesional" con "una alegría que contagiaba"

Un texto de su hijo alabó su capacidad para inculcarles "el amor a la familia, la fe, la alegría de vivir y el orgullo de ser asturiano y ovetense"

15.11.2019 | 01:16
La iglesia del Corazón de María, repleta durante el funeral de Jesús Arévalo.

Los ovetenses le dieron ayer el último adiós a Jesús Arévalo, fundador de la galería musical Arévalo, fallecido el pasado miércoles, con un emotivo funeral en la iglesia de San Francisco de Asís. La misa fue oficiada por el sacerdote de la parroquia ovetense, Juan José Tuñón, junto al párroco de Fátima, de La Calzada (Gijón), Eduardo Zulaiba, que acudía en su condición de amigo de la familia.

Este último destacó en la homilía el buen carácter de Jesús Arévalo, así como la dedicación que le profesó tanto a su oficio de afinador y reparador de pianos -"que llevó con gran intensidad"- como a su familia.

Era un hombre "muy creyente" según el sacerdote, y transmitió a su familia esa fe, así como su gran pasión por la música. Aquejado durante cerca de un año de la enfermedad que finalmente acabaría con su vida a los 81 años, el fallecido, según el párroco de Fátima, tuvo la suerte de que su familia estuviera "cerca de él en el día a día, para que tuviera más vida, más alivio, menos sufrimiento". Y ahora, tras su muerte, está convencido de que "seguirá ocupando el lugar que ocupaba ya en nuestro corazón".

Jesús Arévalo,señaló Eduardo Zulaiba, "tenía una alegría que contagiaba a todos los que nos acercábamos a él; era imposible acercarte a él y no sonreír, y además tenía una educación exquisita que hacía que nunca dijera una palabra altisonante".

El oficio concluyó con la lectura de unas emotivas palabras de Jesús Ángel Arévalo, hijo del fallecido. El encargado de hacerlo fue Alberto Barcia, yerno Jesús Arévalo. Las palabras tocaron tanto al público que uno de los asistentes pidió permiso al párroco para aplaudir, y fue recibido con un cálido aplauso.

El texto dibujaba la imagen de Jesús Arévalo afinando y arreglando los instrumentos que suenan en el cielo, entre ellos un armonio como tantos que él había arreglado -"porque si queda patrimonio de armonios en Asturias en las iglesias de Asturias es gracias a Jesús Arévalo"- y hablaba de todo lo que les inculcó el fallecido a sus hijos (el propio Jesús Ángel, Ana y Marián): "el amor a la familia, la fe, la alegría de vivir, el orgullo de ser asturiano y ovetense, y el poder inmenso de la amistad".

Recordó, asimismo, las seis palabras con las que todas las mañanas lo despertaba para empezar el día con buen pie: "Buenos días, chato, vamos, al ataque".

En el trabajo, Jesús Arévalo enseñó a su hijo "a escuchar" y también virtudes como "la meticulosidad, la paciencia y el trabajo bien hecho".

Ese trabajo bien hecho fue un distintivo de Arévalo durante toda su vida, y los ovetenses se lo han reconocido largamente. Así, el presidente de la Sociedad Filarmónica de Oviedo, Jaime Álvarez-Buylla Menéndez, señaló que tanto el fallecido como su familia han estado vinculados a la entidad que preside desde hace un siglo, y "todos eran de una categoría excepcional, y además eran maestros unos de otros".

Pero su buen nombre como afinador y reparador de instrumentos musicales no sólo se ha ceñido a la ciudad de Oviedo y al resto de Asturias sino también a otras partes de España. Como relata Álvarez- Buylla, "tuvieron siempre tantísimo prestigio que nos llamaban de Bilbao, de Barcelona, de muchos sitios de fuera de Asturias para contactar con ellos y que les arreglasen los pianos, porque no solamente a la hora de afinar sino también a la hora de arreglar los instrumentos, les daba un tratamiento especial". Efectivamente, Jesús Arévalo conoció a pianistas de muy reconocido prestigio, cuyos instrumentos afinó en varias ocasiones. Entre ellos, el célebre Arthur Rubinstein.

El presidente de la Filarmónica subrayó además el interés de Jesús Arévalo y su familia por mejorar en su oficio y nunca quedarse atrás en la que también era su pasión. Viajaban, por ejemplo, a Japón "a unos cursos para mejorar si cabe la calidad profesional; estaba siempre estudiando las técnicas nuevas de la afinación, del tratamiento, de los instrumentos, decía que el piano es el instrumento rey de los conciertos". Y esa profesionalidad estaba relacionada, indudablemente, con una gran afición y amor por la música que lo abarcaba todo. "En ese taller entienden de todo y te lo arreglan todo: son completísimos", sostuvo.

Y una característica que destacó especialmente fue su buena disposición y su compromiso con Oviedo. "Ocurría a lo mejor que estaban los dos, padre e hijo, en Bilbao, y que había un concierto en Oviedo. Pues uno de los dos venía siempre. A la filarmónica de Oviedo jamás la abandonaron". A esa profesionalidad añadió su buen carácter: "de trato, como persona, era estupendo".

Si alguien trató en Oviedo estrechamente con Jesús Arévalo fue la pianista Purita de la Riva. Tenía tan solo ocho años cuando su primer maestro, Saturnino del Fresno, le puso en contacto con la familia Arévalo para cualquier vicisitud relacionada con el piano, ya fuese afinar o enfrentarse a una posible avería.

Un tío de Jesús Arévalo iba a casa a afinarle el piano, y pronto empezó a acudir el propio Jesús a aprender el oficio, y más tarde iría con su hijo Jesús Ángel. "Siempre fueron muy buenas personas y muy competentes todos ellos".

"Siempre que lo he necesitado ahí estuvo; hasta les compré un piano, y me arreglaron uno que habían comprado para mi madre cuando era niña. Fue una persona muy buena hacia mí, atento y cariñoso, además teníamos mucha afinidad de ideas, no tengo más que elogios; buenas personas lo han sido todos en su familia".

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