20 de marzo de 2020
20.03.2020
La Nueva España

Fallece a los 47 años Víctor Espartosa, el gran luchador asturiano contra el cáncer

Taxista, camionero y gasolinero, apasionado de los rallyes, mantuvo buena calidad de vida durante 25 años pese a que padeció hasta nueve tumores

20.03.2020 | 01:03
La neurocirujana María Luisa Fernández Malcón, a la izquierda, y la oncóloga Paula Jiménez Fonseca, flanquean a Víctor Espartosa en la entrega del "Asturiano del mes", en 2015.

Víctor Espartosa García, el gran luchador asturiano contra el cáncer, ha fallecido a los 47 años después de nueve tumores, un rosario de operaciones y una trayectoria de enfermo ejemplar, tantas veces elegido por sus médicos para motivar a otros pacientes. Fue ayer de madrugada, en el Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA), donde permaneció ingresado en los últimos tiempos; ya no había forma de mantener la excepcional calidad de vida que logró durante veinticinco años, desde 1994, cuando aún adolescente debutó en la dura experiencia de los tumores. Sin duda, dicen los médicos, es el asturiano que más y mejor ha luchado contra la enfermedad. Por la cantidad de tumores, por el frecuente paso por el quirófano y por haber logrado vivir en plenitud tanto tiempo, a pesar de lo negro que tantas veces se lo pintó la ciencia.

Fue taxista nueve años en Oviedo; en camiones de 40 toneladas llevó el carbón de los pozos al lavadero de Modesta, en Sama; gasolinero en el Elefante Azul de San Claudio y había estado también en la obra. La primera paga de jubilado fue en 2009, cuando el cuerpo ya no le dio para más curre. Los rallyes, el motor, eran una pasión. No pudo correr por su salud, pero llegó a tener coches preparados para hacerlo. Se conformó con pruebas de regularidad en un Seat Panda.

El mazazo le llegó de chaval, a medio camino entre la infancia y el mundo adulto. Tenía una enfermedad rara, el síndrome de Von Hippel-Lindau, hereditario, un mal implacable que salpica el cuerpo de tumores aquí y allí indiscriminadamente. Lo mismo que se llevó a su padre, Julián, a los 53 años; y a uno de sus hermanos, Daniel, a los 28. Vive uno más, Gregorio, y la madre, María Luisa García. También María José Pereira, esposa, tan guerrera como él y a su lado desde 2005. Eran la compañía en las consultas. Entraban y daban su visión como cuidadoras. El paciente escuchaba y después hablaba. "Me veis con cara de sufrir pero sé cómo no sentir tanto dolor como pensáis, sé tener fortaleza", decía a los médicos; y pedía el tratamiento más fuerte, no le temía a la quimioterapia ni cedía cuando le proponían una intensidad menor.

Víctor dejó huella en la sanidad asturiana, especialmente en Paula Jiménez Fonseca, oncóloga del HUCA, su oncóloga. "Su motivación era su secreto, luchaba tanto que lograba cosas por encima incluso de lo que esperaba la ciencia", explica la doctora de la sección de tumores digestivos y endocrinos. Le llevaba a charlas con otros enfermos. No soy ejemplo de nada, solía decir, pero era un motivador. "Les hablaba de tú a tú y, para otros pacientes, era más creíble que cualquier persona. Le poníamos de ejemplo, si alguien con más de cinco cirugías y nueve tumores tenía esa calidad de vida cómo no lo iba lograr otro no tan castigado", repasa la doctora Jiménez Fonseca. "Neurocirugía era su equipo de referencia, estaba unido a ellos; luego también con los de digestivo", añade. Ejemplar era también en el trato. "Lo quería saber todo, conocer los detalles, las pruebas, que le contase las cosas, pero siempre dejaba la decisión final al médico y nunca cuestionaba el resultado, aunque no fuese bueno".

El insólito caso de Víctor Espartosa saltó a la luz pública en LA NUEVA ESPAÑA, que le distinguió en 2015 con el "Asturiano del mes" de febrero por su ejemplar lucha contra el cáncer. No era poca cosa su historial médico, interminable, en realidad. En 1994, primera operación para extirparle dos tumores cerebrales; un año más tarde, otra en la cabeza, por radiocirugía; en 2002, se le extirpa un riñón, afectado por tumores; en 2005 y 2009, otras dos cirugías para limpiar calcificaciones en la zona testicular. Por el medio, en 2008, una tercera intervención cerebral para extirpar cuatro tumores. En 2013 se le instaló una prótesis biliar tras sufrir un desprendimiento de pulmón y serle diagnosticado un cáncer de páncreas. Nueva prótesis y, finalmente, en febrero de 2014, extirpación de la vesícula. Toda una lucha a la que siempre buscó la cara buena. "¿Mala suerte? Pero si soy la persona con mayor suerte del mundo. Me operaron tres veces de la cabeza y aquí estoy hablando con usted y y contestando con cierta coherencia, creo yo", dijo a este periódico en una entrevista en febrero de 2015.

Seis años antes había perdido la movilidad en el brazo izquierdo, otra jugarreta de esa enfermedad canalla. Ni a rehabilitación le apuntaron de lo mal que iba eso. Se negó. Y trabajó por su cuenta. Y lo sufrió en silencio. Y se obligó a coger la llave y abrir la puerta con la mano mala. Y la llave caía al suelo. Y no pedía ayuda. Y pasaba una hora, hasta que vencía y el cerrojo giraba. Y se convirtió en zurdo sin quererlo. "Cacé una mosca con la izquierda y la doctora María Luisa Fernández Malcón (su neurocirujana) no me creía", contó Víctor en la entrega del "Asturiano del mes", en la sede de LA NUEVA ESPAÑA, el 29 de julio de 2015.

La familia ayer estaba rota. Gregorio, su hermano, lamentaba que nunca pudo Víctor correr un rallye. "Lo intentó varias veces y con más ganas e ilusión que algunos que si lo consiguieron. Con varios coches preparados para debutar, la salud y siempre la salud le apartaron de esa oportunidad", escribió en una red social. "A ver cómo termino yo ahora los proyectos que hemos dejado a medias. Era un hombre excepcional, no perfecto que nadie lo somos, pero con un espíritu envidiable", añadió. Tan envidiable que ni la peor enfermedad y en su versión más dura pudo quitarle la felicidad.

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